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Decididamente, madrugar no es para mí. Es muy sencillo:
levantarme con las estrellas va contra mi naturaleza. Una
de las cosas que no podré olvidar de la misión
en Tayikistán es que prácticamente cada día
tuve que arrancarme al sueño a horas increíblemente
tempranas. He partido en misión a África unas
cuantas veces; allí también teníamos
que saltar de la cama antes del alba, pero por lo menos nos
acostábamos a horas prudentes.
En Tayikistán las cosas eran diferentes. Me habían
encomendado conducir un convoy del CICR hasta la localidad
de Khorog, en la parte oriental del país. A vuelo de
pájaro, no se encontraba muy lejos, pero debido a los
combates y a la topografía de la región, teníamos
que dar un inmenso rodeo y atravesar peligrosos pasos de montaña
en un trayecto que nos llevaría a transitar por Uzbekistán
y Kirguistán, levantándonos todos los días
a las 4 de la madrugada, y a veces aún más temprano,
para luego conducir prácticamente todo el día,
a menudo hasta avanzadas horas de la noche.
El primer día partimos de Dushanbe rumbo a Samarcanda:
el convoy se componía de una camioneta todoterreno
y tres camiones con remolque, cargados con suministros médicos,
mantas, colchones y víveres. Pavel, el fotógrafo
que me acompañaba en la misión, y yo nos turnábamos
al volante de la camioneta. Inicialmente nos habían
enviado a recabar información sobre la operación
del CICR en Tayikistán, con el fin de sustentar la
recaudación de fondos, pero, como dijo con gran convicción
Thomas, el jefe de la delegación del CICR en Dushanbe,
para adquirir una experiencia de primera mano no hay nada
mejor que ir al frente de un convoy con ayuda para gente desplazada
por la guerra, a través de las montañas y pasando
por lugares con nombres como Khorog, Khalai Khum o Sagir Dasht.
“A lo sumo, tres días de viaje”, mintió
para no asustarnos. Tardamos más de una semana en llegar
a destinación.
Lo que iba a ser una verdadera carrera de obstáculos
comenzó en la frontera con Uzbekistán, primero
de los seis pasos fronterizos que íbamos a franquear
a pesar de las dificultades, gracias a las grandes cruces
rojas pintadas en los camiones y el paquete de documentos
oficiales que esgrimíamos en cada oportunidad. Con
todo, la primera vez los trámites demoraron cerca de
cuatro horas; signo anunciador de lo que vendría después,
pues a lo largo de la ruta a Khorog, tanto en Uzbekistán
como en Kirguistán o Tayikistán, nos detuvieron
e inspeccionaron varias veces, no sólo en las fronteras
sino en interminables controles de carretera, en cada uno
de los cuales se repetía todo el trámite de
inscripción de cada vehículo y de la carga.
Pensé que la abundancia de controles obedecía
quizás a algún hábil plan de fomento
del empleo.
Recuerdo sobre todo una de las tantas ocasiones en que nos
detuvieron para el consabido control de documentos, en un
sitio alejado de todo. Hacía mucho frío y, mientras
que los soldados se dedicaban a inspeccionar la inusitada
caravana de albos y flamantes vehículos decorados con
cruces rojas, me alejé del camino para satisfacer una
necesidad natural, sin que nadie hiciera ademán de
detenerme. Llegué a una pradera, desde donde pude contemplar
un paisaje de una belleza espectacular: empequeñecidos
por la vastedad que nos rodeaba, se extendían en todas
las direcciones los picos coronados de nieve. Casi todos superaban
los 6.000 metros de altura, pero no parecían tan altos
desde la meseta que atravesaba la carretera, a más
de 4.000 metros sobre el nivel del mar. En pleno verano, la
temperatura era glacial y sólo se oía el rumor
del viento.
A medida que avanzábamos, las 18 horas de carretera
de cada jornada iban haciendo mella en nuestra resistencia.
En unos cuantos días habíamos pasado de una
temperatura abrasadora de 43 grados en Dushanbe al frío
y la nieve de las montañas a lo largo de la frontera
con China, a más de 4.500 metros de altura. Subiendo
y bajando incesantemente, franqueando un paso tras otro, cruzando
jinetes en las mesetas donde aquí y allá se
veían las yurtas de los nómades, las incontables
curvas, cuestas y pendientes no nos daban tregua mientras
dormitábamos, a pesar de las constantes sacudidas provocadas
por los baches del camino.
¡Frena!, le grité de pronto a Pavel. Delante
nuestro, la carretera había de-saparecido de improviso
en una enorme cavidad de unos cinco metros de ancho y dos
metros de profundidad, más que suficiente para engullir
nuestra camioneta. Apenas tuvimos tiempo para advertir por
radio a los demás vehículos, que se apartaron
de la carretera para evitar el obstáculo. Más
tarde, vimos un cartel que señalaba la presencia de
baches en la ruta y que en este caso eran prácticamente
invisibles.
Tras una escala en la oficina del CICR en Khorog, seguimos
viaje hacia Khalai Khum y Sagir Dasht, cerca de la línea
del frente en Tayikistán central. Camino a Khalai Khum,
circulamos cerca de la frontera afgana por una carretera que
bordea por precipicios aterradores el río que separa
a Tayikistán de su vecino. Me dieron escalofríos
al pensar cómo sería transitar por allí
en pleno invierno. Uno de los conductores me contó
muerto de risa que un colega había permanecido atascado
durante días por la ventisca antes de que vinieran
a socorrerlo. Obviamente, nuestro convoy no era ni el primero
ni el último que recorrería estos desolados
caminos; pensé en las dificultades y los peligros que
acompañan cada misión de asistencia humanitaria
y sentí crecer mi admiración por quienes dedican
su vida a prestar estos servicios.
De vez en cuando veíamos letreros que indicaban la
distancia hasta Dushanbe y nos recordaban lo ridículamente
cerca que nos encontrábamos de nuestro punto de partida,
a unos 200 kilómetros pero habíamos recorrido
2.000, describiendo un círculo casi completo.
Cuando llegamos a Khalai Khum y Sagir Dasht, vi lo que justificaba
con creces las dificultades del viaje. En escuelas y casas
particulares se agrupaban las familias cuyas vidas habían
sido desbaratadas por el conflicto. Muchos lo habían
perdido todo. Nuestra llegada les permitiría tener
un colchón para dormir, algunos víveres más
para alimentarse y medicamentos básicos que tal vez
salvaran vidas. Entonces, las tribulaciones del trayecto me
parecieron anodinas.
En el camino de regreso a Dushanbe, al parar en el enésimo
puesto de control, reconocí la pradera donde me había
sentido tan pequeño ante el esplendor de la naturaleza.
Sólo que esta vez advertí algo que se me había
escapado entonces, un pequeño letrero casi invisible
cerca del borde de la carretera. La lectura de los caracteres
cirílicos me dejó helado: “Campo minado”.
Cuando partí de Tayikistán, me dije ¡que
pena que lugares tan hermosos del mundo sean destruidos por
la guerra! Pensé en la increíble fuerza de la
naturaleza y en cómo el hombre, con sus máquinas
de guerra y sus minas terrestres, llega a destruirla. Pensé
en que la suerte me había acompañado en aquel
campo minado, y en lo deliciosa que iba a ser mi primera noche
de sueño reparador después de mucho tiempo.
Pero sobre todo pensé en el pueblo de Tayikistán,
en su prolongado infortunio y en que también allí
se debería tener derecho a dormir en paz por las noches.
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