|
“Si por lo menos supiéramos que está muerto,
podríamos velarlo en paz y enterrarlo. Pero esto...”
Nidia, esposa de un campesino desaparecido, se enjuga las
lágrimas. Desde hace dos semanas, ella y su vecina
Teresa tratan desesperadamente de dar con el paradero de sus
maridos, se-cuestrados por un grupo armado. Las esperanzas
de encontrarlos con vida son prácticamente nulas. Pero
hasta que no sepan lo que ha pasado no se darán por
vencidas. Día tras día, rastrean los campos
vecinos a la Finca, el caserío donde viven; han escuchado
cada rumor y cada sugerencia que les hace la gente; han ido
a ver a las autoridades y les han pedido ayuda para encontrar
a sus maridos.
Acompañada por un delegado y un colega
del CICR, visité Finca para recoger información
sobre el caso y contribuir a la búsqueda de los desaparecidos.
Euclides, un anciano de la aldea, nos contó lo que
sucedió la noche del secuestro: “Estábamos
muy cansados; ha-bíamos trabajado todo el día
cortando bananas y nos fuimos a la cama temprano. Entonces
entraron unos hombres armados y nos ordenaron tumbarnos en
el suelo. Primero se llevaron a uno, y después al otro.
No merecemos que nos traten así. No somos guerrilleros,
y nunca nos hemos metido en la violencia. Todo lo que queremos
es que nos dejen en paz, para criar a nuestros hijos y poder
trabajar. Ya es harto duro vivir como vivimos.”
El CICR ha visitado la zona varias veces en
los últimos meses. Nos hemos entrevistado periódicamente
con los vecinos y les hemos hablado del derecho internacional
humanitario, de las normas que deben aplicarse en caso de
guerra y de los derechos de la población civil, que
debe ser respetada por todos los grupos armados.
Algunas mujeres nos cuentan que sus maridos fueron acribillados
por una banda armada procedente de una aldea vecina, controlada
por los paramilitares; otras, que a los suyos los secuestró
la guerrilla o alguno de los grupos que levantan barricadas
en los caminos y se autoproclaman “justicieros”,
y nunca más supieron de ellos.
La región se considera “roja”,
es decir, controlada por la guerrilla. Toda persona que vaya
a la ciudad, en zona de los paramilitares, aunque sea para
comprar una herramienta, corre peligro de muerte. Desde el
momento en que uno u otro bando pone a alguien en su lista
negra, tachándolo de colaborador o de soplón,
sus días están contados.
Los vecinos conocen al CICR y saben que pueden
confiarnos cosas que no divulgaremos. Cuando alguien muere,
el CICR ayuda a la familia con víveres durante un tiempo.
También costea los gastos de mudanza de quienes temen
por su vida. Además, presta ayuda de urgencia a los
civiles víctimas de robos, y se esfuerza por tomar
contacto con los grupos armados para convencerlos de respetar
a la población civil.
En las últimas semanas, las fuerzas paramilitares
han extendido su control hasta el camino donde están
las viviendas de Nidia y Teresa, y están disputando
a la guerrilla el control de la zona. No pasa día sin
que alguien sea capturado o aparezca un cadáver a orillas
del camino. La gente huye, y muchas aldeas parecen abandonadas.
Casi todos se van sin avisar a nadie, y no hacen nada por
encontrar a sus familiares desaparecidos. Son pocas las mujeres
que, como Nidia y Teresa, no cejan en el esfuerzo.
|