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Sin escapatoria
por Dexter Cruez |
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de miles de ciudadanos de Sri Lanka han buscado refugio en
otros países pero medio millón de desplazados
no disponen de ningún medio para escapar de la crueldad
del conflicto civil. |
| Muchos
niños de Sri Lanka nunca han conocido la paz. El cruento
conflicto que ha desgarrado al país en los últimos
14 años, ha cobrado miles de vidas, forzado a mi-llares
de personas a abandonar su hogar afectando en mayor o menor
grado a millones.
A pesar de que el año pasado el go-bierno
tomó el control de la norteña ciudad de Jaffna
y de que una normalidad aparente va ganando poco a poco la
península, la crisis dista de haberse terminado. Se
ha obligado a los combatientes del LTTE (Tigres Tamules) ha
replegarse, principalmente hacia el sur, en la enmarañada
jungla de Vanni, y los combates continúan. Si bien
para la prensa este es un "conflicto olvidado",
incumbe de lleno al CICR. De hecho, la operación que
la Institución lleva adelante en Sri Lanka es la segunda
de mayor envergadura en Asia.
Una de las preocupaciones principales del CICR
es la situación dramática de cientos de miles
de desplazados. Huir de los combates, dentro de un territorio
en guerra entraña complicaciones que no se plantean
forzosamente a los refugiados que abandonan el país,
ya que al no estar en territorio neutral no se escapa verdaderamente
al conflicto. Un adolescente y un comerciante confiaron su
experiencia a Cruz Roja, Media Luna Roja. |
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Las peripecias del desplazamiento
En Sri Lanka más de medio millón de personas
se vieron obligadas a abandonar su hogar. Para muchas, el
desplazamiento ha sido largo y difícil debido a la
precariedad de las comunicaciones y a los múltiples
obstáculos burocráticos.
Pedaleando una vieja y oxidada bicicleta al lado del taxi
de tres ruedas en el que viajaban su madre y su abuelo,
Saravanan de 18 años, se unió a las decenas
de miles de civiles que abandonaron su hogar en noviembre
de 1995, ante la ofensiva de las tropas gubernamentales
para apoderarse de la ciudad de Jaffna. Luego de recorrer
20 kilómetros, los tres encontraron refugio en casa
de amigos, antes de tomar un barco que les llevaría
de la península al continente.
El viaje hacia la seguridad prosi-guió en dirección
de la norteña ciudad de Kilinochchi, donde se alojaron
en una casa ya ocupada por otras siete familias de desplazados.
Su madre y su abuelo pasaron luego al territorio bajo control
gubernamental para dirigirse a Colombo, la capital, donde
vive el padre de Saravanan. El muchacho no pudo acompañarlos
y cuando los mi-litares se lanzaron a la captura de Kilinochchi,
en julio de 1996, Saravanan buscó refugio en una
iglesia llena de gente. Fue un breve respiro ya que una
semana más tarde abandonó su fiel y desvencijada
bicicleta y junto con unos parientes alquiló un furgón
para viajar hasta la ciudad de Mullaittivu, en el nordeste
de la isla, localidad donde el LTTE había tomado
una gran base militar. Allí se alojó con sus
parientes en una casa abandonada.
Le llevó un mes conseguir la auto-rización
del LTTE para viajar a Colombo. Debido al reducido número
de personas a las que se permitía cruzar esta línea,
en repetidas ocasiones los soldados le impidieron pasar.
En una ocasión en que esperaba para saber si podía
cruzar la línea de demarcación, el ejército
comenzó a disparar obuses para impedir la infiltración
de comba-tientes del LTTE. "Fue aterrador, las mujeres
y los niños gritaban", recuerda Saravanan.
El 22 de octubre, cuando el gobierno suprimió las
restricciones de la circulación de civiles procedentes
de las regiones controladas por el LTTE, Saravanan estaba
entre los cientos de desplazados que llegaron a la ciudad
de Vavuniya, donde se les acogió en escuelas convertidas
en improvisados campamentos de tránsito. Los 40 días
que estuvo allí le parecieron una eternidad. El cuadragésimo
primer día le permitieron marcharse a la capital.
El muchacho pasó más de un año buscando
una salida, pero no se queja: "Tengo suerte porque
mi padre es doctor y ha estado viviendo en Colombo desde
hace tiempo. Mucha otra gente que quiere escapar de la guerra
sigue aún en los campamentos."
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Un aprobado para la neutralidad
En Jaffna, la vida sigue su curso a pesar del conflicto.
La gente se desenvuelve lo mejor que puede. Pero tras años
de aislamiento respecto al gobierno de Sri Lanka, cabe suponer
que habrá una generación sin calificaciones
y con poquísimas perspectivas de futuro. Sin embargo,
no es así. Gracias a la intervención neutral
del CICR, los niños de las zonas en manos de la oposición
han podido rendir exámenes al igual que sus condiscípulos
del resto del país. Durante los períodos de
exámenes, colaboradores del CICR acompañan
a los funcionarios del Ministerio de Educación encargados
de distribuir las pruebas. Una vez terminadas, las copias
con las respuestas se llevan a la ciudad de Jaffna y de
allí se transportan por avión militar a Colombo,
donde serán corregidas. También se rindieron
exámenes de ingreso a la universidad y 1.500 escritos
fueron transportadaos en el barco del CICR desde Jaffna
a Trincomalee. En un país en guerra, la neutralidad
puede ser útil.
Christophe Martin
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La espera
Jeyakumar se encuentra precisamente en esa situación.
Sentado en una de las escuelas de Vavuniya convertida hoy
en un atestado campamento de desplazados, trata de calmar
el llanto de su hijita de ocho meses. Jeyakumar tiene un
solo objetivo: que su esposa Irene y su hija Juddeke Elka
puedan reunirse con la madre y la hermana de él,
que están en otro campamento de las cercanías.
Hace un mes, llevando consigo sólo un bulto de ropa,
este comerciante tamul de 33 años y su familia se
unieron a una verdadera marea humana que atravesó
por un estrecho pasaje la tie-rra de nadie que les separaba
de la zona controlada por el gobierno. "Pensé
que mis problemas habían terminado", dice Jeyakumar.
Sin embargo, hoy su futuro le parece incierto, porque como
tantos otros está obligado a quedarse en el campamento
hasta que las autoridades le otorguen la autorización
para pro-seguir el viaje.
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¿Qué les depara el mañana?
En Jaffna cunde la tristeza, la gente está agobiada
por el recuerdo de lo que le tocó padecer durante
la ofensiva gubernamental. En aquel momento, miles de personas
caminaron bajo las lluvias del monzón para poder
llegar a los lúgubres campamentos provisorios del
nordeste de la península. Otros miles, desafiando
las balaceras, emprendieron la peligrosa travesía
de la laguna de Jaffna para llegar al continente, donde
encontraron refugio en escuelas, templos e iglesias. Las
condiciones de vida eran tan duras que tan pronto como amainaron
los combates y las fuerzas armadas recuperaron Jaffna, cientos
de miles de tamules volvieron inmediatamente a su hogar.
Ahora, al tiempo que comienzan a retomar el hilo de sus
vidas, constatan que la crueldad de la guerra subsiste y
que, paradójicamente, se desplaza de un punto al
otro del país como lo hicieron ellos. Entretanto,
el conflicto se eterniza y actualmente afecta a las familias
del sur.
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Dexter Cruez
Periodista y fotógrafo independiente,
oriundo de Sri Lanka. |
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