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Por sus propios medios
por John Sparrow |
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el desmembramiento de la Unión Soviética, Rusia
ha experimentado algunos años de mayor tranquilidad
pero no de menos dificultades ni de tensiones provocadas por
la radical transformación del país. ¿Qué
ha significado todo ello para el país y el pueblo rusos
y en qué medida ha afectado las actividades de la Cruz
Roja y de la Media Luna Roja? |
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Temporada turística en San Petersburgo: Época
de noches blancas en que la luz natural acompaña a
los visitantes hasta medianoche mientras pasean por los espléndidos
bulevares de la Rusia imperial. El Palacio de Invierno, el
Museo del Ermitage, los Jardines de Verano… los turistas
pasan extasiados de una maravilla a otra, ajenos al drama
que se está viviendo a algunos pasos.
Muy pocos advierten la solitaria silueta de los vagabundos
que deambulan por la calle central o a lo largo de los malecones
que bordean el río Neva hasta la desembocadura en el
Golfo de Finlandia.
A Eugeny Ivanov tampoco le interesan. De hecho, él
es uno de esos vagabundos. Sin domicilio desde hace doce meses,
Eugeny recorre las calles juntando papeles y botellas vacías.
Al igual que muchos miles trata de sobrevivir en esta ciudad
símbolo de cultura y de refinamiento, donde cada vez
hay más personas sin hogar, marginados sociales y ancianos
inválidos o sin familia, refugiados sin recursos y
madres solteras empobrecidas, alcohólicos y niños
abandonados.
San Petersburgo no es una excepción. La inestabilidad
política y el caos económico han sumido a muchos
rusos en una situación de extrema precariedad. Hay
más de 6 millones de desempleados; el sistema de salud
está prácticamente en ruinas; la inflación
se ha disparado, arrasando con el poder adquisitivo de los
salarios y dejando a los pensionados en la incapacidad de
subvenir a sus necesidades y la delincuencia ha aumentado
en proporciones aterradoras.
Los pocos servicios sociales que subsisten están sobrecargados
y al borde del colapso, debido a la enorme demanda de asistencia
por parte de desplazados y refugiados. Se prevé que
este año habrá 620.000 desplazados más,
es decir 1.700.000 en total, a raíz del conflicto de
Chechenia y de la afluencia cada vez mayor de rusos que abandonan
las otras ex repúblicas soviéticas que hoy forman
parte de la Federación de Rusia. |
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Crisis de la Cruz Roja
Pocas Sociedades Nacionales han debido asumir desafíos
de la talla de los que se han planteado a la Cruz Roja de
Rusia cada vez que ha tenido que ajustarse a las necesidades
generadas por las transformaciones del país. El desmembramiento
de la URSS en 1992, trajo aparejada la desarticulación
de la Alianza de Sociedades de la Cruz Roja y de la Media
Luna Roja, y la ulterior formación de quince sociedades
Nacionales en otros tantos Estados independientes. Al desaparecer
la estructura estatal con la que la Cruz Roja había
estado tan estrechamente relacionada, cesó la afiliación
de la mayor parte de los 137 millones de miembros que cotizaban
y ya no hubo respaldo institucional ni aportes del sector
industrial.
Nadezhda Sorokina, Presidenta de la Cruz Roja del distrito
Leninsky, de Nizhny Novgorod, ha vivido los acontecimientos
de estos últimos decenios. Recuerda que en una época
todo el mundo compraba los sellos postales a beneficio de
la Cruz Roja; en cada fábrica de la ciudad había
una representación de la Cruz Roja y entre 70 y 8O%
de los trabajadores consideraban que afiliarse era un deber.
Prueba de ello es el registro de una fábrica de piezas
para autos que nos muestra. La fábrica empleaba a unos
12.000 obreros: 78% cotizaban a la Cruz Roja y 1.250 eran
donantes del banco de sangre. En la fábrica había
40 puestos de primeros auxilios atendidos por 180 voluntarios.
Todos los años, se impar-tían cursos de formación
en primeros auxilios y defensa civil a unos 400 trabajadores.
En las fábricas, la Cruz Roja cumplía una función
similar a la que cumplen los sindicatos en Europa occidental
y los dirigentes de las empresas jamás se hubieran
permitido negarle apoyo financiero.
La perestroika acabó con todo eso. De la
noche a la mañana, cesó la generosa ayuda de
los dirigentes de las fábricas, pues éstas fueron
privatizadas y hubo despidos en masa. También se puso
fin a la emisión de sellos, la Cruz Roja perdió
gran cantidad de afiliados y encontrar voluntarios dejó
de ser fácil porque nadie podía darse el lujo
de trabajar gratis. En algunos lugares, la Cruz Roja desapareció.
Sin embargo, el ideal cruzrojista sigue vivo en toda Rusia
y la fuerza y capacidad de regeneración son algo extraordinario,
tal como lo demuestra este comentario del Dr. Oleg Sidorov,
Presidente del Comité Central de la Cruz Roja de Moscú:
“No me pregunte cómo era antes ni lo que hemos
perdido; pregúnteme cómo hacemos frente a la
situación, qué nos proponemos hacer en el futuro
y qué planes tenemos para lograrlo.”
La Federación y el CICR respaldan a la Sociedad Nacional.
La Federación tiene una delegación en Moscú
desde 1991 y ha contribuido a poner en marcha diversos programas
sanitarios y sociales. El deterioro de las condiciones de
salud y la penuria generalizada de medicamentos y suministros
sanitarios básicos fueron la preocupación primordial
del Movimiento. El llama miento de 1993 por un total de 72,6
millones de dólares, tuvo por objetivo inmediato brindar
atención médica a los más vulnerables.
Unos 4,5 millones de rusos recibieron paquetes con suministros
sanitarios especialmente concebidos para la emergencia. En
1995, se emprendió una operación de socorro
de un costo de 5,8 millones de dólares, destinada a
mejorar las condiciones de los hospitales de zonas recónditas
del país.
La Federación también ha secundado los esfuerzos
de desarrollo desplegados por la Sociedad Nacional. En los
comités de distrito de toda Rusia se ha impartido formación
en técnicas de desarrollo de recursos y gestión
financiera, competencias de las que antes se podía
prescindir. Con el concurso profesional de la Sociedad Canadiense
de la Cruz Roja, se lleva a cabo un programa de formación
de instructores en prestación de servicios comunitarios
de primeros auxilios. Además, la Cruz Roja Norteamericana
y la Federación consolidan el programa de enfermeras
a domicilio.
Por su parte, el CICR que también tiene una delegación
en Moscú desde 1992, está presente en todo el
territorio del Cáucaso septentrional, donde con la
ayuda de los comités locales de la Cruz Roja y de la
Media Luna Roja, presta asistencia a las víctimas de
la guerra de Chechenia y a los grupos vulnerables de Ingushetia
y de Osetia del Norte. Mediante el asesoramiento y la financiación
a diversas secciones para que puedan subvenir a necesidades
comunitarias básicas, el CICR se propone ayudar a consolidar
la posición de la Cruz Roja en la región. Al
mismo tiempo, se ocupa de la difusión del Derecho internacional
humanitario y apoya las actividades de búsqueda de
personas en todo el país.
Más allá de la importancia y la urgencia de
la asistencia exterior, el desafío que se plantea cotidianamente
a la Cruz Roja de Rusia reside en que las necesidades no cesan
de aumentar y los recursos se van agotando. Por consiguiente,
se imponen cambios importantes en la estructura, las prioridades
y los métodos, tareas que insumirán cierta cantidad
de tiempo, otra cosa que escasea en la Rusia de hoy. |
Las enfermeras a domicilio
El programa de enfermeras a domicilio no se limita únicamente
a la enfermería. Consiste en algo más que controlar
la tensión arterial o administrar medicamentos y dar
inyecciones.
Las enfermeras escuchan y se interesan por sus pacientes,
los acompañan. Son las amigas y confidentes de los
solitarios ancianos de Rusia.
Todos los días, Vladimir Serov, 60 años, veterano
de guerra inválido y afásico, recibe la visita
de Olga Andreyeva, cuya sola presencia rompe el hielo del
aislamiento en pleno San Petersburgo.
En la ciudad de Borsky, cerca de Nizhny Novgorod, Natasha
Labanova visita a Alexander Sakulin, 87 años, director
de escuela y filósofo, que tuvo un ataque cardíaco
y camina con dificultad. Le ha dicho a Natasha que es la luz
que ilumina su vejez. Hoy, descuelga la guitarra para cantarle
una balada romántica.
“Alexander Alexandrovich” le increpa Natasha
sonriendo. Después que le toma la presión, él
le promete: “Mañana tocaré el acordeón”. |
| La
necesidad aguza el ingenio
“Nos enfrentamos a todos los problemas imaginables”,
asevera Tatiana Linyova, jefa de la Cruz Roja de San Petersburgo.
“La ciudad tiene 5 millones de habitantes: el 25% son
pensionados y 120.000 de ellos necesitan ayuda. Hay 100.000
niños sin hogar y 50.000 refugiados en la indigencia.
¿Se hace una idea? Pues, eso no es todo.”
A Tatiana Linyova le preocupa el desarrollo de recursos y
refiriéndose a esa faceta de su trabajo, comenta: “En
cierta medida, la labor de la Cruz Roja es hoy más
fácil, puesto que en una sociedad libre se pueden tomar
iniciativas. Pero recaudar fondos resulta más difícil
que en los países ricos. Por lo tanto... hay que aguzar
el ingenio.”
Cerca de la Perspectiva Nevski funciona un centro de distribución
de ropa usada, proyecto que cuenta con el respaldo de la Cruz
Roja Sueca y la Federación. Allí van madres
empobrecidas que buscan prendas para sus hijos, o estudiantes
y obreros que subsisten con un salario ínfimo. Al comienzo,
la ropa no se cobraba y a mucha gente le daba vergüenza;
ahora se paga un precio simbólico y a los clientes
se les entrega un recibo de aporte a la Cruz Roja por el monto
en cuestión. El centro obtiene un ingreso de 1.500
dólares mensuales que se destina a comprar alimentos
para los comedores de la Sociedad Nacional.
Del otro lado de la ciudad, en el distrito
de Kalininsky, Larisa Fedorova también ha aguzado el
ingenio. Este distrito cuenta 503.000 habitantes y ha sufrido
las repercusiones de la desaparición de gran parte
de la industria militar soviética. El cierre de muchos
establecimientos industriales ha agudizado el desempleo y
el número de personas sin hogar se ha multiplicado
por 7 en los últimos 5 años.
A las dificultades de la transición se han sumado
el alcoholismo y los delitos contra el patrimonio. Las estafas
inmobiliarias se han ido multiplicando en toda Rusia, a medida
que las viviendas estatales se fueron privatizando y los inquilinos
pasaron a ser propietarios. Profesionales del timo se aprovechan
de la gente más cándida o necesitada - pobres
con poca instrucción, ancianos o alcohólicos
- convenciéndoles de que vendan su casa o apartamento
por sumas irrisorias y prometiéndoles pingües
beneficios u otra vivienda. Por lo general, se trata de un
tugurio y con el dinero que les dan apenas pueden comprar
algunas botellas de vodka para ahogar sus penas.
Presidenta de la Cruz Roja del distrito, Larisa Federova
conoce la miseria de cerca. Todos los días, los comedores
populares que dirige se llenan de desposeídos, Eugeny
Ivanov es uno de ellos. “Necesitamos un hospicio”,
dice Larisa. “Los desamparados vienen, les ofrecemos
comida, escuchamos sus problemas y tratamos de ayudarlos,
pero luego vuelven a la calle”. Larisa presentó
un proyecto a las autoridades, solicitando un edificio para
instalar el hospicio, ofreciendo a cambio servicios comunitarios
básicos a las personas sin hogar. Lo que más
le preocupa son los niños, que representan un 20% de
quienes van a los comedores todos los días.
Las personas sin hogar tampoco tienen derecho a atención
hospitalaria porque para beneficiar del seguro de salud hay
que tener un domicilio fijo. Los hospitales que también
caracen de fondos, se niegan a atenderlos -salvo en casos
de urgencia- pues saben que no podrán pagar las facturas.
La única excepción es el Hospital N° 18
porque allí se atiende a los menesterosos en pabellones
administrados por la Cruz Roja; este acuerdo se concluyó
gracias a la dotación de equipos de segunda mano que
Larisa Federova consiguió gratis en los Países
Bajos.
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Paliar
las carencias
Los refugiados y los ancianos, tampoco benefician de servicios
de salud y hay otros grupos con problemas particulares, como
las víctimas de catástrofes tecnológicas,
cuyas necesidades suelen exceder la capacidad de los frágiles
sistemas de salud.
Oficialmente hay 5.150 refugiados y desplazados en San Petersburgo
pero, según estimaciones de la Cruz Roja, en realidad
son unos 50.000. Se trata de gente como Jalil Chinarghul de
36 años, que vive con su esposa Rajila y sus 5 hijos
en un edificio en ruinas que alguna vez fue una residencia
de estudiantes. Ocupan una mísera habitación
y comparten la cocina con otros inquilinos; pagan 60 dólares
de alquiler, lo que representa la mitad de lo que gana Jalil
en el mercado.
Jalil es afgano. Tras la caída del régimen
comunista en su país, huyó a Rusia. Junto con
otras 300 familias, él y los suyos se instalaron aquí,
con la esperanza de conseguir el estatuto de refugiado y poder
integrarse plenamente. Pero hasta ahora, las autoridades han
concedido dicho estatuto a poquísima gente.
Sin papeles de residencia, los extranjeros como Jalil y su
familia quedan al margen del sistema y fuera del amparo garantizado
por la ley. Su caso es representativo de una exclusión
que no se limita a la pauperización. Los afganos se
quejan del acoso, extorsión e intimidación policial
de que son objeto en los mercados, únicos lugares donde
la mayoría de ellos puede obtener algún ingreso.
Por consiguiente, recurren a la Cruz Roja. A orillas del
Neva, en un edificio de aspecto aristocrático, se encuentra
el centro de refugiados. Allí, la Cruz Roja organiza
encuentros informales entre las autoridades y los refugiados,
ofreciendo un terreno neutral donde analizar los problemas
con objetividad.
La primera vez que la Cruz Roja prestó asistencia
social y médica a los desamparados y los ancianos sin
hogar remonta a la época zarista. A lo largo de este
siglo turbulento, las necesidades fueron aumentando. Millones
de personas perdieron la vida durante la represión
interna de los años 30, y más de 25 millones
murieron en la ofensiva contra la invasión del nazismo
hitleriano. De ahí la enorme cantidad de ancianos solos
y enfermos que no tienen familiares que se ocupen de ellos.
Las autoridades reconocen que la situación es alarmante,
pero no saben qué hacer para remediarla. El sistema
de salud acusa un déficit permanente y los ancianos
por lo general no llegan a obtener la más mínima
ayuda.
Con el propósito de subvenir a estas necesidades acuciantes
en toda Rusia, la Cruz Roja ha creado el Programa de enfermeras
a domicilio que prestan atención sanitaria y social.
Las profesionales no solo se ocupan de la salud de los pacientes
sino también de su higiene, y llegado el caso, de ir
a cobrar la pensión en su nombre y hacerles las compras.
El éxito del programa le ha valido el reconocimiento
del Estado. En lo que a servicios sociales se refiere, los
casos más delicados se dejan a cargo de las enfermeras
de la Cruz Roja, que a veces son financiadas por las autoridades
locales.
La Cruz Roja de Rusia también presta asistencia a
las víctimas de Chernóbil, Cheliabinsk y Semipa-
latinsk. Si la catástrofe de Chernóbil es tristemente
célebre, poco se sabe de Cheliabinsk, en el sur de
los Urales, donde un fábrica secreta de armas nucleares
contaminó un territorio del tamaño de Bélgica,
o de Semipalatinsk, un campo en el que antes se hacían
ensayos nucleares que se encuentra en el actual Kazajstán.
Diez años después de Chernóbil, en el
ámbito del programa respaldado por la Federación,
los laboratorios móviles de la Cruz Roja de Rusia siguen
estando a la vanguardia de las actividades de control de salud.
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El tesón de María Klanova
Lejos de todo, en los montes Altai del sudoeste de Siberia
se encuentra ese territorio de bosques, lagos y ríos
de aguas cristalinas que inmortalizara el gran pintor Grigory
Ivanovich Gurkin.
El sentimiento de paz y solaz que el artista encontró
en estas latitudes a comienzos de siglo contrasta con la
realidad actual. Dos tercios de los 200.000 habitantes de
la República de Altai viven en zonas rurales, donde
la esperanza de vida de los varones es 10 años inferior
al promedio en la Federación de Rusia.
María Klanova, 45 años, puntal de la Sociedad
Nacional se siente abatida y comenta: “Las cosas van
de mal en peor y es muy importante que la Cruz Roja haya
reanudado sus actividades”.
En 1991, las aspiraciones tantas veces postergadas de esta
hermosa y lejana comarca siberiana se vieron coronadas con
la creación de una nueva república en el seno
de la Federación de Rusia. En medio de la complejidad
de los cambios y la crisis, la Cruz Roja dejó de
existir. Lenta pero asiduamente, María Klanova -afiliada
no hace mucho tiempo al Movimiento- se ocupa de devolverle
el lugar que le corresponde.
Ella era funcionaria de información en el Ministerio
de Salud cuando unos ex colaboradores de la Cruz Roja le
pidieron que se encargara de revitalizar la organización.
Por entonces, no tenía teléfono, ni coche
ni dinero y les pidió a unos amigos que le explicaron
cómo organizar una asamblea general. En el curso
de esta última, la eligieron presidenta por unanimidad
y se creó un comité.
Hoy, la menuda María tiene una oficina en el edificio
de los medios de comunicación en Gorno-Altaisk, la
capital de la república. El edificio está
cerca de los estudios de televisión y de la sede
de los dos diarios con más lectores. El jefe de reporteros
de Altadyn Cholmony (Estrella de Altai) es el principal
vocero de las actividades de la Cruz Roja y la prensa habla
bastante de las mismas.
“Sólo disponemos de un despacho pero por lo
menos el comité tiene un lugar donde reunirse y trabajar
como corresponde y aunque siempre estoy atrasada con el
pago del alquiler, la Cruz Roja tiene una dirección
y un teléfono”, cuenta María.
Su única fuente de financiación es un subsidio
estatal que le costó mucho conseguir. Las posibilidades
de que la gente cotice son escasas porque allí no
hay industrias, y la población depende principalmente
de la agricultura en plena recesión.
En Altai la naturaleza está intacta y abundan recursos
de los que se pueden extraer productos a base de hierbas
y fabricar medicamentos de sustitución. Por su estrecha
colaboración con la oficina de desarrollo de la república,
sueña con una industria ecológica que podría
significar una generosa contribución a la Cruz Roja.
Por ahora, tiene que bregar duro para seguir adelante.
Todavía no tiene un vehículo y para ir a las
montañas depende de los demás. Una soleada
tarde de verano, la encontramos de viaje rumbo al corazón
del territorio de Altai. En su mirada vemos que su valor,
determinación y compromiso personal compensan ampliamente
las carencias materiales y la labor que ha hecho hasta ahora,
nos obliga a reconocer que estas cualidades son lo que más
cuenta.
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El conflicto de Chechenia
A las necesidades ya abismantes que tiene Rusia, ha venido
a sumarse la tragedia de la guerra. Ruslan Isayev era profesor
en un instituto técnico cuando estalló el
conflicto en Chechenia; sabía mucho de petróleo
pero nada de asistencia humanitaria. Durante un bombardeo
ruso buscó refugio en un sótano, donde una
doctora que atendía a unos heridos le pidió
ayuda. Se llamaba Madina Elmurzaeva, y dirigía lo
que quedaba de la Cruz Roja en Chechenia.
Mientras los combates se generalizaban en toda la ciudad,
Ruslan recorría las calles a la búsqueda de
heridos, personas aterradas y sin hogar que la Cruz Roja
se esforzaba por ayudar. Alto y fornido, con una barba canosa,
se protegía con una sábana con el emblema
de la cruz roja y pronto se ganó el apodo de “blanco
fácil”. En su búsqueda de sobrevivientes,
Ruslan a menudo sólo encontraba muertos. “Las
calles estaban cubiertas de cadáveres”, cuenta.
“Al no haber ninguna otra organización presente,
tuvimos que ocuparnos de enterrarlos”. En esta operación,
perdió la vida la Dra. Elmurzaeva que a la cabeza
de un equipo, recorría los sótanos de las
casas, atendiendo a los heridos y los enfermos. Pero se
necesitaban más brazos en las calles, y cuando le
quedaba tiempo ayudaba a recoger cadáveres. Al levantar
un cuerpo, la doctora fue destrozada por un mina; en la
explosión murieron otros cuatro voluntarios de la
Cruz Roja.
Hoy, son muchos los muertos no identificados. La Cruz Roja
lleva un registro con las fotogra-fías de los rostros
descompuestos de las per-
sonas enterradas en las fosas comunes, o de los cadáveres
exhumados en el curso de la búsqueda de desaparecidos.
Con gesto adusto la gente examina las fotografías
para ver si encuentra a alguno de sus familiares. No sólo
se trata de saber lo que ocurrió a sus seres queridos
y de poder darles una sepultura adecuada, también
hay que encontrar los cuerpos para que las familias puedan
reclamar las pensiones correspondientes.
Setecientos rostros todavía no han sido identificados.
Además, hay unos 1.400 desaparecidos, casi todos
varones en edad de combatir, que se supone fueron capturados
por el enemigo. Con la asistencia del CICR, y en estrecha
colaboración con las autoridades, la Cruz Roja Chechena
ha asumido el compromiso de dar con su paradero.
La Cruz Roja goza de un gran prestigio en Chechenia, lo
que en gran medida es mérito del CICR cuyos programas
de distribución de socorros, suministro de agua y
atención médica se extienden por toda la república.
Tan solo en Grozny, ha llegado a suministrar 600.000 litros
de agua en un día. Los comedores de Grozny y Gudermes
reciben unas 3.000 personas a diario. Desde que comenzara
la guerra, el CICR se ha propuesto garantizar el suministro
de agua a la población de la capital. El grado de
destrucción de la ciudad es tal que el sistema de
tuberías ha quedado prácticamente destruido,
por lo que también ha tratado de reparar la infraestructura
allí donde era posible, incluso en algunas aldeas
al sur de Grozny, o ha hecho transportar el agua en camiones
cisterna e instalar tanques.
Además de distribuir medicamentos, el CICR secunda
la renovación y funcionamiento de clínicas
y hospitales. El Hospital N° 4 de Grozny es uno de los
establecimientos que recibe apoyo desde que fuera saqueado
y parcialmente destruido en 1995; el servicio de maternidad
es el más ata-reado de Grozny pues atiende a la mitad
de la ciudad y a las aldeas vecinas. El personal del hospital
opina que sin el apoyo del CICR el futuro del servicio sería
incierto.
Sin embargo, no todo es negativo puesto que la crisis llevó
a pensar en el mañana. En la región septentrional
del Cáucaso, el CICR financia y apoya a las secciones
en actividades de interés comunitario, como atención
de enfermería, distribución de comidas a domicilio
y ayuda doméstica en el hogar de quienes no pueden
desplazarse y de los menesterosos en la misma situación.
También se encarga de que las secciones estén
debidamente aprovisionadas en material de socorro, medicamentos
básicos y equipo médico para distribuirlos
según corresponda.
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Las
partes y el todo
Cinco años después de lo que se ha dado en
llamar el derrumbe del comunismo, ¿cómo describir
la situación de Rusia y de la Sociedad Nacional? La
impresión predominante es que tanto una como la otra
se encuentran abandonadas a su propia suerte. En alguna medida
es cierto, porque resulta difícil mantener la afluencia
de grandes volúmenes de asistencia exterior una vez
que superada la crisis, comienza la ardua labor de la transición.
Pero también obedece a causas más profundas.
Las ingentes necesidades y la escasez de recursos suelen obligar
a la población a valerse por sí misma.
Raisa Puris, presidenta y única miembro del comité
de distrito de la Cruz Roja en Ust-Kan, República de
Altai, explica el problema en estos términos: “Es
difícil motivar a la gente a unirse a un movimiento,
cuando su única preocupación es procurarse el
alimento necesario para subsistir”.
No obstante, hay motivos de abrigar esperanzas. En el seno
del Movimiento está apareciendo un nuevo pragmatismo
a nivel de las secciones repartidas desde el Golfo de Finlandia
hasta el Mar de Japón. Sería inexacto sugerir
que en este enorme territorio no queda nadie que se oponga
al cambio pero, de todos modos, un nuevo estilo impregna los
departamentos de salud. Muchas organizaciones de bienestar
social están conquistando una legitimidad social que
les hace merecedoras del apoyo de la comunidad y de los donantes
nacionales y extranjeros.
Aun así, abandonar la economía centralizada
supone recorrer un largo camino, y ahora que el proceso de
transición está firmemente en marcha es claro
que el futuro de Rusia no consiste en adoptar tal o cual sistema
utilizado en otros países. Sería bueno que tanto
los economistas como el Movimiento comprendieran que hacen
falta nuevas ideas que correspondan a una realidad única
y compleja; se trata de encontrar soluciones que resulten
aceptables a este enorme conglomerado de pueblos rico y sorprendente,
y de invertir en un proceso de largo alcance.
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John Sparrow
Periodista independiente, residente en Amsterdam, va seguido
a la Federación de Rusia. |
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