| Los
pasajeros se apretujan mientras esperan el momento de subir
al transbordador que atraviesa el río, entre Kinshasa
y Brazzaville. Nuevamente en servicio desde el 28 de octubre,
la embarcación transporta a los habitantes de ambas
ciudades, cargados con productos que esperan vender en los
mercados de una u otra orilla.
Casi no hay coches en el transbordador. “Es
demasiado temprano y los robos son frecuentes a esta hora”,
explica un pasajero. El CICR ha decidido correr el riesgo
de transportar una cisterna para abastecer las zonas de la
ciudad que no tienen agua.
El viaje dura tan sólo 15 minutos. Al
aproximarnos a la rampa de desembarco podemos ver los daños
causados por el conflicto, sobre todo en un edificio cilíndrico
de 20 pisos, completamente acribillado por proyectiles de
todo calibre.
Una vez en tierra, pasamos por el control de
aduanas. El pequeño edificio tampoco ha escapado a
la destrucción y los funcionarios trabajan con medios
insuficientes. Aunque faltan los formularios, logramos cumplir
con los trámites de entrada. Arreglárselas con
lo que tengan a mano parece ser la única estrategia
posible para los habitantes de Brazzaville que se esfuerzan
por poner en marcha nuevamente la ciudad. Las calles, que
hace unos días estaban desiertas, se animan paulatinamente
con la presencia de pobladores que buscan vender o comprar
diversos artículos. El mercado, si bien modesto, ha
vuelto a funcionar: los vendedores ofrecen verduras, legumbres,
frutas y cereales, pero no todos tienen dinero suficiente
para comprar. “La mandioca cuesta tres veces más
que antes”, dice un joven padre de familia, resignado
a volver a casa con las manos vacías.
La gasolina y el diesel tienen precios prohibitivos,
pero todavía circulan muchos vehículos. “Hay
gente que vende combustible al borde del camino”, cuenta
el chófer de un taxi improvisado, “pero si uno
va armado, se lo dan gratis”.
Durante los últimos días de enfrentamientos,
casi todos los barrios eran campos de batalla. Los habitantes
que tenían dinero, pudieron contratar un transportista
y partir llevando sus enseres. Los demás huyeron con
lo puesto.
Todos los edificios y las viviendas fueron saqueados:
los muebles, los utensilios de cocina y hasta las puertas
y ventanas iban desapareciendo a medida que el conflicto se
intensificaba. Los servicios públicos también
fueron dañados, los 30 dispensarios de la ciudad, por
ejemplo, deberán ser enteramente renovados y equipados.
En muchos sectores de la ciudad quedaron fuera de servicio
los sistemas de sumi-nistro de agua y electricidad. El peligro
de brotes epidémicos es enorme y hay grandes dificultades
para atender a los enfermos. En el hospital de Makelekele
vimos llegar a un enfermo, casi incons-ciente, transportado
en una carretilla.
En un puesto de salud, los materia-les han desaparecido
y el patio interior ha servido de cementerio. “Era imposible
salir de los locales, pues las balas silbaban por todas partes.
Nos vimos obligados a enterrar a los muertos allí donde
encontrábamos sitio”, explica un vecino. La tumba
de uno de ellos está marcada con la peluca que llevaba
al caer. En muchos aspectos, este conflicto tuvo características
delirantes como el de Liberia, pues al igual que allí,
los hombres en armas iban vestidos con pelucas de color, botas
de mujer, gafas oscuras y se hacían acompañar
por mascotas, que supuestamente les protegerían de
las balas.
Hoy, la comunidad humanitaria se esfuerza por
restaurar las estructuras básicas de la capital. En
particular, hay que rehabilitar los hospitales y los dispensarios.
También se está aportando asistencia técnica
y material para restablecer el suministro de agua y electricidad
en toda la ciudad.
Entretanto, miles de habitantes permanecen en
las afueras, alojados en casa de familiares o en campamentos
para desplazados. Muchos se trasladan a Brazzaville durante
el día, pero la dejan al caer la tarde, pues en la
capital siguen imperando la inseguridad y el riesgo de saqueo.
Además, se siguen oyendo disparos a todas
horas, tanto en la ciudad misma como en las cercanías,
y en calles y caminos se erigen barreras donde los actos de
violencia son frecuentes.
Las organizaciones humanitarias son plenamente
conscientes de que el regreso de la mayoría de los
habitantes está supeditado a una mejora de las condiciones
de vida, sobre todo ahora que la estación de lluvias
viene a agravar las dificultades. Según algunos observadores,
Brazzaville podrá recuperarse sólo cuando se
desmovilicen las milicias, se cree un ejército regular,
se restablezcan los servicios básicos y se logre la
reconciliación nacional, a la vez en el plano político
y en la sociedad civil.
Un día, un hombre nos pidió que
transportáramos a su mujer al hospital. “Perdí
dos hijos en esta guerra”, nos dijo. “La violencia
en el Congo tiene que cesar”.
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