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En medio del tiroteo
por Michel Minnig |
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un grupo de guerrilleros aprovechó una fiesta para
tomar por asalto y ocupar la residencia del embajador de Japón
en Lima, Michel Minning, jefe de la delegación del
CICR en Perú, se encontraba allí. Durante las
semanas que duró la audaz operación, fue la
figura central de las gestiones humanitarias en favor de los
rehenes. |
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Al presentarme a la recepción que el 17 de diciembre
de 1996 ofrecía el embajador para festejar el cumpleaños
del Emperador de Japón, no hubiera podido imaginar
lo que nos esperaba. Estoy seguro de que a ninguno de los
otros 600 invitados-dignatarios gubernamentales, militares
y diplomáticos- les pasó por la mente que la
fiesta pudiera convertirse en pesadilla.
Estábamos en los jardines, disfrutando plenamente
de la recepción y a eso de las 20.30 hubo una violenta
explosión. Antes de que pudiéramos recuperar
nuestra compostura, un grupoarmado irrumpió disparando
a diestra y siniestra y nos ordenó tirarnos al suelo.
Se trataba de un comando del Movimiento Revolucionario Tupac
Amaru (MRTA), que tras abrir con explosivos una brecha en
el muro exterior tomó en pocos minutos el control de
la residencia del embajador. Después de la sorpresa
inicial, los servicios de seguridad reaccionaron y se desencadenó
un graneado tiroteo mientras yacíamos impotentes. Luego,
los guerrilleros nos obligaron a entrar en la casa inundada
de gases lacri-mógenos y el pánico cundió
entre los rehenes.
Temiendo un baño de sangre, decidí intervenir.
Me levanté y me presenté a un miembro del comando.
El MRTA conoce bien la labor del CICR, especialmente por las
visitas a los detenidos de seguridad, lo que nos permitió
entrar en materia de inmediato. En seguida tomé contacto
con las fuerzas de seguridad que se encontraban fuera de la
residencia y logré que aceptaran un alto el fuego.
Pedí entonces la autorización del MRTA para
evacuar inmediatamente a los enfermos, los ancianos y las
mujeres. Esa noche se permitió salir a unas 250 personas.
Para el CICR fue el comienzo de una operación que duraría
126 días y en la cual participaron 20 delegados. La
Cruz Roja Japonesa colaboró, ocupándose de los
rehenes que eran sus conciudadanos. |
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Malentendidos, críticas y acusaciones
Por muy espectacular que haya parecido, en realidad para
el CICR se trataba de una intervención clásica
en medio de una emergencia también clásica,
es decir, servir de intermediario neutral en una situación
de violencia interna, prestando protección y asistencia
a las víctimas y facilitando el diálogo entre
las partes. Que la operación se haya convertido en
un acontecimiento extraordinario obedeció a que por
cuestiones de tiempo y espacio parecía una representación
teatral, transmitida en directo por los medios de comunicación
a todo el planeta. Tal vez por este motivo, la intervención
del CICR se sometió a un examen tan minucioso. Lo primero
que se cuestionó fue
la neutralidad. Muchos peruanos recono cieron la validez de
este principio pero en algunos círculos políticos
se opinó que en la lucha “entre el bien y el
mal” -según sus términos-, o más
bien entre el poder del Estado y el te-rrorismo, no cabía
ser neutral. El clima de desconfianza llegó a un punto
álgido pocos días antes de que terminara la
crisis, porque las autoridades expulsaron del país
al jefe adjunto de la delegación.
Entretanto, la campaña malintencionada, e incluso
calumniosa, emprendida por un periódico contribuyó
a propagar y cultivar la desconfianza contra el CICR. Otros
medios de comunicación tomaron la defensa de la Institución,
lo que desencadenó un reñido debate nacional.
Los delegados también tuvieron dificultades con las
autoridades y las fuerzas de seguridad peruanas cuando trataban
de establecer “un espacio humanitario”.
Una crítica que se planteó al terminar la crisis
fue que el CICR había sido manipulado. Según
algunas declaraciones públicas, había permitido
introducir en la residencia aparatos de escucha disimulados
en cajas de sumi-nistros, que supuestamente se utilizaron
para planificar el asalto final. La respuesta de la Institución
fue que todo lo que entró o salió del edificio
fue controlado tres veces, en primer lugar por los propios
delegados, luego por las fuerzas de seguridad y finalmente
por el MRTA. Que la crisis no se haya podido resolver pacíficamente
a nivel político, no desmerece en nada la labor realizada
en el frente humanitario, es decir, la rápida liberación
de la mayoría de los rehenes y los esfuerzos por aliviar
la angustia de quienes permanecieron cautivos.
Más grave fue que algunos sectores afirmaran que el
CICR, en virtud de sus relaciones con la Comisión internacional
de garantes (formada por la Santa Sede, Canadá y Japón)
había abusado de la buena fe del MRTA; presuntamente,
haciendo creer a los gue-rrilleros que era posible negociar
una salida pacífica, cuando el gobierno había
decidido desde un comienzo resolver la crisis por la fuerza
militar. En realidad, el CICR no sobrepasó en momento
alguno su función y aunque aclaró constantemente
el papel que desempeñaba fue imposible disipar el malentendido. |
El deber cotidiano
A pesar de las peculiaridades de la operación del
CICR durante la toma de rehenes de Lima, las actividades habituales
siguieron su curso.
Protección: Desde el comienzo de la crisis y hasta
el 26 de enero, el CICR obtuvo la liberación de 549
rehenes y defendió vigorosamente el derecho a la integridad
física y moral de los 72 rehenes que permanecieron
cautivos. La Institución advirtió repetidamente
que la toma de rehenes constituye una violación del
derecho internacional humanitario (artículo 3 común
a los cuatro Convenios de Ginebra), y recordó constantemente
al MRTA las disposiciones de los instrumentos pertinentes.
Asistencia material: El CICR se ocupó
de satisfacer las necesidades básicas de los rehenes,
distribuyendo comida y bebida varias veces por día,
artículos de aseo personal, así como juegos
y material de lectura para que la situación fuera más
llevadera. También suministró agua potable (que
se almacenó en cisternas mediante un sistema de mangueras)
sanitarios químicos y velas, y procuró un servicio
de lavandería.
Contacto con familiares: El sistema de mensajes
de Cruz Roja fue tal vez la motivación y el estímulo
más grande que tuvieron los rehenes para no desanimarse;
9.000 de estos mensajes les permitieron comunicarse con sus
familiares.
Actividades sanitarias: Un equipo médico
del CICR, con el apoyo de la Cruz Roja Japonesa, hizo visitas
cotidianas para controlar la salud de los rehenes. A comienzos
de la crisis, el MRTA se negó a aceptar que otros médicos
examinaran a los rehenes pero luego, el CICR trabajó
en colaboración con un equipo de médicos peruanos,
casi todos ellos ex rehenes.
Intermediario neutral: Menos atención
que las demás actividades recibió la actuación
del CICR en calidad de intermediario neutral. Fue el primer
intermediario que estableció vías de comunicación
entre las partes; luego, puso a disposición de las
partes y de la comisión internacional de garantes un
lugar de reunión y medios logísticos.
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El desenlace
El 22 de abril, al cabo de la décima serie de conversaciones
estériles, el gobierno peruano optó por poner
fin a la crisis dando el asalto a la residencia. Diecisiete
personas resultaronmuertas: un rehén, dos soldados
y los 14 miembros del comando del MRTA. Setenta y un rehenes
dejaron la residencia sanos y salvos.
La operación del CICR fue sin duda una experiencia
muy intensa para todos nosotros. Sin embargo, no creo que
haya sido totalmente distinta a las demás misiones
humanitarias en las cuales he participado en los últimos
diez años en el Líbano, Ruanda, Bosnia y otros
países. Como ocurre en todas las operaciones del CICR,
estaba en juego la vida y las necesidades básicas de
las personas afectadas. La singularidad de la crisis de Lima
radicó en haber mostrado el quehacer cotidiano del
CICR, el bien que se puede hacer, las dificultades que se
pueden encontrar y, a la vez, los malentendidos que puede
suscitar. |
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Michel Minnig
Jefe de la delegación del CICR en el Perú durante
la crisis de la embajada de Japón. |
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