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Regreso a Ruanda
por Charles Onyango-Obbo |
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años después del genocidio y un año después
del regreso masivo de los refugiados, comienzan a verse algunos
indicios de que la vida en Ruanda vuelve a su curso normal.
La Cruz Roja ha reanudado todas sus actividades con el fin
de ayudar a los ruandeses a superar las peores consecuencias
del conflicto. No obstante, la posibilidad latente de ulteriores
conflictos exige que el Movimiento considere si sus esfuerzos
estÁn propiciando una estabilización y una reconciliación
verdaderas. |
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Para llegar a Muyaga, en la provincia meridional de Butare,
hay que recorrer una ruta que serpentea y está llena
de baches. La aldea se encuentra en una zona muy aislada donde
la presencia de un vehículo motorizado es todavía
un espectáculo insólito que infunde temor; al
ver nues-tro coche, un niño huye despavorido a refugiarse
junto a su padre.
En esta localidad, donde pudiera pensarse que no ocurre nada
digno de interés, la Asociación TARATABARA lleva
a cabo un proyecto de cultivo de arroz, financiado por la
Cruz Roja Suiza. Desde agosto de 1997, la Cruz Roja Ruandesa,
con ayuda de la Federación Internacional, ha venido
suministrando, equipos, semillas, productos químicos
y asistencia técnica a dicho proyecto.
Al cabo de varias semanas de lluvia incesante, la mayor parte
de los arrozales de Muyaga estaban saturados de agua pero
a pesar de la bruma y el frío, sus habitantes no se
desanimaban. Kassia Kanyamibyako, de 60 años, miembro
de la Asociación Taratabara, nos explicó: “En
la aldea hemos trabajado en proyectos más pequeños,
pero el que impulsamos ahora en cooperación con la
Cruz Roja es el mejor, ya que nos permite conseguir lo que
no hubiéramos podido costear de nuestro bolsillo: azadas,
guano, semillas y otras cosas”. Se trata también
del mayor proyecto en que ha participado toda la comunidad.
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El retorno
Muchos ruandeses se encuentran en situación de vulnerabilidad.
De hecho, nunca se pensó que el reasentamiento y la
integración de millones de desplazados y de refugiados
que habían huido del genocidio y la guerra de 1994
fuera cosa fácil. Aún así, a principios
de 1996 los organismos de asistencia humanitaria tuvieron
la impresión de que comenzaban a controlar la crisis.
Desgraciadamente, la ofensiva rebelde iniciada en noviembre
de 1996 en la región occidental de Zaire (República
Democrática del Congo, desde mayo de 1997) puso un
brusco fin a este proceso. Centenares de miles de ruandeses
refugiados abandonaron entonces los campamentos que ocupaban
en Zaire y en la zona noroccidental de Tanzania, y emprendieron
el largo y azaroso viaje de regreso a sus hogares.
La afluencia de refugiados planteó grandes problemas
en los lugares que los acogían. Según Odette
Mukansoro, encargada del servicio de búsqueda de personas
en el orfanato Kacyiru, de Kigali, el número de huérfanos
y de niños separados de sus familiares superó
en diciembre de 1996 la cifra sin precedentes de 3.500. Desde
1994, unos 6.800 niños han pasado por este centro,
cuyos programas cuentan hoy con el respaldo de las Sociedades
de la Cruz Roja de Ruanda y de Bélgica.
Las estadísticas son impresionantes: en noviembre
de 1997, ya se había conseguido reunir con familiares
o colocar en familias adoptivas a 6.518 niños. Actualmente,
el centro de Kacyiru acoge a 280 niños, cuyas edades
oscilan de un año y medio a 18 años.
Cada vez que un niño es recuperado por sus familiares,
los demás se quedan muy tristes. Al acercarnos a uno
de los pabellones donde residen los más pequeños,
niños de unos tres años se precipitan a nuestro
encuentro. No se trata sólo de un juego, sino de una
ca-rrera plagada de ilusiones. Los primeros que logran aferrar
la mano del visitante declaran que éste o aquella es
su “padre” o su “madre”.
A pesar de las dificultades existentes en Ruanda, los programas
de asentamiento y de búsqueda de las familias de los
niños no acompañados han experimentado un crecimiento
enorme. Roberta Martinelli, coordinadora de las actividades
de búsqueda del CICR en Ruanda, indica que se trata
de la mayor campaña de búsqueda de familiares
de niños no acompañados que se lleva a cabo
desde 1945.
Desde 1994, en los registros del CICR se ha inscrito a 118.322
niños ruandeses no acompañados, residentes en
Ruanda o en el extranjero. Hasta fines de noviembre de 1997,
se había reunido con sus familiares a 51.047 niños;
12.000 reunificaciones se lograron gracias a gestiones del
CICR y el resto son fruto de la labor de ONG locales e internacionales
que también participan en la búsqueda.
La Sra. Martinelli señala que han quedado sin resolver
19.000 casos, unos son recientes y otros datan de hace varios
años. En realidad, no todos estos niños carecen
totalmente de vínculos familiares, pero, dado que la
reunión familiar debe ser un acto libremente consentido,
a menudo los niños se nieguen a regresar a sus familias
y prefieran seguir en los orfanatos. Según ella, el
número de casos de niños sin lazos familiares
que no se han resuelto favorablemente es de “sólo”
10.000. |
| Juntos
de nuevo
Los campamentos van cerrando uno tras otro. Al oeste de
Kigali se encuentra Runde, campamento de tránsito de
niños utilizado sobre todo por el ACNUR y la organización
Concern. Según indica Bernard Barret, delegado de información
del CICR, tras la repatriación de 1996, Runde llegó
a acoger más de 1.000 niños. Un año después,
los pequeños moradores del campamento eran menos de
200. “Un campamento desierto es buen signo”, añade
el Sr. Barret. El 10 de diciembre, cerca de mediodía,
el campamento Runde se preparaba a despedir a otro residente:
Innocent Sibomana, de 15 años.
Ese día llegó al campamento un equipo del CICR,
encargado de trasladar a Innocent a casa de su madre, Felicité
Mukankuranga, que vive en Nyamirambo, una populosa barriada
pobre de las afueras de Kigali. Sibomana había sido
separado de su madre y sus hermanos en 1994, cuando se encontraban
en el Congo. Allí fue recogido por una tía que
lo abandonó a fines de 1996. Después se las
ingenió para llegar a un orfanato y dos semanas más
tarde fue transferido a Runde. Durante el recorrido hasta
la casa de la madre casi no pronunciamos palabra. Sibomana
no reconocía los lugares que atravesábamos.
Todo parecía haber cambiado en tres años. Su
madre se precipitó a acogerlo con un fuerte abrazo:
“Sibo, Sibo, eres tú ...”, repetía
mientras describía círculos alrededor del chico,
batiendo palmas. Muchos parientes, sobre todo las tías,
vinieron a saludar y abrazar a Sibo que contenía las
lágrimas. Un vecino, hombre de edad mediana, se acercó
a hablarnos y, abstraído, nos contó que había
perdido a su familia desde el genocidio. “Tenía
un hijo, más pequeño que Sibo.
Pero un día desapareció”. Mientras hablábamos,
un colega fue a buscar los dos álbumes de fotografías
de niños separados de sus familias. Todos los aldeanos
se juntaron a mirar las fotos. En el primer álbum,
publicado en mayo de 1997, figuran los retratos de 208 chicos
y chicas. Seis meses después de su aparición
se había dado con el paradero de familiares de más
de 100 de estos niños. En el segundo, más reciente,
hay 440 fotografías de chicos separados de sus familiares
durante las repatriaciones a Ruanda que comenzaron en noviembre
de 1996. La ma-yoría de estos niños son menores
de 6 años, es decir, demasiado pequeños para
poder indicar su identidad completa, dar las señas
de sus padres o recordar su localidad de origen.
Con la esperanza de encontrar a sus familiares, el CICR,
secundado por UNICEF, ha distribuido 2.500 ejemplares del
álbum en todo el país.
La jornada estuvo cargada de emociones contradictorias: el
vecino no encontró la foto de su hijo en el álbum
y Sibo estaba de nuevo con su madre. Fue como una síntesis
de la tragedia de Ruanda, país donde la mitad de la
población lo perdió todo y la otra mitad salvó
algo, donde a algunos se le han secado las lágrimas,
y donde todos deben hacer frente a la necesidad de seguir
viviendo y asumiendo las tareas más urgentes de cada
día.
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La justicia
tarda
Más de 127.000 sospechosos de haber participado en
el genocidio vegetan hacinados en las cárceles de Ruanda.
Desde la repatriación, el número de detenidos
ha aumentado; se estima que 20 por ciento de los presos son
ruandeses repatriados. En promedio, cada tribunal de Ruanda
falla entre 20 y 25 casos por mes. Por otra parte, en 1997,
se detuvo a unos 1.000 sospechosos por mes. Aun cuando este
número es superior al de 240 personas acusadas de genocidio
que ha procesado el Tribunal Internacional para Ruanda en
Arusha, Tanzania, en el curso de los últimos dos años,
los especialistas en derechos humanos estiman que, de mantenerse
el ritmo, se necesitarán más de 300 años
para enjuiciar a cada sospechoso detenido. A no ser, claro
está, que se les libere masivamente en virtud de algún
decreto de amnistía.
Ante la reciente liberación de unos 2.100 detenidos,
algunos por ser muy ancianos, otros por estar enfermos y unos
cuantos por ser menores de edad, los sobrevivientes del genocidio
organizaron una manifestación en la que expresaron
su ira. Los manifestantes capturaron a algunas de las personas
liberadas y las llevaron de vuelta a la cárcel. Otros
ex presos tuvieron que ser protegidos por la policía
para impedir que la muchedumbre los linchara.
Dominique Dufour, jefe de la delegación del CICR en
Kigali, explica que a raíz de todo ello, durante largo
tiempo, el CICR tendrá que seguir ocupándose
de visitar a los presos en las cárceles de Ruanda.
Cada año, la Institución lleva a cabo unas 160.000
visitas en todo el mundo; de éstas, 123.000 (dos tercios)
tienen lugar en Ruanda. Según el Sr. Dufour, a fines
de 1997 el CICR aportaba el 57 por ciento de los alimentos
normales y la comida con alto contenido proteínico,
así como buena parte de los medicamentos consumidos
por los presos ruandeses. Francisco Otero y Villar, coordinador
del programa del CICR, explica que los delegados visitan 17
de las 19 cárceles de Ruanda. En casi todas, además
de distribuir diversos suministros, comida y remedios, el
CICR se ocupa de mejorar el abastecimiento de agua potable,
las letrinas y los servicios higiénicos, así
como de distribuir jabón, detergente y otros artículos
de primera necesidad.
A fin de no concentrarse exclusivamente en las cárceles,
el programa se ocupa también del abastecimiento de
agua potable a las comunidades vecinas de los establecimientos
penitenciarios. El Sr. Villar señala que las condiciones
en las principales cárceles mejoraron notablemente
gracias a este programa.
La Institución y la empresa de servicios Electrogaz
de Ruanda inauguraron recientemente la estación de
bombeo de Ruampara, que abastece a
los municipios de Nyamirambo, Kimisange y Gikondo, de la ciudad
de Kigali. El proyecto comprendió la reparación
de cinco pozos, así como la instalación de dos
nuevas bombas de extracción y de tuberías para
incrementar el suministro de agua.
La Cruz Roja no ha logrado operar con entera libertad en
todo el país, tal como se lo proponía. A raíz
de la inseguridad imperante en las provincias norteñas
de Ruhengeri y Gisenyi, sobre todo después del asesinato
de dos cruzrojistas ruandeses a manos de rebeldes que operan
en la zona, las actividades del Movimiento se han reducido.
Ello obedece al hecho de que no se conoce a los dirigentes
de la rebelión, lo que ha impedido negociar con ellos
y obtener garantías en cuanto a la seguridad de las
actividades de socorro. |
Reconstrucción de la Sociedad Nacional
La falta de seguridad también ha entorpecido las
actividades de reconstrucción de la Sociedad Nacional
de Ruanda, que durante el genocidio quedó completamente
desarticulada. En la zonas norteñas poco se ha avanzado
en captación de apoyo de las bases. A juicio de Augustine
Ruganasa, Jefe del Departamento de Desarrollo de la Cruz
Roja Ruandesa, la Sociedad Nacional se ha ido restableciendo
por sus propios medios y ya cuenta con un comité
ejecutivo y asambleas en las doce provincias del país.
En un territorio pacífico como Butare, a diferencia
de Ruhengeri, se han reconstituido y reactivado todas las
estructuras, incluyendo los comités comunales.
Según el Sr. Adjakly, uno de los motivos que demoró
la reconstrucción de la Cruz Roja Ruandesa luego
del genocidio fue el sentimiento de vulne-rabilidad que
experimentaban todos los habitantes. En tales circunstancias,
resultaba muy difícil solicitarles ayuda. Las actividades
de desarrollo de la Sociedad Nacional se suspendieron en
noviembre de 1997, pues era necesario dedicar todas las
fuerzas disponibles a resolver la crisis creada por el regreso
masivo de los refugiados ruandeses.
En la actualidad, el Sr. Rugasana está orgulloso
de señalar que la Cruz Roja Ruandesa tiene 40.000
afiliados, de los cuales 5.000 forman parte de la sección
de la juventud, presente en 84 establecimientos escolares.
Tomando las escuelas como base de operaciones, los jóvenes
cruzrojistas extienden su labor a los menores no escolarizados.
Un buen signo de progreso es que la Cruz Roja se está
ocupando de cuestiones a las cuales no había atendido
en los últimos años. En diciembre, en la ciudad
de Butare se llevó a cabo una campaña comunitaria
de primeros au-xilios que se prolongó durante 12
días y que incluyó una jornada de formación
sobre enfermedades de transmisión sexual. Patrocinado
por la Federación y la Cruz Roja Ruandesa, el proyecto
fue enteramente organizado y dirigido por ruandeses. En
otros tiempos, los cruzrojistas seguían un curso
y luego esperaban que hubiera un accidente o una catástrofe
para poner en práctica lo aprendido. La Sociedad
Nacional decidió mejorar la capacidad de acción
comunitaria de sus miembros, formándolos en técnicas
de movilización social, de atención sanitaria
preventiva, de concepción y realización de
proyectos y de técnicas sanitarias avanzadas. Se
ha capacitado a un primer grupo de doce socorristas -uno
por provincia- quienes, a su vez, serán instructores
comunitarios a fin de sentar las bases de una cadena de
formación.
En un instituto de capacitación de la localidad
de Mbogo, en la zona rural de la provincia de Kigali, la
Federación y la Sociedad Nacional han establecido
un proyecto educativo para la compra de mobiliario destinado
a la reventa y de utensilios necesarios para la preparación
de té. En Rutobue, provincia de Gitarama, se lleva
a cabo un proyecto que pudiera parecer trivial: la elaboración
de pan.
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¿Todo
esto es suficiente?
Estas experiencias han dado resultados positivos, aunque
modestos. Por lo que se refiere a la Asociación Taratabara,
si la próxima cosecha es buena sus miembros ya no serán
prestatarios sino prestamistas.
En cuanto al orfanato de Kacyiru de Kigali, de confirmarse
la actual tendencia, el número de niños residentes
disminuirá y se desmontarán las tiendas de polietileno
del campamento de tránsito de Runde. Si la pacificación
se consolida, los socorristas ya no tendrán que dedicar
sus esfuerzos a curar y atender a heridos y víctimas
del hambre en los campamentos de refugiados.
Sin embargo, hay sobrados motivos de temer que surjan nuevas
dificultades. El gobierno de Ruanda estima que, desde noviembre
de 1996, cerca de 1.200.000 ruandeses refugiados han regresado
del extranjero. El aumento de las necesidades de asistencia
alimentaria, la inseguridad reinante en el norte del país,
zona que ha sido tradicionalmente el granero de Ruanda, y
el deterioro de los cultivos debido a las lluvias torrenciales
de los últimos meses pueden provocar una grave carestía
en 1998.
Este problema exige una mayor creatividad para movilizar
los recursos de la comunidad. Tras el colapso de la Cruz Roja
Ruandesa durante el genocidio de 1994, se tuvo la oportunidad
de renovar totalmente la Sociedad Nacional pero el método
verticalista que se viene aplicando resulta bastante obsoleto.
Por otra parte, no cabe duda de que el Movimiento debería
haber examinado más de cerca la organización
de los asentamientos, su carácter impersonal y su excesiva
proximidad. Todavía se está a tiempo de rectificar
y orientar los recursos financieros a la creación de
infraestructuras y servicios sociales en zonas bien determinadas,
permitiendo también que los habitantes construyan sus
viviendas de la manera que juzguen más apropiada.
Asimismo, cabe destacar la falta de programas que fomenten
la confianza y de proyectos creativos que aporten al proceso
de reconciliación nacional. En la práctica,
las perspectivas de estabilidad han ido disminuyendo en los
dos últimos años. ¿En qué medida,
los programas de la Cruz Roja han contribuido a estabilizar
las comunidades ruandesas? ¿Qué sentido tiene
toda esa labor que hoy llevan a cabo las ONG, si mañana
todo puede esfumarse en un santiamén?
Respecto a un país como Ruanda, donde se ha perpetrado
un genocidio y sigue acechando la guerra civil, las organizaciones
humanitarias tienen que plantearse cuestiones muy serias.
En lugar de limitarse a vendar las llagas y espantar las moscas,
¿no habría que hacer algo para curarlas e impedir
que vuelvan a surgir?
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Charles Onyango-Obbo
Redactor de The Monitor, periódico de Kampala,
Uganda. |
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