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Las mujeres y la guerra
por Michèle Mercier |
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Por lo general, las mujeres se encuentren en medio de la guerra
en calidad de vÍctimas, y no de participantes activas.
En ambos casos, y de conformidad con las normas del derecho
internacional humanitario, tienen derecho a la misma protecciÓn
que los hombres. Existen incluso disposiciones especiales
que amparan a mujeres embarazadas y niños de corta
edad. Aun así, cabe preguntarse si la protecciÓn
que ofrecen los instrumentos internacionales es suficiente |
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En los años 1950, las argelinas aprendieron a manejar
un fusil y cargar municiones al tiempo que se entrenaban en
el manejo del escalpelo y la aplicación de compresas.
Diez años más tarde, durante la guerra, las
vietnamitas ayudaron a fabricar armas, fueron funcionarias
públicas y enseñaron en las escuelas. En los
últimos años, las mujeres de Tayikistán
participaron en las actividades de la oposición y propugnaron
la creación de organizaciones de ayuda a los refugiados.
No obstante, si consideramos la historia en su conjunto,
constataremos que en la guerra, las mujeres se encuentran
casi siempre en la situación de víctimas, arrastradas
por los acontecimientos y aferradas a la esperanza de que
terminen las hostilidades para iniciar una nueva etapa de
su vida en condiciones distintas.
Ello no significa en modo alguno que esperen pacientemente,
mientras el mundo en torno suyo se derrumba; con frecuencia
no les queda otra alternativa que aceptar una carga suplementaria
de responsabilidades y hacer frente a una situación
que se les ha impuesto literalmente por la fuerza. Las mujeres
libran su propia lucha, pacífica, asegurando la supervivencia
de sus hijos, buscando a los miembros del grupo familiar desa-parecidos
o reanudando y manteniendo los vínculos con los familiares
detenidos. Las mujeres hacen cuanto esté a su alcance,
material y psicológicamente, para mantener un mínimo
de funcionamiento normal en medio del caos de la guerra.
No se trata de indicar una preferencia por una u otra de
las imágenes esbozadas, sino de mostrar que cuando
estallan los conflictos la condición de la mujer no
debería pintarse de manera simplista. En lugar de seguir
perpetuando los lugares comunes, deberíamos comprender
que en la guerra las mujeres desempeñan funciones múltiples
y diversas, determinadas por las circunstancias, el entorno
geográfico, la situación militar, el contexto
social y las necesidades coyunturales.
A veces, las mujeres son víctimas de la guerra; a
veces, combaten en ella. En ambos casos, existen normas que
las amparan. La metodología general adoptada por el
derecho internacional humanitario consiste en considerar las
necesidades concretas de las mujeres, sobre todo de las prisioneras
de guerra o las internadas, sin llegar a un punto en que el
trato pudiera considerarse discriminatorio para los hombres.
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La
batalla de todas las madres
En la esfera del derecho internacional humanitario, al igual
que en la vida misma, el destino de los niños está
ligado al de sus madres. Por ende, es lógico que una
de las prioridades de la acción humanitaria en tiempos
de guerra sea proteger y conservar la unidad familiar o, cuando
ello resulta imposible, procurar por todos los medios, un
entorno lo más parecido al medio familiar a fin de
ofrecer una presencia tranquilizante a los niños apartados
de sus seres queridos.
Al igual que en la Declaración Universal de Derechos
Humanos, en los textos de derecho internacional humanitario
se estipula implícitamente que hay que brindar asistencia
y protección prioritarias a las “personas vulnerables”,
es decir, mujeres, niños, enfermos y ancianos.
El hecho de que se incluya a las mujeres en esta categoría
no debería hacernos olvidar todo lo que ellas hacen
por disminuir su vulnerabilidad. Los reportajes que desde
los campos de batalla transmite la televisión se han
convertido en los romances de gesta de nuestra época;
buena parte se dedica a las proezas de los soldados, y a menudo
a su trágico destino. En cambio, no se dice casi nada
del trabajo cotidiano que llevan a cabo las mujeres. Sus logros
no se traducen en la conquista de territorios, la sumisión
de algún pueblo o la conquista del poder; pero contribuyen
sin aspavientos a la supervivencia humana.
El quehacer de las mujeres en medio de los conflictos armados,
que desde épocas inmemoriales ha obrado en defensa
de la vida, es una historia paralela a la de las guerras,
una historia distinta sobre los valores de la humanidad, que
renueva nuestra confianza en la capacidad de nuestra especie
de superar las peores circunstancias. Las mujeres van a conseguir
agua, y la encuentran, allí donde los bombardeos han
transformado el abastecimiento en una tarea imposible. Arriesgan
su vida y su integridad física buscando leña
en bosques sembrados de minas. Llaman una y otra vez a las
puertas de las organizaciones de asistencia para procurarse
las raciones de alimentos sin las cuales sus hijos no podrían
nutrirse adecuadamente. Pasan días enteros acurrucadas
con sus pequeños en el fondo de los sótanos,
comunicándoles la fuerza y la resistencia que necesitarán
para sobrevivir.
Las cronistas han califcado conflictos de “madre de
todas las batallas”, y se han referido a la guerra en
general calificándola de “batalla de todas las
madres”, es decir, aquella lucha silenciosa que día
tras día, libran las mujeres para asegurar el bienestar
de sus seres queridos.
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Violencia contra las mujeres
Mantener un mínimo de valores de humanidad en medio
de la violencia es el objetivo del derecho internacional humanitario,
entre cuyas disposiciones se ha procurado incluir normas que
garanticen el derecho a la vida y la dignidad. Pero hay que
reconocer que los instrumentos de derecho internacional son
muy poco eficaces para prevenir los excesos que se comenten
en tiempos de guerra.
Así, por ejemplo, parece más simple tomar medidas
para poner término a los malos tratos de que pudieran
ser objeto las mujeres detenidas por algún grupo beligerante,
que impedir la práctica generalizada de la violación
que es un crimen de guerra. Al margen del homicidio, constituye
sin duda el atentado más grave contra la integridad
física y moral de la mujer. Los conflictos armados
dan rienda suelta a pasiones desenfrenadas, y la violación
racionalizada se convierte en un arma para terrorizar al enemigo.
Cuando el problema de las violaciones capta el interés
de medios de difusión, gobiernos y grupos de promoción
de los derechos de la mujer, se convierte en una causa de
tal fuerza que los activistas tienden a olvidar la extrema
prudencia que requiere, y que las víctimas deberían
tener la posibilidad de elegir su propia terapia, lejos de
toda publicidad. Un buen ejemplo de los efectos negativos
de las campañas de los medios de comunicación
social concierne a Bosnia-Herzegovina. Una de las tácticas
de sensibilización sobre la magnitud de esa tragedia
consistió en presentar a la opinión pública
una avalancha de estadísticas, a veces contradictorias.
Esperemos que las mujeres de ese país puedan perdonar
a la comunidad internacional el haber reaccionado tardíamente,
a pesar de haber sido alertada oportunamente por el CICR,
que condenó en los términos más enérgicos
y desde un comienzo, el empleo de la violencia sexual como
método de guerra.
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Una cuestión
crucial para el futuro
¿Deberíamos sentirnos seguros y confiar en
la capacidad del derecho internacional humanitario, plasmado
en los Convenios de Ginebra y los Protocolos Adicionales,
que prevé una amplia protección para las mujeres
y los niños? ¿Deberíamos sentirnos satisfechos
de que, llegado el caso, podamos esgrimir la Convención
sobre los Derechos del Niño? Desgraciadamente, la mera
exhibición de esta panoplia de normas jurídicas
no permitirá garantizar el comportamiento de individuos
que un día deciden respetar las normas establecidas
por la comunidad internacional, y al día siguiente
se les antoja ignorarlas.
Cabe añadir que, fuera del ámbito de los conflictos
armados, no existe ningún marco jurídico internacional
ni tratado que restrinja la violencia contra las mujeres,
por lo que se comprende fácilmente la magnitud de la
labor que queda por realizar para convencer a los Estados
de que adopten y apliquen las normas destinadas a poner coto
a esa violencia.
Esa es una de las principales tareas que espera a Radhika
Coomaraswamy, de Sri Lanka, nombrada Relatora Especial sobre
la violencia contra las mujeres, por la Conferencia Mundial
de Derechos Humanos que tuvo lugar en Viena en 1993. Es de
esperar que en el curso de su mandato de tres años,
pueda formular propuestas concretas antes que se agoten los
fondos de que dispone.
Según diversas fuentes del sistema de las Naciones
Unidas, mujeres, niños y menores de 18 años
constituyen el 75% de la población mundial. Pero quienes
tienen en sus manos el poder para construir una sociedad que
valore y proteja la vida humana en la paz como en la guerra
se cuentan entre el 25% restante. El Movimiento se empeña
actualmente en demostrar a los responsables políticos
que la filosofía humanitaria reposa sobre sólidas
bases y está imbuida de un gran sentido de la realidad.
Esos esfuerzos no deben des fallecer sino mantenerse e intensificarse.
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Michèle Mercier
Ex jefa del Departamento de Comunicaciones del CICR, autora
del libro Crimes without Punishment
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