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Un eterno comienzo

por Lutaa Badamkhand

La mayoría de los kazajos que viven en Mongolia son pastores nómadas pero su estilo de vida y sus tradiciones han sufrido duros reveses en el último tiempo. Hace algunos años, muchos kazajos abandonaron Mongolia y se marcharon a Kazajstán y una vez allí descubrieron que la fortuna no los estaba esperando en la tierra de sus antepasados. Al volver a Mongolia, recibieron una acogida que distó de ser entusiasta, salvo en un caso particular.

Aukhaan syrakhbai tiene la mirada triste y perdida. Nómada kazajo de 69 años, vive en una apartada región montañosa de Asia central; cuando llegamos estaba sentado en su yurt, una tienda circular cubierta de fieltro, ahora prácticamente vacía.

“He pasado buenos momentos en mi vida. Me nombraron mejor pastor del país y me eligieron miembro del Khuriltai (Parlamento Popular)”, dice Abujaán, mientras pasea su mirada por las cumbres nevadas de Tsambagarav, buscando quizás una explicación a las vueltas del destino. “Hay demasiadas bocas que alimentar y muy poco ganado”, murmura.

Nueve de sus familiares y los hijos de su hermano menor se hacinan en dos viejos yurts. Una docena de ovejas y una vaca, les aportan unos 12.000 tugriks mensuales (22 dólares) que apenas les alcanzan para subsistir. “No hay trabajo ni ganado, y la harina escasea”, comenta acongojado.

 

 

Volver a empezar

Desgraciadamente, la historia de Abujaán no tiene nada de excepcional en este rincón del extremo occidental de Mongolia. Hace cuatro años, él y sus dos hermanos cruzaron la frontera con sus familias, pasando de Bayan Ulgii al vecino Kazajstán, de donde habían venido sus antepasados hacía más de un siglo. Formaban parte de los más de 60.000 kazajos que habían estado viviendo en Mongolia y esperaban encontrar una vida mejor en Kazajstán, ex república soviética que se independizó en 1991.

Comarca remota y subdesarrollada, Bayan Ulgii tenía dificultades para nutrir a la creciente población kazaja. En 1990, casi el 20% de los kazajos estaba desempleado. La grave crisis económica tras la desaparición de la Unión Soviética, principal donante de la ayuda para el desarrollo que recibía Mongolia, agravó la situación de la provincia y afectó especialmente a los kazajos, comunidad fuertemente ligada a su cultura y sus tradiciones.

“Ante la sombría realidad del deterioro de la economía, el racionamiento de los alimentos y el desempleo, la gente miraba el futuro con enorme pesimismo”, dice Marat Hurmetbk, funcionario local. Lógicamente, las promesas de empleo y vivienda hechas en ese entonces por el presidente recién elegido en Kazajstán avivaron las esperanzas y favorecieron el movimiento migratorio. Entre 1991 y 1993, la mitad de los kazajos residentes en Mongolia se trasladaron a Kazajstán con contratos de trabajo quinquenales.

Al llegar podían optar entre un subsidio único de 400 dólares o el alojamiento gratuito, y decidir libremente adonde ir y el trabajo que preferían. A muchos les fue muy bien pues la mayoría encontró trabajo de pastor u obrero. Los profesionales, por su parte, hallaron mejores oportunidades para forjarse una carrera, lo que se tradujo en una pérdida de personal calificado en las localidades de origen. “Hubo un momento en que el principal hospital y el teatro de la provincia estuvieron a punto de cerrar, porque la mayor parte del personal se había marchado”, dice el señor Mizimjaán, gobernador de Bayan Ulgii.

“De nada nos sirvió ir a Kazajstán”, confirma Abujaán. “Poco después de llegar, nuestro hermano menor enfermó y murió. Los familiares que habíamos dejado en Bayan Ulgii necesitaban nuestro apoyo y decidimos regresar”.

Acogida penosa

Desde 1993, más de 800 familias han vuelto a Bayan Ulgii, y el número sigue aumentando. Al vencer los contratos de trabajo quinquenales, el gobierno de Kazajstán les ofrece dos opciones: naturalizarse o volver a Bayan Ulgii. Un equipo del Ministerio de Trabajo y Población de Mongolia estudió recientemente la situación, y llegó a la conclusión de que cada año podrá haber hasta 2.000 familias que vuelvan a Bayan Ulgii si el gobierno de Kazajstán persiste en rehusar la prolongación de los contratos actuales.

Más allá de las situaciones individuales, quienes han regresado a Mongolia se encuentran en dificultades. Puesto que vendieron sus viviendas antes de irse a Kazajstán, la mayoría no tiene donde quedarse, ni dinero suficiente para comprarse una nueva morada. Salvo darles algunas ovejas, los parientes no pueden ayudarles demasiado. Casi todos los “retornados” han tenido que volver a empezar de cero, y se ven obligados a vivir en depósitos abandonados, establos, tiendas de campaña o cualquier sitio disponible.

“Aquí trabajé 20 años de camionero, pero desde que volví el verano pasado con mi mujer enferma y mis tres hijos, no he conseguido trabajo. Le han dado mi camión a otro conductor. A mi mujer, que fue enfermera en el hospital provincial durante 20 años, le dijeron que no había vacantes”, dice Selikjan, de 40 años, quien ahora vive en un carromato de madera prestado por la empresa para la que antes trabajaba. En vista de que no podía mantener a su familia, envió a sus dos hijas a vivir con parientes en las montañas.

Desde el punto de vista económico, la provincia sigue en recesión, y el gobierno provincial, que depende en gran medida de las subvenciones estatales, tampoco puede ofrecer mucho apoyo. “Yo les he dicho a los emigrantes: ‘No vuelvan, y si vuelven, traigan dinero’”, admite Mizimjaán. “En estos momentos la economía local no puede mantener a más gente”.

 

Arden estepas y bosques

Entre febrero y mediados de junio de este año, las estepas y los bosques de Mongolia septentrional fueron arrasados por casi 400 incendios, que provocaron la muerte de 25 personas y dejaron a otras 1.600 sin vivienda. El fuego destruyó una superficie de más de 100.000 kilómetros cuadrados y mató miles de cabezas de ganado. Para hacer frente a la crisis, la Cruz Roja de Mongolia coordinó una operación de socorro con el apoyo del representante de la Federación en Ulan Bator: se suministraron alimentos, artículos para el hogar, productos sanitarios y ropa a 183 familias. Además, una vez extinguido el último incendio, la Federación prestó asistencia a unas 500 personas, que habían perdido todos sus bienes y enseres en los siniestros, proporcionándoles alimentos, ropa y ganado para reponer sus rebaños.

 

Solidaridad y pequeñeces reconfortantes

Pese a las dificultades económicas, la Cruz Roja local se ha propuesto acoger a los kazajos que regresan, entregándoles algunos suministros básicos y sobre todo brindándoles una calurosa bienvenida. “Era verdaderamente desgarrador ver a esas personas bajar del avión llevando a sus hijos y tan sólo un par de maletas”, explica Farida Bailmolda, jefa de la sección provincial de la Cruz Roja.

En un intento desesperado por ayudar a los kazajos que regresaban, en febrero de 1995 Farida ideó un pequeño proyecto. “A veces, a quienes regresaban les hacían falta sábanas, colchones y ropa de abrigo. Pensé que incluso esas pequeñeces podrían serles útiles”, asevera.

El proyecto fue aprobado dos días después que Farida lo presentara en la sede de la Cruz Roja de Mongolia; se consiguió financiación de la Embajada de los EE.UU. en Ulan Bator y la Sociedad Nacional también lo apoyó.

Con dos millones de tugriks (unos 4.000 dólares), Farida compró mantas, sábanas, calzado, cepillos de dientes y jabón. En un año, distribuyó paquetes a unas 160 familias de casi todos los principados (divisiones administrativas tradicionales) de la provincia.

“Es reconfortante saber que alguien se preocupa por ti; ése es el verdadero significado de la palabra ‘hogar’”, dice con optimismo Zhanaijaán, que volvió al país en 1994, después de haber trabajado un año de carpintero en Kazajstán. “Como se dice ahora, ‘mi negocio quebró’ y, en cierto modo, estoy volviendo a empezar mi vida a los 60 años. La ropa y los zapatos que nos dio Farida han sido una gran ayuda, ya que tengo que mantener a mis cuatro hijos con una pensión de sólo 6.000 tugriks (unos 11 dólares), suma que apenas alcanza para comprar medio costal de harina”.

Puesto que reciben poca o ninguna ayuda de las autoridades y que están abandonados a su propia suerte, es natural que los “retornados” se sientan conmovidos al recibir su paquete. Claro está, los artículos donados por la Cruz Roja no pueden resolver el problema de cientos de familias obligadas a reconstruir sus vidas partiendo de cero. “Lo importante no es la ayuda en sí. A veces, bastan sólo unas cuantas palabras alentadoras y alguien con quien hablar para encontrar la fuerza de seguir adelante”, comenta Farida. Al principado de Tsengel han vuelto 70 de las 97 familias que se marcharon a Kazajstán. Ahora me doy cuenta de que subestimé la importancia del problema. Por doquier, la gente se entera del proyecto y viene a pedir ayuda”.

Si bien las necesidades resultan abrumadoras, por lo menos se reconoce que existen, lo cual ya es un buen comienzo. La iniciativa de Farida, concebida para satisfacer las necesidades de este grupo de personas vulnerables, es extraordinaria. “El proyecto de Farida es uno de los primeros que emana de una sección local”, dice D. Tserensodnom, encargado de programa en la sede central de la Sociedad Nacional. Tenía que haberse terminado en abril de 1996 pero hubo que continuar porque son muchos los que vuelven con lo puesto. Odonchimed Luvsan, presidente de la Cruz Roja de Mongolia, es optimista: “He dicho que si el proyecto funciona, lo mantendremos. Nuestro objetivo es prestar ayuda a la gente, y toda iniciativa al respecto merece nuestro apoyo total”.

Lutaa Badamkhand
Jefe de redacción Business Times, periódico de Ulan Bator.



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