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Desde hace algunos
años, los artífices de la paz han obrado por
la reconciliación entre árabes e israelíes.
Sin duda, los diplomáticos dirán que está
bien encaminada. Nadie sabe qué nos depara el futuro
y no cabe duda de que en el camino hacia una armonía
duradera en la región se alzarán muchos obstáculos.
Aun así, debe imperar la esperanza.
Si bien hoy se ha optado por la paz, no siempre fue así.
Exceptuando el tratado de paz entre Egipto e Israel, concluido
en 1979, la situación estuvo bloqueada durante 26 largos
años, período que se caracterizó por
una sucesión de cruentos conflictos regionales. Desde
1967, la población de los territorios ocupados ha vivido
en un status quo desesperante que ha generado resignación
y rebelión a la vez; la manifestación más
notoria de esta última fue la intifada. De ahí
que durante mucho tiempo se considerara ilusoria, la perspectiva
de que algún día israelíes y palestinos
pudieran establecer relaciones pacíficas.
En medio de estas tensiones, el CICR trabajó pacientemente
con miras a restablecer un mínimo de confianza entre
el ocupante y la población de los territorios ocupados,
tratando de lograr que se aplicara el IV Convenio de Ginebra.
Mientras se sigue avasallando la dignidad de la población,
toda esperanza de paz es vana. Si, en cambio, el ocupante
aplica las normas del derecho internacional humanitario, ello
demuestra que está dispuesto a respetar a la población.
Entre otras cosas, el derecho internacional humanitario prohibe
que se destruya la propiedad y se expulse a los habitantes
del territorio ocupado. También existen disposiciones
que estipulan que los detenidos deben ser tratados dignamente
y se les debe permitir recibir la visita de sus familiares.
Por casi 30 años, el CICR ha bregado por el respeto
de estas normas internacionales y ha denunciado sistemáticamente
las violaciones de que han sido objeto. Asimismo ha procurado
mantener contactos permanentes y estrechos con los dirigentes
de ambas partes. A juicio de la institución, estos
esfuerzos concienzudos han contribuido a mantener un mínimo
de esperanza y han allanado el camino a las iniciativas en
favor de la paz.
La firma del acuerdo de Oslo, hace dos años, fue un
vuelco decisivo de la situación en la región,
y el Movimiento tiene que adaptarse a las nuevas condiciones
políticas. Con el respaldo de la Federación,
la Sociedad de la Media Luna Roja de Palestina (MLRP) obra
por una mayor unidad y eficiencia; por su parte, las Sociedades
Nacionales participantes le prestan ayuda para establecer
programas de rehabilitación, especialmente en el campo
de la medicina.
Las tareas que el Movimiento debe asumir hoy en Israel, los
territorios ocupados y los territorios autónomos ponen
a prueba nuestra aptitud a trabajar juntos con eficiencia
y creatividad. Si tenemos éxito, habremos demostrado
concretamente que los distintos componentes del Movimiento
se complementan muy bien y nuestra capacidad de sembrar la
concordia entre la gente en nombre de nuestro principio de
humanidad.
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