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No sólo de pan vive el hombre

por Emma Daly

En 1995, las imágenes del éxodo de los serbios de Krajina recorrieron el mundo; huyendo de la ofensiva croata, formaban filas interminables de tractores y remolques cargados al máximo. Hoy se sabe muy poco de su difícil situación y ninguna de las partes demuestra gran interés por aliviarla. Ahora bien, para asegurar la paz en la región es indispensable encontrar una solución a largo plazo.

No solo de pan vive el hombre, dice el refrán. La familia Cotra, refugiada de Benkovac, Croacia, cerca de la costa del Adriático, es la demostración patética de lo contrario. Abuelos, padres y seis hijos subsisten con cuatro hogazas de dos kilos que Marija, la madre, cuece cada día. Una escuálida cabra, Blanquita, suministra la leche para Mladenka de seis años y Grozda de cinco, que es la menor. En una pequeña huerta, Zarko, el padre, cultiva unas pocas legumbres y verduras.

La madre de Zarko, se presenta: “Soy Stana, la pobre Stana”, dice, mientras su marido, ciego y sordo, permanece sentado en el patio polvoriento. La familia vive en una pobre casita de dos habitaciones, sin agua potable, en una aldea a unos 100 km al este de Belgrado.

 

 

La caridad se agota

En los dos años transcurridos desde la huida de cerca de 250.000 personas de Krajina, que duplicó el número de refugiados serbios, la simpatía y solidaridad de los yugoslavos se ha ido agotando al igual que los recursos disponibles. Cierto es que ha desaparecido el verdadero “muro interior” que constituían las sanciones internacionales, pero la obsoleta economía comunista está a punto de derrumbarse y la ayuda internacional para el desarrollo que el país necesita sigue brillando por su ausencia.

El número de asistidos por la Cruz Roja Yugoslava no ha dejado de aumentar, al tiempo que disminuye el monto de las donaciones. Después de todo, los Acuerdos de Dayton de noviembre de 1995 pusieron fin a la guerra en Bosnia, y la buena voluntad de los donantes, tanto en el país como en el extranjero, tiene sus límites.

“Simplemente, los donantes dejaron de interesarse”, dice Maurice O’Neill, de la Federación Internacional. Además, el costo de la asistencia a ex Yugoslavia es muy elevado.

Muchos gobiernos y ONG occidentales han concentrado su ayuda en Bosnia y Herzegovina donde la guerra hizo más estragos. Yugoslavia ha sido considerada más bien un villano que una víctima del conflicto de 1991-1995. Por lo tanto, los refugiados que la guerra ha empujado hacia el Este han caído en el olvido. Miles de familias de la República Federal de Yugoslavia cedieron de buena gana una parte de sus casas a parientes y otras personas sin recursos que huían de Bosnia y Croacia. Pero la mayoría pensaba que esa ayuda sería necesaria durante algunas semanas o quizás meses y no imaginaba que en algunos casos duraría más de cinco años.

“Estamos muy agradecidos”, dice Marija. “Las autoridades y los vecinos nos han dado toda la ayuda a su alcance”, añade Zarko, “pero sabíamos que su asistencia no iba a durar mucho tiempo. No sabemos cómo vamos a sobrevivir en el futuro”.

La carga emocional que conllevan la cohabitación en un espacio reducido y las dificultades inherentes a la subsistencia en medio de una crisis económica han multiplicado las tensiones entre los refugiados y las familias de acogida. La Cruz Roja Yugoslava presta asistencia a 250.000 refugiados pero ya casi no quedan fondos para costear los comedores populares que alimentan a 30.000 menesterosos cada día. Los jóvenes menores de 19 años y las personas mayores de 64 reciben alguna ayuda alimentaria. A una familia de cuatro personas, se le entrega cada mes un kilo de azúcar, un litro de aceite, un kilo de frijoles, una o dos latas de pescado o carne y artículos de aseo.

Según un censo del ACNUR, en 1996 había 566.275 refugiados registrados y 79.791 afectados por la guerra que tenían derecho a la nacionalidad yugoslava. Casi una cuarta parte de los registrados por el ACNUR no beneficiaban del estatuto de refugiado; tal es la situación de la familia Cotra, pues Zarko no ha podido conseguir el certificado de nacimiento exigido por las autoridades. Zarko se ha visto obligado a trabajar ilegalmente de portero en un jardín infantil por 400 dinares al mes, cuando el gobierno ha estipulado que una familia de cuatro personas necesita un mínimo de 2.200 dinares al mes para satisfacer sus necesidades básicas.

Según los resultados del censo, 20% de los refugiados son inquilinos y 54,2% son alojados por parientes. Sólo 12% se han instalado en centros colectivos, sobre todo porque no tienen otra alternativa y por lo menos allí reciben tres comidas diarias.

Sin retorno

Los Cotra, como la mayoría de los refugiados yugoslavos, se sienten avergonzados de su situación de dependencia. Pero mientras no logre superar las barreras burocráticas y obtener que se les otorgue el estatuto de refugiado, Zarko no conseguirá un empleo decente, o, lo que es su sueño, la ciudadanía yugoslava. Sólo 9% de los refugiados yugoslavos desean regresar a sus hogares.

Los padres de Zarko y los de Marija cometieron el error de no partir junto con sus hijos cuando estos huyeron “con lo puesto”. El padre de Marija fue asesinado, y los padres de Zarko sólo se salvaron gracias a un vecino croata que los llevó clandestinamente hasta un centro de refugiados en la costa.

“No creo que regresemos. Mi familia sufrió muchísimo”, dice Zarko, mientras Stana y Marija lloran en silencio. “Estábamos tan asustados, los niños también, y no queremos volver a sentir lo mismo, nunca más”, dice Marija. “Tenemos mucha nostalgia y lloramos lo que perdimos, pero esa es la realidad”.

El 60 por ciento de los refugiados están decididos, pues, a rehacer sus vidas en Yugoslavia, país donde los hospitales ya no distribuyen medicamentos, donde los establecimientos escolares de una tierra otrora próspera recurren a la Cruz Roja para obtener cuadernos y lápices, y donde la mayoría de los trabajadores se encuentran en desempleo forzoso.

Es lógico entonces que el gobierno se muestre reticente a acelerar los procedimientos de naturalización de otras 340.000 personas, medida que se ha propuesto para solucionar el problema de los refugiados, pero que requeriría un respaldo financiero que es imposible conseguir debido a las sanciones.

A pesar de su pobreza, los Cotra son relativamente afortunados, si se comparan su situación con las de otros refugiados en Yugoslavia, país donde el suicidio es la única salida que encuentran muchos ancianos y enfermos.
Al parecer, esta familia ha escapado de la miseria y la apatía en que se sumen un gran número de refugiados, hartos de una vida de ocio y desesperanza. Aunque tenga que bombear el agua en el pozo del patio, comer solo pan y llevar ropa de segunda mano, la familia ha sobrevivido y parece muy unida por un gran amor. Esa es toda su riqueza.

 

Emma Daly
Ex-periodista del diario británico The Independent. Corresponsal en Yugoslavia durante la guerra, volvió a visitar la región en el mes de julio.

 


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