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Después de haber soportado cuatro años de esclavitud
y hambre bajo el régimen de los jemeres rojos, temiendo
cada día por nuestras vidas, llegar a la frontera y
ser recibidas por los socorristas fue como realizar un sueño.
Me sentí aun más protegida cuando nos llevaron
al campamento de refugiados donde recibimos algunas provisiones
y nos asignaron un alojamiento. Pero nuestra euforia se desvaneció
muy pronto. ¿Iban a permitir que nos quedáramos
en Tailandia? La idea de que quizás nos enviarían
de vuelta a Camboya me resultaba insoportable.
A pesar de los esfuerzos desplegados por las organizaciones
humanitarias, la vida en el campamento era muy dura y, de
alguna u otra forma, todos sufríamos física
y psicológicamente. Había que resolver los problemas
de la falta de alimentos y agua potable, la deficiencia de
las instalaciones sanitarias, el hacinamiento, la promiscuidad,
las amenazas a nuestra integridad, el tedio y los trastornos
de orden emocional.
Las mujeres estábamos muy inquietas por el bienestar
de nuestros hijos. En el campamento los niños estaban
desnutridos y expuestos a diversas enfermedades de la piel
por la falta de higiene. Al no tener las actividades correspondientes
a una escolaridad mínima, sufrían de aburrimiento
crónico.
En cuanto a los hombres, muchos se comportaban agresivamente
por la falta de ocupación y las precarias condiciones
de vida. A raíz de ello, el estado de ánimo
de muchas madres iba de la resignación a la desesperanza,
la agresividad o la depresión. Al respecto, la compañía
y los consejos de los colaboradores de las organizaciones
humanitarias fueron de una valor inestimable.
Algunas mujeres, que carecían de medios para obtener
ingresos propios, o que tenían niños u otros
parientes a cargo, tuvieron que prostituirse para poder completar
la dieta cotidiana.
Otras superaron las dificultades desempeñando varios
oficios. Las más
osadas, salían clandestinamente del campamento y se
procuraban diversas mercancías, corriendo el riesgo
de ser baleadas o violentadas por los guardias.
La amenaza de ser devueltas a Camboya no dejaba de atormentarme.
Afortunadamente, caí enferma y fui trasferida junto
con mis hijas a otro campamento donde recibí tratamiento
médico. Mientras estábamos allí, el resto
de mi grupo fue repatriado a Camboya. Con el tiempo, muchos
murieron. Para no correr la misma suerte, nos ocultamos en
el nuevo campamento y permanecimos allí hasta que abandonamos
Tailandia.
Gracias a los notables esfuerzos de varios socorristas, que
hicieron todo cuanto pudieron a pesar de las contradicciones
que se planteaban entre las consideraciones de orden político
y los principios humanitarios, mis hijas y yo fuimos finalmente
autorizadas a instalarnos en el Reino Unido. Sé que
mi deuda hacia ellos es enorme, pues les debemos la vida.
Fuimos acogidos cordialmente por la comunidad, y para mi
tranquilidad, las niñas comenzaron a ir a la escuela,
pero instalarse en otros país e integrarse a una nueva
sociedad implica adaptarse a otro estilo de vida. La calidad
de nuestra existencia cotidiana había mejorado, pero
no estaba preparada para hacer frente a la xenofobia: “Márchense,
aquí no les queremos”, me dijo una vez una mujer,
lo que me causó una gran mortificación.
En todos esos años de refugiada me he sentido acosada
por la inseguridad y perseguida por pesadillas que se repiten
sin cesar. No creo haber recuperado el ánimo que tuve
una vez, pero mi vida ha vuelto a tomar un curso más
o menos normal.
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