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¿La ayuda es útil?

por Michael Keating

La concienzuda investigación acerca de los desaparecidos de Bosnia está revelando la verdad. Para las familias termina una espera angustiante; ya pueden llevar el luto, algún día tal vez lleguen a aceptar lo sucedido e iniciar el proceso de cicatrización de las heridas. Pero la realidad es sobrecogedora y aquellos que dan las noticias comparten el peso psicológico que conlleva y pone a prueba sus límites profesionales y emocionales.

Los profesionales de la asistencia humanitaria tienden a olvidar que es una “actividad” muy reciente. Se podría argumentar que la ayuda para el desarrollo dista mucho de ser algo novedoso, y que el colonialismo fue una modalidad de ayuda para el desarrollo, poco recomendable, por cierto. Pero si nos atenemos a lo que en general se entiende por ayuda humanitaria, ésta surgió hace solo unos treinta o cuarenta años. Muchos estiman que la crisis de Biafra fue la primera operación importante de ayuda de emergencia.

Desde entonces, el número de organizaciones humanitarias se ha multiplicado en forma espectacular. El fenómeno ha sido doblemente intenso en la esfera de la ayuda de emergencia.

La bandera de la Cruz Roja, que otrora era prácticamente la única, es hoy una más entre los múltiples emblemas que se ven en instalaciones de emergencia,y campamentos de refugiados del mundo entero. Las instituciones especializadas de las Naciones Unidas e incluso los gobiernos donantes, por intermedio de sus organismos oficiales, comienzan a tener una presencia constante en todos los lugares donde la situación es crítica, sin olvidar a los militares que cumplen misiones humanitarias.

El ingente aumento de las necesidades explica la proliferación de organismos humanitarios pero tal vez haya otro motivo menos evidente: la politización de la ayuda humanitaria. Muchas crisis son producto de situaciones conflictivas para las cuales la comunidad internacional no ha sabido encontrar soluciones políticas viables, o no se ha sentido suficientemente motivada para arriesgar la vida de sus tropas con el fin de imponer o mantener la paz.

Una y otra vez, en las pantallas de la televisión se suceden imágenes de horror y sufrimiento que apelan a nuestro sentido de humanidad. Concordarán conmigo en que la prioridad que los medios de comunicación dan a una u otra crisis es un poco una lotería y en que todavía no se ha establecido con certeza que la labor periodística influya al punto que se operen cambios en las políticas gubernamentales, ya sea en lo que atañe a la ayuda o a otras esferas. Muchos consideran que los políticos han aprendido a capear los temporales de indignación pública provocados por la prensa, pues saben que al cabo de unos días los ánimos se apaciguan.

Ahora bien, ningún gobierno celoso de su imagen puede correr el riesgo de mostrarse totalmente indiferente al sufrimiento. La organizaciones humanitarias, cada día más numerosas, ofrecen una oportunidad que los gobiernos donantes no dejan pasar. Dando apoyo financiero a determinados grupos de acción humanitaria, los políticos pueden demostrar que se mueven, que están a la escucha del clamor popular y que no vacilan en responder cada vez que se reclama su intervención.

No me propongo cuestionar las motivaciones de los socorristas, pues la mayoría actúan movidos por sentimientos muy nobles pero hay que reconocer que a menudo son como piezas de ajedrez de una partida jugada por otros, y en la que intervienen factores tales como la explotación de las necesidades humanitarias por parte de la prensa, la impaciencia de los políticos que quieren aparecer poniendo manos a la obra y el deseo de determinados organismos de intervenir para utilizar los fondos que se les asignaron.

 

 

¿Quién se beneficia más?

En medio de tantos intereses, cabe preguntarse dónde están los beneficiarios de la ayuda. ¿Se les ha tenido en cuenta o se les ha olvidado? Dado que son el cimiento de todo el edificio humanitario ¿cómo puede ocurrir una cosa así?

A veces resulta difícil no preguntarse si los beneficiarios tienen voz en todo ese proceso que desata una crisis de índole humanitaria.

Hay que reconocer que las cosas eran más simples en los primeros años de la ayuda humanitaria. Los beneficiarios trasmitían sus opiniones por conducto de los gobiernos que se suponía representaban a sus pueblos.

La diferencia reside en que las crisis de índole humanitaria actuales suelen ser producto de conflictos armados en los que estan implicados gobiernos que oprimen a determinados sectores de su propio pueblo. También hay combates entre autoridades rivales, muchas de ellas demasiado frágiles, corruptas o poco dignas de crédito para actuar en nombre de quienes dicen representar. En tales casos ¿cómo salvaguardar los intereses de los beneficiarios?

En definitiva lo que más cuenta es la integridad de quienes suministran la ayuda de urgencia. De ellos depende que, en ausencia de poder político o en situaciones en que ninguna autoridad parece defender los intereses de los más necesitados, los beneficiarios puedan decir algo sobre la manera de ayudarlos.

Huelga decir que, aun con la mejor voluntad del mundo, no es tarea fácil. ¿Los organismos humanitarios tendrían que hacer encuestas para saber qué piensan los beneficiarios de la ayuda recibida? Puede parecer absurdo, pero tal vez no sea tan descabellado. Incluso en las situaciones de urgencia, el respeto y la consideración por la opinión de la población afectada deberían ser requisitos de la acción humanitaria. Ahora bien ¿cuántas organizaciones tienen los medios y se toman el trabajo de hacerlo?

En resumidas cuentas son los beneficiarios quienes tendrían que responder a la pregunta: “¿La ayuda es útil?” o por lo menos, poder hablar de la influencia de la ayuda humanitaria en sus vidas. Las orgnizaciones dedican mucha atención y energia a rendir cuentas a los donantes, pero ¿se preocupan de presentar cuentas a los beneficiarios? Por muy difícil que sea, también hay que preguntarse cuánto esfuerzo se dedica a evaluar los resultados. Al parecer, “muy poco”.

En medio del torbellino que representa una crisis humanitaria, la idea de llevar las cuentas se descarta fácilmente y los donantes, los periodistas y la opinión pública parecen no darle importancia. Recién cuando la crisis ha pasado, algún especialista en cuestiones de asistencia humanitaria tal vez se interese en comprender lo que ocurrió y sacar las lecciones del caso.

Es probable que todo esto cambie muy pronto pues con toda seguridad habrá un mayor control de los presupuestos de ayuda al exterior, en la medida en que disminuyan los recursos financieros y se dé mayor prioridad a los problemas internos de cada país. El desconcierto irá en aumento ante el espectáculo de una multitud de organismos que compiten por obtener apoyo financiero para sus actividades y cuyo efecto paliativo parece ser mínimo, pues los desastres se suceden, a menudo en las mismas regiones.

Hoy en día, la ayuda de emergencia parece estar ligada a la expurgación de determinadas actitudes políticas y “complejos” de los países donantes; en el futuro, la validez de la asistencia tal vez se determine en función del aporte efectivo a la solución de problemas, aun cuando el interés por solucionarlos obedezca al costo financiero, el riesgo político o la amenaza económica que entrañen para los países donantes.

La pregunta “¿La ayuda es útil?” será más pertinente cuando se empiece a estudiar seriamente la calidad de la asistencia. Entonces, las organizaciones que hayan procurado sistematizar las relaciones con aquellos a quienes deben ayudar y sean capaces de evaluar los resultados de su labor podrán salir incólumes de la sacudida que tal vez se produzca en ese momento.

Carga psicológica

Este procedimiento expone a los delegados a todas las consecuencias del sufrimiento humano, privándoles de la protección que supone no involucrarse emocionalmente. El elemento esencial de esta labor es la compasión; los delegados deben establecer un contacto humano, dedicar tiempo, escuchar, estrechar manos y dar abrazos. Todo ello los expone a un desgaste emocional y psicológico que para la subde-legación de Tuzla ha sido difícil sobrellevar.

En primer lugar, se organizó un seminario dirigido por eminentes psiquiatras, en el cual se informó a los delegados de las prácticas de duelo locales, estimulándolos a explorar sus propios sentimientos. Durante las primeras experiencias, algunas de ellas traumáticas, se contrató la ayuda de enfermeras locales con experiencia en controlar reacciones extremas.

Los equipos ahora trabajan por rotación para evitar el desgaste emocional; el equipo local está obligado a tomarse un descanso entre un período de trabajo y otro, y se reclutan delegados de otras oficinas. Para limitar posibles secuelas, periódicamente se organizan sesiones en las que los delegados cuentan sus experiencias. Como dice Florent Cornaz: "Se va aprendiendo sobre la marcha. No se puede escribir un manual para enseñar a cumplir una función como ésta."

 

Michael Keating
Consultor en comunicaciones, residente en Londres.



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