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Cincuenta años después
por François Bugnion |
En
mayo de este año, Europa conmemora el cincuentenario
del fin de la segunda guerra mundial. ¿Qué pudo
hacer el Movimiento Internacional de la Cruz Roja y de la
Media Luna Roja durante esos terribles seis años de
guerra? ¿Cómo se presentaba su futuro en el
momento en que cesarons los combates? ¿Cuáles
son los retos que se le plantean hoy día, 50 años
después? |
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Ocho de mayo de 1945: Por toda Europa las campanas proclaman
alegremente el fin de los seis años de matanzas, opresión
y destrucción de la segunda guerra mundial.
Sin embargo, muchos acogieron el fin de las hostilidades
con sentimientos mitigados: la guerra proseguía su
cruento camino en Asia, mientras que en Europa el descubrimiento
de gigantescas fosas comunes y de la espantosa realidad de
los campos de concentración, la magnitud de las pérdidas
y destrucciones, y la incertidumbre del futuro atenuaban las
ansias de celebración.
Una generación entera había sido decimada por
la ferocidad de las batallas. Los bombardeos aéreos
y las masacres habían costado la vida a un número
de civiles equivalente al de las bajas militares. En toda
Europa, el paso de los ejércitos había arrasado
países enteros, las ciudades habían sido sistemáticamente
destruidas, las comunicaciones estaban paralizadas y las reservas
de alimentos y los graneros, vacíos.
El Movimiento había sido testigo de tanto sufrimiento
que no pudo sino celebrar el fin de las hostilidades. Pero,
consciente de sus limitaciones, no podía abandonarse
a la euforia por la paz recuperada. Durante la guerra, las
Sociedades Nacionales estuvieron en primera línea de
la movilización humanitaria: cumplieron su cometido
principal de auxiliares de los servicios médicos de
las fuerzas armadas, evacuaron heridos, prestaron su respaldo
a los hospitales situados lejos de los frentes y asistieron
a las familias de los soldados caídos. En muchos países
actuaron como complemento de los servicios sociales desbaratados
por la guerra, llegando incluso a sustituirlos. Llevaron a
cabo ingentes operaciones de socorro en favor de los pueblos
afectados y los refugiados. Pudieron realizar algunas actividades
de socorro incluso en los países ocupados, a pesar
de las restricciones impuestas.
Para la Federación (la Liga en esa época),
la segunda guerra mundial fue un período de reflexión
e introspección. Sin poder convocar a sus órganos
estatutarios y bloqueada por las autoridades alemanas, que
le impedían tomar iniciativas independientes en los
países ocupados, sólo pudo canalizar su asistencia
a la población civil por medio de la Comisión
Conjunta de Socorros de la Cruz Roja Internacional, organismo
paritario creado por el CICR y la Federación.
Por su parte, el CICR fue el instrumento esencial de las
actividades de asistencia a los prisioneros de guerra. Los
delegados se desplazaron a todas partes para visitar a los
prisioneros y verificar las condiciones de detención.
Gracias a la labor abnegada de 3.000 voluntarios, la Agencia
Central de Prisioneros de Guerra pudo localizar a millones
de cautivos y ayudarles a reestablecer los vínculos
con sus familias; para procurarles ayuda, el CICR inició
una operación de socorro de vastísimas proporciones,
al extremo de convertirse en la mayor organización
de transporte civil en esos años. Por último,
con la ayuda del gobierno de Suecia, el CICR llevó
a cabo la mayor operación de socorro de su historia,
que salvó al pueblo de Grecia de la hambruna que lo
amenazaba. |
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Reconstrucción
Una vez terminada la guerra, el Movimiento desempeñó
un papel igualmente decisivo en los programas de reconstrucción
y asistencia. La Cruz Roja Americana asumió una vez
más un papel de vanguardia, llevando a cabo gigantescas
operaciones de socorro en beneficio de los grupos más
afectados de Francia, Bélgica, los Países Bajos,
Polonia y Grecia. En cada país europeo, las Sociedades
Nacionales acogieron a los ex prisioneros de guerra y a los
deportados; también prestaron asistencia a millones
de desplazados y refugiados, muchos de los cuales estaban
obligadas a permanecer en campamentos de fortuna mientras
esperaban ser aceptados por los países de acogida.
Al restaurarse la paz, la Federación pudo una vez
más respaldar los programas de asistencia de las Sociedades
Nacionales, al tiempo que allanaba el camino para que pudieran
emprender sus tareas en aquellas condiciones de posguerra.
Al concluir la guerra, a pesar de las enormes operaciones
que había llevado a cabo en ese trágico período,
y a pesar de haber sido galardonado por segunda vez con el
Premio Nobel de la Paz en diciembre de 1944, el CICR se encontró
en el banquillo de los acusados. Se lo consideró responsable
de la trágica suerte corrida por los prisioneros de
guerra soviéticos, la mitad de los cuales perecieron
en cautiverio, y se le reprochó el no haber denunciado
públicamente la existencia de los campos de concentración
del régimen nazi. Por otra parte, la opinión
pública en general no comprendía porqué
el CICR, de conformidad con su mandato, seguía prestando
asistencia a los prisioneros alemanes a quienes se consideraba
colectivamente responsables de los crímenes perpetrados
por el régimen hitleriano.
En diversos círculos, e incluso en el propio Movimiento,
se hicieron oir voces que pedían la disolución
del CICR y la transferencia de sus actividades a la Federación.
Esta situación entrañó una profunda ruptura
en el Movimiento, que sólo pudo superarse con la aprobación
de los nuevos Convenios de Ginebra en 1949, y de los nuevos
Estatutos de la Cruz Roja Internacional en 1952. |
Una
paz incierta
Ocho de mayo de 1995: Europa celebra el cincuentenario del
fin de la guerra; 50 años han transcurrido, dominados
por las divisiones de la guerra fría y el desaparición
de los imperios coloniales.
La guerra fría concluyó, a su vez, con la caída
del muro de Berlín y la desintegración de la
Unión Soviética. Desgraciadamente, lejos de
significar el advenimiento de la paz que todos esperaban,
estos hechos dieron lugar a un período de renovadas
turbulencias, y aún no se vislumbra un nuevo orden
mundial.
Si bien hoy se han resuelto algunos conflictos, en particular
los de América Central, Mozambique y Sudáfrica,
otros se han reactivado, como en el caso de Afganistán
y Camboya. Tanto en la ex Yugoslavia como en el Cáucaso,
las rivalidades largo tiempo reprimidas han resurgido impetuosamente,
desencadenando enfrentamientos de una violencia inaudita.
En otros casos, como los de Somalia y Liberia, la estructura
administrativa del Estado se ha derrumbado, provocando el
colapso del Estado de derecho y abriendo camino a ese terror
generalizado que hasta la fecha no se ha logrado contener.
En cuanto a la economía, los últimos 50 años
se han caracterizado por un crecimiento extraordinario de
la prosperidad. No obstante, la distribución de esta
prosperidad ha sido desigual, provocando tensiones entre los
países que se han beneficiado y aquellos atrapados
en un ciclo interminable de pobreza y privaciones. La pandemia
mundial de SIDA y los frecuentes terremotos e inundaciones
nos demuestran los límites de la ciencia y del control
que el hombre puede ejercer sobre la naturaleza.
Por todo ello, la acción del Movimiento es hoy tan
esencial como lo era en 1945. Pero, al igual que entonces,
y como ha ocurrido en cada período crítico de
su historia, debe hacer frente a factores que amenazan su
unidad.
Para cumplir su cometido, seguir prestando ayuda a las víctimas
que tanto necesitan su asistencia y llevar a cabo las tareas
que hoy tiene por delante, el Movimiento necesita volver a
descubrir su cohesión, respetando al mismo tiempo los
mandatos, diferentes y complementarios de cada uno de sus
componentes. |
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François Bugnion
Director Adjunto de Principios, Derecho y Relaciones con el
Movimiento, CICR. |
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