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Por sus propios medios

por John Sparrow

Tras el desmembramiento de la Unión Soviética, Rusia ha experimentado algunos años de mayor tranquilidad pero no de menos dificultades ni de tensiones provocadas por la radical transformación del país. ¿Qué ha significado todo ello para el país y el pueblo rusos y en qué medida ha afectado las actividades de la Cruz Roja y de la Media Luna Roja?

Temporada turística en San Petersburgo: Época de noches blancas en que la luz natural acompaña a los visitantes hasta medianoche mientras pasean por los espléndidos bulevares de la Rusia imperial. El Palacio de Invierno, el Museo del Ermitage, los Jardines de Verano… los turistas pasan extasiados de una maravilla a otra, ajenos al drama que se está viviendo a algunos pasos.

Muy pocos advierten la solitaria silueta de los vagabundos que deambulan por la calle central o a lo largo de los malecones que bordean el río Neva hasta la desembocadura en el Golfo de Finlandia.

A Eugeny Ivanov tampoco le interesan. De hecho, él es uno de esos vagabundos. Sin domicilio desde hace doce meses, Eugeny recorre las calles juntando papeles y botellas vacías. Al igual que muchos miles trata de sobrevivir en esta ciudad símbolo de cultura y de refinamiento, donde cada vez hay más personas sin hogar, marginados sociales y ancianos inválidos o sin familia, refugiados sin recursos y madres solteras empobrecidas, alcohólicos y niños abandonados.

San Petersburgo no es una excepción. La inestabilidad política y el caos económico han sumido a muchos rusos en una situación de extrema precariedad. Hay más de 6 millones de desempleados; el sistema de salud está prácticamente en ruinas; la inflación se ha disparado, arrasando con el poder adquisitivo de los salarios y dejando a los pensionados en la incapacidad de subvenir a sus necesidades y la delincuencia ha aumentado en proporciones aterradoras.

Los pocos servicios sociales que subsisten están sobrecargados y al borde del colapso, debido a la enorme demanda de asistencia por parte de desplazados y refugiados. Se prevé que este año habrá 620.000 desplazados más, es decir 1.700.000 en total, a raíz del conflicto de Chechenia y de la afluencia cada vez mayor de rusos que abandonan las otras ex repúblicas soviéticas que hoy forman parte de la Federación de Rusia.

 

 

Crisis de la Cruz Roja

Pocas Sociedades Nacionales han debido asumir desafíos de la talla de los que se han planteado a la Cruz Roja de Rusia cada vez que ha tenido que ajustarse a las necesidades generadas por las transformaciones del país. El desmembramiento de la URSS en 1992, trajo aparejada la desarticulación de la Alianza de Sociedades de la Cruz Roja y de la Media Luna Roja, y la ulterior formación de quince sociedades Nacionales en otros tantos Estados independientes. Al desaparecer la estructura estatal con la que la Cruz Roja había estado tan estrechamente relacionada, cesó la afiliación de la mayor parte de los 137 millones de miembros que cotizaban y ya no hubo respaldo institucional ni aportes del sector industrial.

Nadezhda Sorokina, Presidenta de la Cruz Roja del distrito Leninsky, de Nizhny Novgorod, ha vivido los acontecimientos de estos últimos decenios. Recuerda que en una época todo el mundo compraba los sellos postales a beneficio de la Cruz Roja; en cada fábrica de la ciudad había una representación de la Cruz Roja y entre 70 y 8O% de los trabajadores consideraban que afiliarse era un deber. Prueba de ello es el registro de una fábrica de piezas para autos que nos muestra. La fábrica empleaba a unos 12.000 obreros: 78% cotizaban a la Cruz Roja y 1.250 eran donantes del banco de sangre. En la fábrica había 40 puestos de primeros auxilios atendidos por 180 voluntarios. Todos los años, se impar-tían cursos de formación en primeros auxilios y defensa civil a unos 400 trabajadores. En las fábricas, la Cruz Roja cumplía una función similar a la que cumplen los sindicatos en Europa occidental y los dirigentes de las empresas jamás se hubieran permitido negarle apoyo financiero.

La perestroika acabó con todo eso. De la noche a la mañana, cesó la generosa ayuda de los dirigentes de las fábricas, pues éstas fueron privatizadas y hubo despidos en masa. También se puso fin a la emisión de sellos, la Cruz Roja perdió gran cantidad de afiliados y encontrar voluntarios dejó de ser fácil porque nadie podía darse el lujo de trabajar gratis. En algunos lugares, la Cruz Roja desapareció.

Sin embargo, el ideal cruzrojista sigue vivo en toda Rusia y la fuerza y capacidad de regeneración son algo extraordinario, tal como lo demuestra este comentario del Dr. Oleg Sidorov, Presidente del Comité Central de la Cruz Roja de Moscú: “No me pregunte cómo era antes ni lo que hemos perdido; pregúnteme cómo hacemos frente a la situación, qué nos proponemos hacer en el futuro y qué planes tenemos para lograrlo.”

La Federación y el CICR respaldan a la Sociedad Nacional. La Federación tiene una delegación en Moscú desde 1991 y ha contribuido a poner en marcha diversos programas sanitarios y sociales. El deterioro de las condiciones de salud y la penuria generalizada de medicamentos y suministros sanitarios básicos fueron la preocupación primordial del Movimiento. El llama miento de 1993 por un total de 72,6 millones de dólares, tuvo por objetivo inmediato brindar atención médica a los más vulnerables. Unos 4,5 millones de rusos recibieron paquetes con suministros sanitarios especialmente concebidos para la emergencia. En 1995, se emprendió una operación de socorro de un costo de 5,8 millones de dólares, destinada a mejorar las condiciones de los hospitales de zonas recónditas del país.

La Federación también ha secundado los esfuerzos de desarrollo desplegados por la Sociedad Nacional. En los comités de distrito de toda Rusia se ha impartido formación en técnicas de desarrollo de recursos y gestión financiera, competencias de las que antes se podía prescindir. Con el concurso profesional de la Sociedad Canadiense de la Cruz Roja, se lleva a cabo un programa de formación de instructores en prestación de servicios comunitarios de primeros auxilios. Además, la Cruz Roja Norteamericana y la Federación consolidan el programa de enfermeras a domicilio.

Por su parte, el CICR que también tiene una delegación en Moscú desde 1992, está presente en todo el territorio del Cáucaso septentrional, donde con la ayuda de los comités locales de la Cruz Roja y de la Media Luna Roja, presta asistencia a las víctimas de la guerra de Chechenia y a los grupos vulnerables de Ingushetia y de Osetia del Norte. Mediante el asesoramiento y la financiación a diversas secciones para que puedan subvenir a necesidades comunitarias básicas, el CICR se propone ayudar a consolidar la posición de la Cruz Roja en la región. Al mismo tiempo, se ocupa de la difusión del Derecho internacional humanitario y apoya las actividades de búsqueda de personas en todo el país.

Más allá de la importancia y la urgencia de la asistencia exterior, el desafío que se plantea cotidianamente a la Cruz Roja de Rusia reside en que las necesidades no cesan de aumentar y los recursos se van agotando. Por consiguiente, se imponen cambios importantes en la estructura, las prioridades y los métodos, tareas que insumirán cierta cantidad de tiempo, otra cosa que escasea en la Rusia de hoy.

Las enfermeras a domicilio

El programa de enfermeras a domicilio no se limita únicamente a la enfermería. Consiste en algo más que controlar la tensión arterial o administrar medicamentos y dar inyecciones.

Las enfermeras escuchan y se interesan por sus pacientes, los acompañan. Son las amigas y confidentes de los solitarios ancianos de Rusia.

Todos los días, Vladimir Serov, 60 años, veterano de guerra inválido y afásico, recibe la visita de Olga Andreyeva, cuya sola presencia rompe el hielo del aislamiento en pleno San Petersburgo.

En la ciudad de Borsky, cerca de Nizhny Novgorod, Natasha Labanova visita a Alexander Sakulin, 87 años, director de escuela y filósofo, que tuvo un ataque cardíaco y camina con dificultad. Le ha dicho a Natasha que es la luz que ilumina su vejez. Hoy, descuelga la guitarra para cantarle una balada romántica.

“Alexander Alexandrovich” le increpa Natasha sonriendo. Después que le toma la presión, él le promete: “Mañana tocaré el acordeón”.

La necesidad aguza el ingenio

“Nos enfrentamos a todos los problemas imaginables”, asevera Tatiana Linyova, jefa de la Cruz Roja de San Petersburgo. “La ciudad tiene 5 millones de habitantes: el 25% son pensionados y 120.000 de ellos necesitan ayuda. Hay 100.000 niños sin hogar y 50.000 refugiados en la indigencia. ¿Se hace una idea? Pues, eso no es todo.”

A Tatiana Linyova le preocupa el desarrollo de recursos y refiriéndose a esa faceta de su trabajo, comenta: “En cierta medida, la labor de la Cruz Roja es hoy más fácil, puesto que en una sociedad libre se pueden tomar iniciativas. Pero recaudar fondos resulta más difícil que en los países ricos. Por lo tanto... hay que aguzar el ingenio.”

Cerca de la Perspectiva Nevski funciona un centro de distribución de ropa usada, proyecto que cuenta con el respaldo de la Cruz Roja Sueca y la Federación. Allí van madres empobrecidas que buscan prendas para sus hijos, o estudiantes y obreros que subsisten con un salario ínfimo. Al comienzo, la ropa no se cobraba y a mucha gente le daba vergüenza; ahora se paga un precio simbólico y a los clientes se les entrega un recibo de aporte a la Cruz Roja por el monto en cuestión. El centro obtiene un ingreso de 1.500 dólares mensuales que se destina a comprar alimentos para los comedores de la Sociedad Nacional.

Del otro lado de la ciudad, en el distrito
de Kalininsky, Larisa Fedorova también ha aguzado el ingenio. Este distrito cuenta 503.000 habitantes y ha sufrido las repercusiones de la desaparición de gran parte de la industria militar soviética. El cierre de muchos establecimientos industriales ha agudizado el desempleo y el número de personas sin hogar se ha multiplicado por 7 en los últimos 5 años.

A las dificultades de la transición se han sumado el alcoholismo y los delitos contra el patrimonio. Las estafas inmobiliarias se han ido multiplicando en toda Rusia, a medida que las viviendas estatales se fueron privatizando y los inquilinos pasaron a ser propietarios. Profesionales del timo se aprovechan de la gente más cándida o necesitada - pobres con poca instrucción, ancianos o alcohólicos - convenciéndoles de que vendan su casa o apartamento por sumas irrisorias y prometiéndoles pingües beneficios u otra vivienda. Por lo general, se trata de un tugurio y con el dinero que les dan apenas pueden comprar algunas botellas de vodka para ahogar sus penas.

Presidenta de la Cruz Roja del distrito, Larisa Federova conoce la miseria de cerca. Todos los días, los comedores populares que dirige se llenan de desposeídos, Eugeny Ivanov es uno de ellos. “Necesitamos un hospicio”, dice Larisa. “Los desamparados vienen, les ofrecemos comida, escuchamos sus problemas y tratamos de ayudarlos, pero luego vuelven a la calle”. Larisa presentó un proyecto a las autoridades, solicitando un edificio para instalar el hospicio, ofreciendo a cambio servicios comunitarios básicos a las personas sin hogar. Lo que más le preocupa son los niños, que representan un 20% de quienes van a los comedores todos los días.

Las personas sin hogar tampoco tienen derecho a atención hospitalaria porque para beneficiar del seguro de salud hay que tener un domicilio fijo. Los hospitales que también caracen de fondos, se niegan a atenderlos -salvo en casos de urgencia- pues saben que no podrán pagar las facturas. La única excepción es el Hospital N° 18 porque allí se atiende a los menesterosos en pabellones administrados por la Cruz Roja; este acuerdo se concluyó gracias a la dotación de equipos de segunda mano que Larisa Federova consiguió gratis en los Países Bajos.

 
 

Paliar las carencias

Los refugiados y los ancianos, tampoco benefician de servicios de salud y hay otros grupos con problemas particulares, como las víctimas de catástrofes tecnológicas, cuyas necesidades suelen exceder la capacidad de los frágiles sistemas de salud.

Oficialmente hay 5.150 refugiados y desplazados en San Petersburgo pero, según estimaciones de la Cruz Roja, en realidad son unos 50.000. Se trata de gente como Jalil Chinarghul de 36 años, que vive con su esposa Rajila y sus 5 hijos en un edificio en ruinas que alguna vez fue una residencia de estudiantes. Ocupan una mísera habitación y comparten la cocina con otros inquilinos; pagan 60 dólares de alquiler, lo que representa la mitad de lo que gana Jalil en el mercado.

Jalil es afgano. Tras la caída del régimen comunista en su país, huyó a Rusia. Junto con otras 300 familias, él y los suyos se instalaron aquí, con la esperanza de conseguir el estatuto de refugiado y poder integrarse plenamente. Pero hasta ahora, las autoridades han concedido dicho estatuto a poquísima gente.

Sin papeles de residencia, los extranjeros como Jalil y su familia quedan al margen del sistema y fuera del amparo garantizado por la ley. Su caso es representativo de una exclusión que no se limita a la pauperización. Los afganos se quejan del acoso, extorsión e intimidación policial de que son objeto en los mercados, únicos lugares donde la mayoría de ellos puede obtener algún ingreso.

Por consiguiente, recurren a la Cruz Roja. A orillas del Neva, en un edificio de aspecto aristocrático, se encuentra el centro de refugiados. Allí, la Cruz Roja organiza encuentros informales entre las autoridades y los refugiados, ofreciendo un terreno neutral donde analizar los problemas con objetividad.

La primera vez que la Cruz Roja prestó asistencia social y médica a los desamparados y los ancianos sin hogar remonta a la época zarista. A lo largo de este siglo turbulento, las necesidades fueron aumentando. Millones de personas perdieron la vida durante la represión interna de los años 30, y más de 25 millones murieron en la ofensiva contra la invasión del nazismo hitleriano. De ahí la enorme cantidad de ancianos solos y enfermos que no tienen familiares que se ocupen de ellos.

Las autoridades reconocen que la situación es alarmante, pero no saben qué hacer para remediarla. El sistema de salud acusa un déficit permanente y los ancianos por lo general no llegan a obtener la más mínima ayuda.

Con el propósito de subvenir a estas necesidades acuciantes en toda Rusia, la Cruz Roja ha creado el Programa de enfermeras a domicilio que prestan atención sanitaria y social. Las profesionales no solo se ocupan de la salud de los pacientes sino también de su higiene, y llegado el caso, de ir a cobrar la pensión en su nombre y hacerles las compras. El éxito del programa le ha valido el reconocimiento del Estado. En lo que a servicios sociales se refiere, los casos más delicados se dejan a cargo de las enfermeras de la Cruz Roja, que a veces son financiadas por las autoridades locales.

La Cruz Roja de Rusia también presta asistencia a las víctimas de Chernóbil, Cheliabinsk y Semipa-
latinsk. Si la catástrofe de Chernóbil es tristemente célebre, poco se sabe de Cheliabinsk, en el sur de los Urales, donde un fábrica secreta de armas nucleares contaminó un territorio del tamaño de Bélgica, o de Semipalatinsk, un campo en el que antes se hacían ensayos nucleares que se encuentra en el actual Kazajstán. Diez años después de Chernóbil, en el ámbito del programa respaldado por la Federación, los laboratorios móviles de la Cruz Roja de Rusia siguen estando a la vanguardia de las actividades de control de salud.

El tesón de María Klanova

Lejos de todo, en los montes Altai del sudoeste de Siberia se encuentra ese territorio de bosques, lagos y ríos de aguas cristalinas que inmortalizara el gran pintor Grigory Ivanovich Gurkin.

El sentimiento de paz y solaz que el artista encontró en estas latitudes a comienzos de siglo contrasta con la realidad actual. Dos tercios de los 200.000 habitantes de la República de Altai viven en zonas rurales, donde la esperanza de vida de los varones es 10 años inferior al promedio en la Federación de Rusia.

María Klanova, 45 años, puntal de la Sociedad Nacional se siente abatida y comenta: “Las cosas van de mal en peor y es muy importante que la Cruz Roja haya reanudado sus actividades”.

En 1991, las aspiraciones tantas veces postergadas de esta hermosa y lejana comarca siberiana se vieron coronadas con la creación de una nueva república en el seno de la Federación de Rusia. En medio de la complejidad de los cambios y la crisis, la Cruz Roja dejó de existir. Lenta pero asiduamente, María Klanova -afiliada no hace mucho tiempo al Movimiento- se ocupa de devolverle el lugar que le corresponde.

Ella era funcionaria de información en el Ministerio de Salud cuando unos ex colaboradores de la Cruz Roja le pidieron que se encargara de revitalizar la organización. Por entonces, no tenía teléfono, ni coche ni dinero y les pidió a unos amigos que le explicaron cómo organizar una asamblea general. En el curso de esta última, la eligieron presidenta por unanimidad y se creó un comité.

Hoy, la menuda María tiene una oficina en el edificio de los medios de comunicación en Gorno-Altaisk, la capital de la república. El edificio está cerca de los estudios de televisión y de la sede de los dos diarios con más lectores. El jefe de reporteros de Altadyn Cholmony (Estrella de Altai) es el principal vocero de las actividades de la Cruz Roja y la prensa habla bastante de las mismas.

“Sólo disponemos de un despacho pero por lo menos el comité tiene un lugar donde reunirse y trabajar como corresponde y aunque siempre estoy atrasada con el pago del alquiler, la Cruz Roja tiene una dirección y un teléfono”, cuenta María.

Su única fuente de financiación es un subsidio estatal que le costó mucho conseguir. Las posibilidades de que la gente cotice son escasas porque allí no hay industrias, y la población depende principalmente de la agricultura en plena recesión.

En Altai la naturaleza está intacta y abundan recursos de los que se pueden extraer productos a base de hierbas y fabricar medicamentos de sustitución. Por su estrecha colaboración con la oficina de desarrollo de la república, sueña con una industria ecológica que podría significar una generosa contribución a la Cruz Roja.

Por ahora, tiene que bregar duro para seguir adelante. Todavía no tiene un vehículo y para ir a las montañas depende de los demás. Una soleada tarde de verano, la encontramos de viaje rumbo al corazón del territorio de Altai. En su mirada vemos que su valor, determinación y compromiso personal compensan ampliamente las carencias materiales y la labor que ha hecho hasta ahora, nos obliga a reconocer que estas cualidades son lo que más cuenta.

El conflicto de Chechenia

A las necesidades ya abismantes que tiene Rusia, ha venido a sumarse la tragedia de la guerra. Ruslan Isayev era profesor en un instituto técnico cuando estalló el conflicto en Chechenia; sabía mucho de petróleo pero nada de asistencia humanitaria. Durante un bombardeo ruso buscó refugio en un sótano, donde una doctora que atendía a unos heridos le pidió ayuda. Se llamaba Madina Elmurzaeva, y dirigía lo que quedaba de la Cruz Roja en Chechenia.

Mientras los combates se generalizaban en toda la ciudad, Ruslan recorría las calles a la búsqueda de heridos, personas aterradas y sin hogar que la Cruz Roja se esforzaba por ayudar. Alto y fornido, con una barba canosa, se protegía con una sábana con el emblema de la cruz roja y pronto se ganó el apodo de “blanco fácil”. En su búsqueda de sobrevivientes, Ruslan a menudo sólo encontraba muertos. “Las calles estaban cubiertas de cadáveres”, cuenta. “Al no haber ninguna otra organización presente, tuvimos que ocuparnos de enterrarlos”. En esta operación, perdió la vida la Dra. Elmurzaeva que a la cabeza de un equipo, recorría los sótanos de las casas, atendiendo a los heridos y los enfermos. Pero se necesitaban más brazos en las calles, y cuando le quedaba tiempo ayudaba a recoger cadáveres. Al levantar un cuerpo, la doctora fue destrozada por un mina; en la explosión murieron otros cuatro voluntarios de la Cruz Roja.

Hoy, son muchos los muertos no identificados. La Cruz Roja lleva un registro con las fotogra-fías de los rostros descompuestos de las per-
sonas enterradas en las fosas comunes, o de los cadáveres exhumados en el curso de la búsqueda de desaparecidos. Con gesto adusto la gente examina las fotografías para ver si encuentra a alguno de sus familiares. No sólo se trata de saber lo que ocurrió a sus seres queridos y de poder darles una sepultura adecuada, también hay que encontrar los cuerpos para que las familias puedan reclamar las pensiones correspondientes.

Setecientos rostros todavía no han sido identificados. Además, hay unos 1.400 desaparecidos, casi todos varones en edad de combatir, que se supone fueron capturados por el enemigo. Con la asistencia del CICR, y en estrecha colaboración con las autoridades, la Cruz Roja Chechena ha asumido el compromiso de dar con su paradero.

La Cruz Roja goza de un gran prestigio en Chechenia, lo que en gran medida es mérito del CICR cuyos programas de distribución de socorros, suministro de agua y atención médica se extienden por toda la república. Tan solo en Grozny, ha llegado a suministrar 600.000 litros de agua en un día. Los comedores de Grozny y Gudermes reciben unas 3.000 personas a diario. Desde que comenzara la guerra, el CICR se ha propuesto garantizar el suministro de agua a la población de la capital. El grado de destrucción de la ciudad es tal que el sistema de tuberías ha quedado prácticamente destruido, por lo que también ha tratado de reparar la infraestructura allí donde era posible, incluso en algunas aldeas al sur de Grozny, o ha hecho transportar el agua en camiones cisterna e instalar tanques.

Además de distribuir medicamentos, el CICR secunda la renovación y funcionamiento de clínicas y hospitales. El Hospital N° 4 de Grozny es uno de los establecimientos que recibe apoyo desde que fuera saqueado y parcialmente destruido en 1995; el servicio de maternidad es el más ata-reado de Grozny pues atiende a la mitad de la ciudad y a las aldeas vecinas. El personal del hospital opina que sin el apoyo del CICR el futuro del servicio sería incierto.

Sin embargo, no todo es negativo puesto que la crisis llevó a pensar en el mañana. En la región septentrional del Cáucaso, el CICR financia y apoya a las secciones en actividades de interés comunitario, como atención de enfermería, distribución de comidas a domicilio y ayuda doméstica en el hogar de quienes no pueden desplazarse y de los menesterosos en la misma situación. También se encarga de que las secciones estén debidamente aprovisionadas en material de socorro, medicamentos básicos y equipo médico para distribuirlos según corresponda.

 

 

Las partes y el todo

Cinco años después de lo que se ha dado en llamar el derrumbe del comunismo, ¿cómo describir la situación de Rusia y de la Sociedad Nacional? La impresión predominante es que tanto una como la otra se encuentran abandonadas a su propia suerte. En alguna medida es cierto, porque resulta difícil mantener la afluencia de grandes volúmenes de asistencia exterior una vez que superada la crisis, comienza la ardua labor de la transición.

Pero también obedece a causas más profundas. Las ingentes necesidades y la escasez de recursos suelen obligar a la población a valerse por sí misma.
Raisa Puris, presidenta y única miembro del comité de distrito de la Cruz Roja en Ust-Kan, República de Altai, explica el problema en estos términos: “Es difícil motivar a la gente a unirse a un movimiento, cuando su única preocupación es procurarse el alimento necesario para subsistir”.

No obstante, hay motivos de abrigar esperanzas. En el seno del Movimiento está apareciendo un nuevo pragmatismo a nivel de las secciones repartidas desde el Golfo de Finlandia hasta el Mar de Japón. Sería inexacto sugerir que en este enorme territorio no queda nadie que se oponga al cambio pero, de todos modos, un nuevo estilo impregna los departamentos de salud. Muchas organizaciones de bienestar social están conquistando una legitimidad social que les hace merecedoras del apoyo de la comunidad y de los donantes nacionales y extranjeros.

Aun así, abandonar la economía centralizada supone recorrer un largo camino, y ahora que el proceso de transición está firmemente en marcha es claro que el futuro de Rusia no consiste en adoptar tal o cual sistema utilizado en otros países. Sería bueno que tanto los economistas como el Movimiento comprendieran que hacen falta nuevas ideas que correspondan a una realidad única y compleja; se trata de encontrar soluciones que resulten aceptables a este enorme conglomerado de pueblos rico y sorprendente, y de invertir en un proceso de largo alcance.

John Sparrow
Periodista independiente, residente en Amsterdam, va seguido a la Federación de Rusia.



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