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Un país a la deriva
por Urs Kluser |
| A
mediados del siglo pasado, cuando en un campo de batalla surgió
la idea de la que nacería el CICR, las guerras eran
enfretamientos entre hombres organizados en ejércitos
cuyo funcionamiento obedecía a determinadas reglas
y preceptos. Hoy, en vísperas del siglo XXI, la guerra
dista de estar organizada y es una oleada de cruda violencia
que no obedece a regla alguna, que no respeta leyes y de la
cual nadie está a salvo. En medio de tales circunstancias,
el CICR experimenta crecientes dificultades para cumplir su
mandato humanitario. |
| “Acabo
de escapar del infierno. ¿Por qué desearía
volver?” Así respondió George al periodista
que lo interrogaba sobre un eventual regreso a su aldea en
las afueras de Lac, un distrito rural de Liberia. George y
su familia habían llegado hacía poco a Buchanan,
ciudad situada en una de las zonas de seguridad controladas
por el Grupo de Vigilancia de la Comunidad Económica
de Estados de Africa Occidental (ECOMOG), y su experiencia,
al igual que la de incontables civiles que han huido de las
frecuentes escaramuzas del Consejo de Paz de Liberia (LPC)
y el Frente Patriótico Nacional de Liberia (NPFL),
liderado por Charles Taylor, es una letanía de malos
tratos y trabajo forzado.
No es en absoluto sorprendente que quienes logran
llegar a las zonas de seguridad sean sobre todo mujeres, niños
y ancianos. George tuvo suerte porque por lo general los hombres
son asesinados, condenados a trabajos forzados, obligados
a enrolarse en alguna facción o utilizados de escudos
humanos ante un avance enemigo.
Cada tanto, en Monrovia se difunden informes
que dan cuenta de matanzas perpetradas en las zonas rurales.
En abril, unos 60 civiles fueron asesinados a machetazos en
Yosi, pequeño pueblo a 30 kilómetros de Buchanan.
Los miembros de la facción responsable de esta atrocidad
acusaron a los aldeanos de colaborar con el bando rival.
Los habitantes de la capital, cuya población
ha duplicado con la afluencia de desplazados, de vez en cuando
son testigos de la cruenta violencia que predomina en el interior
del país. Una mañana de diciembre de 1994, Paynesville,
suburbio de la capital, despertó con los alaridos de
los vecinos que eran pasados a cuchillo y quemados por individuos
en uniforme militar. Nadie se ha atribuido esta masacre, en
la que perecieron más de 60 personas; las acusaciones
abundan pero nunca se podrá establecer quienes la perpetraron.
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El indestructible dólar
Esta guerra absurda que no obedece a contradicciones ideológicas
o políticas, ni a rivalidades de tipo étnico,
a pesar de las apariencias, tampoco se caracteriza por enfretamientos
directos entre los beligerantes. Se trata más bien
de una guerra por beneficios económicos, en la que
se conjugan matanzas indiscriminadas, saqueos en gran escala
y ambiciones desenfrenadas.
Hace ya bastante tiempo que los líderes que manipulan
las facciones dejaron de aparentar que luchan por ideales
políticos. Hoy no tienen empacho en admitir que la
guerra gira en torno a los recursos naturales y el poder
personal. Todo lo que se puede explotar - diamantes, oro,
caucho y maderas preciosas - está controlado y es
comercializado por los jefes de facción, ya sea para
enriquecerse personalmente o financiar el aparato militar
que les permitirá seguir expoliando a su propio país.
En el puerto de Buchanan se amontonan las partidas de maderas
preciosas listas para la exportación. Otras mercancías
se exportan a través de países vecinos o parten
el extranjero desde otros puertos de la costa.
Algunos países de Africa occidental tratan de salvaguardar
sus propios intereses políticos, financiando o prestando
apoyo logístico a las diferentes facciones y, por
ende, el embargo a las importaciones de armas jamás
se ha aplicado. Quienes se preguntan si a alguien le interesa
poner fin a una economía de guerra tan floreciente
no dejan de tener razón.
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El “Mayor Rambo” se droga
Las facciones están integradas principalmente por
jóvenes sin formación escolar que actúan
bajo el efecto de la droga. Según algunas estimaciones,
hay 6.000 niños enrolados en las milicias, es decir,
un 10% de los efectivos militares. Los soldados se dan nombres
de guerra tales como “Mayor Rambo”, “Capitán
Dinamita” o “General Serpiente”, y es
frecuente que se libren a una violencia sádica e
indiscriminada.
Los jefes de casi todas las facciones habitan en los barrios
residenciales de Monrovia o tienen representantes en esta
ciudad. Instalados en la capital, dicer ejercer un control
estricto sobre sus combatientes dispersos por las zonas
rurales, donde la situación es extremadamente inestable.
En realidad, dicho control suele ser ficticio.
Si en un futuro cercano se restaurara la paz, el país
tendrá que iniciar sin demora la rehabilitación
y reeducación de toda esta juventud, aviesamente
utilizada por los señores de la guerra para satisfacer
intereses perso-nales. Muchos niños y adolescentes
necesitarán ayuda de diversos profesionales para
sobreponserse de las experiencias traumáticas que
han vivido y liberarse del sentimiento de culpa y de la
drogadicción.
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El dilema del CICR
Los factores económicos, el incesante aumento del
número de facciones y la violencia en estado puro
(asesinatos, actos de canibalismo y una ausencia total de
respeto por los restos de las víctimas) han agudizado
la complejidad de la acción humanitaria.
Las intervenciones del CICR en los últimos años
han estado marcadas por las dificultades mencionadas. En
un trágico incidente ocurrido en Bomi, en 1992, un
funcionario nacional fue asesinado a balazos y un delegado
resultó herido. Ese mismo año, los delegados
tuvieron que abandonar las zonas controladas por el NPFL
por el creciente peligro que suponía para los extranjeros
que prestaban ayuda humanitaria. En octubre de 1993, el
CICR pudo reanudar su labor en las zonas bajo control del
NPFL, pero las organizaciones humanitarias tuvieron que
evacuar la zona de Lofa a raíz de los enfrentamientos.
Durante 1994 se intensificaron las actividades militares
en varias regiones de Liberia. Los combates en la región
meridional del país entre el NPFL y el LPC, de reciente
creación, generaron un clima de confusión
e inseguridad generalizada que entorpeció o paralizó
la labor humanitaria en algunas zonas. Las operaciones de
socorro se interrumpieron en los condados de Cape Mount
y de Bomi, al estallar enfrentamientos entre las facciones
Mandingo y Krahn de la agrupación Ulimo.
En septiembre de 1994, cuando una coalición logró
desalojar al NPFL de su plaza fuerte en Gbarnga, la población
civil y los representantes de los organismos internacionales
que permanecieron allí fueron objeto de saqueos y
graves actos de hostigamiento. El CICR, al igual que las
demás organizaciones, los observadores de la ONU
y las tropas del ECOMOG, tuvo que evacuar al personal. Hasta
entonces, llevaba a cabo un vasto programa alimentario en
Bong y Margibi del que beneficiaban 120.000 personas al
mes.
Desde los primeros meses de 1995, las organizaciones humanitarias
han podido reanudar sus actividades con relativa seguridad
en las zonas controladas por el ECOMOG. Aun cuando desde
estas zonas se puede hacer llegar asistencia a la mayoría
de la población del país, algunos centenares
de miles de habitantes están aislados en las comarcas
rurales. Últimamente, unas pocas organizaciones humanitarias
han vuelto a las zonas controladas por el NPFL, a pesar
de las condiciones complejas y peligrosas que allí
persisten. Estas organizaciones han dado a conocer la situación
inquietante de la población civil pues la malnutrición
se agudiza y generaliza.
Habida cuenta de la extrema crueldad de las hostilidades,
el CICR todavía no trabaja en las zonas que escapan
al control del ECOMOG porque no ha obtenido la debidas garantías
de seguridad. Esta situación le plantea un dilema
de fondo ya que por un lado, es sumamente conciente de las
necesidades de la población atrapada en medio del
conflicto, y por el otro, tiene las manos atadas y no puede
dispensar la ayuda requerida. Solucionarlo, será
un proceso largo y penoso.
La 13.o acuerdo de paz firmado recientemente y la instauración
de un gobierno en el que personajes claves del conflicto
desempeñen un papel activo permiten abrigar esperanzas
de que el país despierte de esta pesadilla.
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Urs Kluser
Delegado del CICR en Monrovia. |
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