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No cejar en el empeño

por Philip C. Winslow

La cuestión de las minas terrestres suscita reacciones muy emotivas. La campaña internacional para que sean prohibidas sigue ganando terreno pero aún quedan algunos focos de firme resistencia.

La primera vez que vi una víctima de una mina fue en Irán, en 1988. La segunda fue en Croacia, en 1993, siempre en el marco de mi profesión de reportero. Por ese entonces, las personas con muletas o en silla de ruedas me parecían sólo otras víctimas de la guerra y un tema más que tal vez mencionaría en un artículo sobre el contexto general de los conflictos y las cuestiones políticas regionales.

Comencé a conocer de veras a estas víctimas a fines de 1993 en un recorrido por pueblos y ciudades de Angola. Las había por todas partes, en las calles o en los tristes pabellones de los hospitales. Al parecer, la mayoría eran civiles, muchas mujeres y un gran número de niños.

Poco a poco, en mis crónicas fue apareciendo un denominador común: todos eran víctimas de un arma que no respetaba la condición de civil ni el cese de un conflicto armado.

 

 

El movimiento mundial

Por cierto, no había sido yo el primero en notarlo. Las organizaciones humanitarias, los organismos que se ocupan de refugiados, los cirujanos de guerra del CICR y las ONG ya lo habían denunciado públicamente. Sus preocupaciones habían concurrido, generando un movimiento mundial que tenía por objetivo eliminar un arma de empleo corriente, que había sido usada y temida durante cerca de 130 años. En 1992, seis de las agrupaciones más importantes se constituyeron en la Campaña Internacional para la Prohibición de las Minas Terrestres (CIPMT). Paralela-mente, el Movimiento emprendió una campaña de sensibilización pública que contó con el respaldo de su excepcional red de Sociedades Nacionales.

Rae McGrath, ex soldado del ejército británico, quedó muy impresionado por los efectos de las minas terrestres, que vio con sus propios ojos cuando fue a Afganistán en 1987 para tratar de iniciar algunos proyectos agrícolas y de reconstrucción.

“En unas colinas encontramos los restos de un joven pastor. Era sólo un chico, y la explosión le había arrancado un pie... Como no podía caminar, se quedó allí desangrándose hasta morir, lo que probablemente ocurrió algunas horas después. Comprendí claramente que se trataba de un arma diferente. Había millones de estos artefactos diseminados al azar por extensas zonas. No podíamos hacer nada sin considerar la posibilidad de que hubiera minas en los campo... En la práctica, seguían librando una guerra que supuestamente había terminado”, cuenta McGrath, que fundó el Grupo Asesor sobre Minas Terrestres, asociación sin fines de lucro de deminadores británicos que colaboró en la coordinación de las actividades de la CIPMT.

McGrath explica que el motor de la campaña fue una unidad de propósitos entre todos los grupos que la respaldaban: “No nos animaba ningún postulado ideológico de oposición a las armas y no teníamos desacuerdo alguno respecto a nuestro objetivo... Nuestras experiencias conjuntas en el terreno nos habían revelado claramente el problema y la solución”.

Con el fin de la guerra fría desapareció el manto que ocultaba los terribles estragos provocados por las minas. A medida que se iba poniendo término a los conflictos que las superpotencias habían alimentado en Asia, África y América Central, los civiles comenzaban a regresar a sus hogares y se multiplicaban los accidentes.

“Los argumentos son muy claros, caben en una hoja de papel, y para sustentarlos, ahí está la triste y horrible realidad de las imágenes. En cierto modo, ese era el material que necesitábamos para abogar por la erradicación de estas armas”, explica McGrath.

Una cuestión de utilidad

Pese a que la campaña ha recibido un gran apoyo en muchos países, sigue tropezando con la reticencia de los gobiernos que, influenciados por los militares, consideran un peligro la remoción de cualquier arma del arsenal, y se niegan a apoyar la prohibición total.

Efectivos de las fuerzas armadas, especialistas en táctica, insisten en que las minas antipersonal son útiles por su “fuerza multiplicadora” y su capacidad defensiva.

Sin embargo, otros expertos no opinan lo mismo y han aparecido algunas brechas en la doctrina militar. En 1996, expertos militares de 19 países respaldaron un estudio independiente encargado por el CICR, entre cuyas conclusiones se afirmaba que “las aterradoras consecuencias humanitarias del empleo de minas AP supera con creces su limitada ventaja militar”.

Tiempo después, un grupo de 15 oficiales jubilados que habían formado parte del estado mayor de los EE.UU., pidieron públicamente al presidente Clinton que apoyase una prohibición total, señalando que se trataba de una decisión responsable tanto desde el punto de vista humano como militar.

“Dada la gran variedad de armamentos de que disponen hoy día las fuerzas militares, las minas terrestres antipersonal no son esenciales”, declararon los citados oficiales en un aviso de un página entera, publicado en el diario The New York Times.

Ya en 1862, cuando las minas terrestres se utilizaron abundantemente en la guerra de secesión de los EE.UU., los soldados se mostraron horrorizados por los efectos de un arma que una vez enterrada podía golpear a cualquiera, amigo o enemigo, militar o civil. Soldados que combatieron en Corea señalaron que habían sufrido bajas cuando se arrastraban entre sus propios campos minados. En 1993, el General Alfred Gray Jr., ex oficial del cuerpo de marina de los EE.UU., resumió su opinión en estos términos: “Nuestras minas provocan más bajas entre nuestras propias fuerzas que entre las del enemigo... ¿Qué utilidad puede tener diseminar estos artefactos desde aeronaves si uno mismo u otros camaradas tendrán que pasar por allí la semana o el mes siguiente? No tengo conocimiento de que durante la guerra de Corea, en los cinco años que serví en el sudeste asiático, en Panamá, o durante las operaciones Escudo del Desierto y Tormenta del Desierto se haya registrado alguna situación bélica en la que el uso de nuestras minas hubiese canalizado realmente a las fuerzas enemigas, exponiéndolas a su destrucción...”

En muchos países, el debate sobre la utilidad militar de esta arma dista de haber terminado, y es evidente que habrá que librar duras batallas, primero por lograr que se firme el tratado de prohibición y luego, para que se aplique. Rae McGrath insiste en la necesidad de proseguir la campaña y no bajar la guardia.

“¿Cómo se puede decir que la campaña ha tenido éxito, cuando comprobamos que un martes de abril hubo el mismo número de víctimas heridas o muertas por explosiones de minas que el año anterior o cinco años antes?”, concluye.

 

Philip C. Winslow
Periodista y autor del libro Sowing the Dragon’s Teeth: Land Mines and the Global Legacy of War que se publicará en breve.



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