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Contra el SIDA,
por los derechos humanos

por Cathryn J. Prince

En el mundo entero, y sobre todo en los países en desarrollo, ha aumentado en forma alarmante el número de mujeres infestadas por el VIH, fenómeno que obedece fundamentalmente a la situación de subordinación y dependencia en que se encuentra la mayoría de ellas. La única manera de invertir esta tendencia mortal es encarar el problema en el plano de los derechos humanos.

Habiendo oído hablar de los peligros relativos al VIH, Hafida, joven marroquí, le pidió a su marido que usara preservativos; él se negó, y amenazó con golpearla y abandonarla. Poco después Hafida quedó embarazada y descubrió que era seropositiva.

Tras 17 años de matrimonio impuesto con un hombre mucho mayor, Myriem de 30 años está viuda y enferma de SIDA; cuando se casó era virgen pero su marido ya era sero-positivo y como muchos hombres africanos infectados, nunca le dijo a su esposa que estaba enfermo. Ella, como tantas mujeres africanas criadas en el respeto de la tradición, nunca hubiera imaginado siquiera pedirle que se protegieran durante las relaciones sexuales.

“El factor principal del aumento de mujeres infestadas por el VIH en los países en desarrollo es la falta de autonomía económica, lo que limita considerablemente la capacidad de la mujer de controlar su propia vida
sexual”, dice el profesor Hakima Himmich, presidente de la Asociación Marroquí de Lucha contra el SIDA. “Que las mujeres dependan totalmente de los hombres para subsistir es un factor de alto riesgo de infección por VIH”, agrega.

 

 

Cada vez más seropositivas

Según la OMS, en el mundo hay unos 23 millones de seropositivos; 10 millones son mujeres y la proporción de seropositivas va en aumento. En la actualidad, hay 1,3 hombres infectados por cada seropositiva. Hacia fines de los años ochenta, la proporción era 2 a 1 y las autoridades sanitarias prevén que para el año 2000 será 1 a 1. Los datos estadísticos son aun más in-
quietantes cuando se analiza la situación en aquellos países donde la condición social de la mujer es inferior a la de los hombres. Nueve de cada diez seropositivas viven en los países en desarrollo, dice el UNAIDS.(1)

En Brasil, en 1984, las mujeres re-presentaban el 1% de los seropostivos y en 1994, el 25%. En África subsaha-riana, la proporción de mujeres y hombres contaminados es de 6 a 5; cerca del 45% del las mujeres contaminadas en el mundo son africanas y la mayoría contrajo el virus en relaciones heterosexuales.

“Hemos avanzado mucho en el plano de las ideas, al vincular los derechos humanos y la salud”, dice el Dr. Jonathan Mann, profesor de la cátedra François-Xavier Bagnoud de Salud y Derechos Humanos de la Universidad de Harvard. “Pero en los hechos, los avances serán más lentos, pues se trata de modificar prácticas sociales, políticas y económicas muy arragaidas”, señala.

Pocas opciones

Según el UNAIDS, la mayoría de las africanas seropositivas han sido infectadas por el marido. Es obvio entonces que de poco sirve predicar la abstinencia y las prácticas sexuales “seguras” como método para frenar la propagación del mal. En África subsahariana, a las mujeres que insisten en usar preservativo se las tacha de descarriadas. Algunas africanas no insisten en ello pues temen ser acusadas de adúlteras; otras no lo hacen porque la norma social las incita a una procreación prolífica.

“Ya hace 10 años que hablamos de VIH y SIDA pero el temor, los prejuicios y la falta de comprensión persisten”, dice la Dra. Anne Petitgirard, Coordinadora en materia de SIDA de la Federación. “Todo se reduce a una cuestión de derechos humanos. Cuando la gente tiene miedo, comienza a hacer cosas que infringen algunos derechos humanos y cuando éstos no se respetan, se favorece la transmisión de la enfermedad.”

Han pasado 16 años desde que los gobiernos del mundo entero aprobaran el Convenio de las Naciones Unidas sobre la Eliminación de la Discriminación de la Mujer. En dicho instrumento, los países hacen constar la preocupación por el hecho de que, en situaciones de pobreza, las mujeres tengas menos acceso a la alimentación, la salud, la educación, la formación profesional y el empleo. Se preconiza, entonce, la prestación de servicios sanitarios que no discriminen a la mujer.

Aun así, las mujeres siguen siendo objeto de prácticas discriminatorias. Muchas africanas y árabes no tienen derecho a trabajar sin el consentimiento del marido. Sólo 6 de cada 100 niñas marroquíes asisten a la escuela.

 
 

Prevenir mucho antes

Los expertos en derechos humanos reconocen que mejorar la condición femenina puede reducir la vulnerabilidad ante el VIH, pero piensan que las cosas recién cambiarán cuando hombres y mujeres toman parte en este empeño. Puan Mehrun Siraj, de la Media Luna Roja de Malasia, indica que antes en la India, los matrimonios infantiles eran comunes pero que hoy, en virtud de las leyes vigentes, en un 85% de los matrimonios celebrados, la novia tiene la edad requerida por la ley. Ello puede contribuir a contener la propagación del VIH, pues la vulnerabilidad de las mujeres al contagio es mayor cuando todavía no han alcanzado el pleno desarrollo sexual. Datos obtenidos en Ruanda corroboran este hecho, ya que se ha establecido que cuanto más jóvenes comienzan a tener relaciona sexuales, tanto mayores son las probabilidades de infección por VIH. Casi un 25% de las ruandesas embarazadas menores de 18 años son seropositivas.

A pesar de todo, algunas asociaciones se esfuerzan por invertir las curvas estadísticas. La Asociación Marroquí de Lucha contra el SIDA ha realizado una campaña entre quienes se prostituyen en Casablanca para convencerles de que exijan el uso del preservativo. La Cruz Roja Tailandesa ha impulsado programas de fomento de la condición social de la mujer, y la Media Luna Roja de Pakistán ha pedido que se imparta educación sexual en las escuelas.

“Hay que actuar antes de que surjan los factores de riesgo más importantes. Tenemos que atacar el problema de raíz”, afirma el Dr. Mann. “La Declaración Universal de los Derechos Humanos y otros pactos proporcionan un marco normativo útil para nuestra labor.”

“Durante largo tiempo, una de las facetas de las políticas de prevención en materia de VIH y SIDA fue la modificación del comportamiento personal; ahora hacen falta leyes que fomenten el avance social de la mujer”, escribe la Dra. Lynn Freedman, profesora adjunta de salud pública clínica en la Facultad de Salud Pública de la Universidad de Columbia, en la publicación trimestral Health and Human Rights1 y añade: “En cuanto a los derechos humanos, cada quien debe poder tomar las decisiones que juzgue apropiadas para proteger su salud.”

(1) UNAIDS es la sigla en inglés del programa conjunto de la ONU sobre VIH-SIDA que sustituye al Programa Mundial sobre SIDA de la OMS.

(2) Health and Human Rights - Vol. 1, No.4, 1995,
pág. 314, publicado por la Facultad de Salud Pública de Harvard.

Cathryn J. Prince
Periodista independiente residente en Suiza.



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