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Confortar a quien conforta

por Lesley Botez

Tradicionalmente, el apoyo psicológico en el ámbito del Movimiento se limita a las necesidades de la víctimas. No obstante, los últimos acontecimientos en distintas partes del mundo han demostrado que el estrés también puede aquejar a los propios colaboradores del quehacer humanitario. Una vez reconocido este riesgo ¿cuáles son las medidas a tomar para proteger a los delegados de los nefastos efectos del estrés?

Una serie de accidentes registrados a fines del decenio de 1980 y principios del de 1990 - como por ejemplo el transbordador de autos que se hundió en las costas de Bélgica - suscitó el interés de las Sociedades Nacionales de la Cruz Roja de los países europeos por las “lesiones psicológicas”. Las tragedias pusieron de relieve las necesidades de las víctimas que no habían visto destruir sus casas pero que habían sufrido la pérdida de seres queridos y habían presenciado escenas de horror. En dichos casos, la asistencia habitual, es decir, alimentos, mantas y atención médica pasa a segundo plano respecto a la prestación de un apoyo psicológico.

“El término lesión psicológica se aplica a los sobrevivientes de un accidente que resultan ilesos físicamente pero quedan traumatizados psicológicamente. También define con propiedad, la condición en que se encuentran muchos socorristas que han prestado servicios en situaciones de crisis o traumáticas”, explica el Dr. Barthold Bierens de Haan, psiquíatra y delegado del CICR, encargado de los programas de gestión del estrés. “Al igual que los brigadistas de rescate, los policías, los bomberos, y el personal sanitario están sujetos a intensas reacciones emocionales en el cumplimiento de su deber, los delegados de la Cruz Roja y de la Media Luna Roja y los voluntarios del quehacer humanitario que van a trabajar al extranjero cuando hay una emergencia o un desastre, sufren de estrés agudo o de reacciones psicológicas excesivas.”

La Federación ha establecido tres categorías de quienes necesitan recibir apoyo psicológico: las propias víctimas, los amigos y parientes de las mismas, y los socorristas y voluntarios.

El Dr. Jean Pierre Revel, asesor de la Federación en materia de salud en operaciones de socorro, que ha elaborado y coordinado programas de apoyo psicológico para combatir el estrés que aqueja a las víctimas, amplió el alcance de dichos programas a los delegados, luego que el estallido de los combates en Kabul obligara a la Federación a cerrar la delegación y a evacuar a los delegados. Tras vivir esta experiencia, algunos de ellos, principalmente los trabajadores de la salud que no estaban acostumbrados a situaciones de guerra, tuvieron que seguir un tratamiento psicológico.

Este enfoque no es una novedad para el Movimiento puesto que ya en 1982 la Cruz Roja Americana había abordado el problema. Los colaboradores de la Cruz Roja de Santa Cruz, California, fueron los primeros beneficiarios de un programa de apoyo psicológico destinado a los socorristas que asistieron a los damnificados por los deslizamientos de terreno que devastaron la región.

Jill Hofmann, asistente social y psicoterapeuta norteamericano que trabaja para la Federación, señala que el tratamiento psicológico destinado a los delegados difiere de la psicoterapia habitual. “Esta terapia tiene por cometido la descarga emocional. No se trata de profundizar en el pasado.”

El programa de gestión del estrés del CICR comenzó en 1992 y consta de tres elementos: formación antes de que el delegado parta en misión y apoyo durante y después de terminada la misma. El programa comienza por un curso de introducción destinado a los delegados nuevos, en el que se les presenta la gama de reacciones que experimentarán y se hace hincapié en la necesidad de expresar lo que se siente.

El Dr. Revel es categórico respecto a la importancia de este curso: “Una preparación idónea no solo relativiza la situación sino que además ayuda a cimentar la confianza y, por ende, al estar mejor preparados para hacer frente a las dificultades, los delegados son más eficientes.”

Se ha preparado un curso especial para los jefes de delegación y para quienes estarán llamados a ocupar altos cargos, en el que se enseña a detectar el estrés de los colaboradores. Se les alienta a identificar probables reacciones a incidentes traumáticos, reacciones que no resultan forzosamente evidentes en el fragor de la acción. “También se les aconseja estar atentos a: cambios leves de comportamiento; mayor consumo de alcohol; imprudencia al conducir; cambios de carácter; comentarios abusivos, depresivos o agresivos y negligencia personal”, explica el Dr. Bierens de Haan.

Por otra parte el CICR ha optado por organizar entrevistas para recoger las primeras impresiones del delegado en cuestión, directamente en el lugar donde prestó servicios y tan pronto como termina la misión.

Por último, tras una misión difícil, los delegados benefician de un período suplementario de descanso para garantizar un intervalo apropiado entre una misión y otra. En la medida de lo posible se alternan las misiones que comportan grandes riesgos y aquellas donde los riesgos son ínfimos.

Los resultados de las 100 primeras entrevistas llevadas a cabo por el CICR confirman la importancia de las mismas y del ulterior seguimiento. Si bien un 38% de los entrevistados presentaban síntomas de estrés traumático, inmediato o ulterior, y un 49% (la mayoría de quienes regresaban de Ruanda) de estrés acumulado, casi un 85% de ellos volvieron a partir en misión pocas semanas después de haber dado libre curso a sus sentimientos y comprenderlos.

Al ayudar al personal a soportar las serias dificultades inherentes al quehacer humanitario, el Movimiento se propone asistir y proteger a quienes prestan servicios voluntarios, asistiendo y protegiendo a su vez, a las incontables víctimas de la guerra y otros desastres.

“En las condiciones más inhumanas, valores humanos tales como la solidaridad de grupo y la fuerza de voluntad son esenciales en la lucha contra la adversidad”, concluye el Dr. Bierens de Haan.

El ejemplo de ruanda

El 6 de abril de 1994 cuando comenzaron las masacres, los delegados del CICR presenciaron escenas de horror sin precedentes. El relato del primer delegado que volvió a Ginebra era tan espeluznante que inmediatamente se organizó un equipo encargado de recoger las primeras impresiones de quienes volvían de Kigali, a efectos de prevenir lesiones psicológicas.

El 19 de abril, el Dr. Bierens de Haan se trasladó a Bujumbura, capital de Burundi, para organizar una sesión de entrevistas que permitieran evaluar el estado psicológico del personal del CICR en el terreno.

Al llegar, los delegados procedentes de Ruanda acusaban un estado de depresión, antes bien que la proverbial ansiedad o temor ulteriores a un incidente que puso en juego la seguridad personal. Todos ellos se sentían culpables y tenía remordimientos pues consideraban haber abandonado a quienes corrían peligro; se sentían impotentes frente a los pedidos de ayuda por radio a los que no podrían responder, a los heridos que no podrían asistir, y a los amigos y colegas que no podrían proteger.

La sesión de Bujumbura fue la primera dedicada por entero a las reacciones emocionales de los delegados que habían sido testigo de una catástrofe, y también entrañó una serie de novedades. Tuvo lugar tan solo 24 horas después de que los delegados dejaran el infierno de Kigali. Además, tuvo lugar en el terreno y no en la sede de Ginebra, y se puso el énfasis en el aspecto operativo del ejercicio. Por último, las impresiones de los delegados se recogieron en grupo y no individualmente para evitar la impresión de aislamiento e impotencia.

“Las entrevistas no fueron de carácter médico y se llevaron a cabo teniendo presente los resultados positivos”, explica el Dr. Bierens de Haan. Sentados alrededor de una mesa redonda, unos y otros comenzaron paulatinámente a expresarse, recordando los hechos, lo que habían pensado y lo que habían sentido. Tras esta primera experiencia, el Dr. Bierens de Haan llegó a la conclusión de que este ejercicio vale verdaderamente la pena. “La entrevista es útil porque alivia el sufrimiento mental y los sentimientos de fracaso y culpa. Además, realizarla es relativamente simple; no hace falta ser docto en la materia, solo es preciso entender bien las necesidades y los objetivos.”

Aunque es demasiado pronto para evaluar los efectos a largo plazo de esta modalidad de asesoramiento para prevenir trastornos postraumáticos a raíz del estrés, el impacto simbólico del ejercicio resulta evidente. Tal como comentara el Dr. Bierens de Haar: “El personal en el terreno empieza a preguntarse si el CICR se preocupa por la salud y la vida de sus colaboradores, de ahí que el hecho de envíar a alguien de Ginebra surta un efecto considerable. Por otra parte, una intervención rápida permite detectar quien necesita una asistencia más concreta y quien deberá recurrir a los servicios de un especialista cuando vuelva a su país.”

Lesley Botez
Articulista del Departamento de Comu-nicación y Recursos Externos del CICR.



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