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Trabajar en familia
por Amanda Williamson |
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comienzos de febrero, un fuertísimo terremoto sacudió
la provincia de Takhar, en la región noreste de Afganistán,
provocando la muerte de 4.750 personas y dejando sin hogar
a otras 20.000. El equipo de socorristas encargado de hacer
llegar asistencia a los damnificados debió conjugar
arriesgados lanzamientos desde aeroplanos, caravanas de asnos
y entregas por helicóptero. Esta fue la primera operación
en que se puso en práctica el nuevo Acuerdo del Movimiento,
de conformidad con el cual se entiende mancomunar esfuerzos
para optimizar la ayuda a las víctimas. |
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El equipo se había reunido aquella noche en Rostaq
para cenar en familia, a la luz de las lámparas de
gas. Su heterogénea composición reflejaba la
naturaleza internacional de la operación de socorro
a las víctimas del terremoto de Takhar.
En el terreno reinaba un auténtico espíritu
de colaboración, motivado por el deseo de cumplir nuestra
tarea en favor de quienes sufrían, y nos animaba la
camaradería que suele instaurarse cuando se viven momentos
difíciles en condiciones precarias.
Delegados del CICR y de la Federación
Internacional, junto con miembros de la Media Luna Roja Afgana
compartíamos un alentador sentimiento, mezcla de cansancio
y satisfacción, al cabo de un día de batallar
contra la adversidad del clima para cumplir nuestra misión
de socorrer a las víctimas. |
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La naturaleza desencadenada
Por supuesto, nuestras dificultades eran insignificantes
al lado de los sufrimientos que aquejaban a los damnificados
por el terremoto. En unos cuantos segundos, una incontenible
fuerza telúrica cambió la vida de los habitantes
de Takhar. Las viviendas tradicionales de ladrillos de barro
se desintegraron. Los niños tenían la mirada
perdida, aterrados al caer la noche pues la tierra había
temblado al anochecer y habían visto derrumbarse
las casas en torno suyo.
En el rostro de los hombres se adivinaba el dolor que sentían
por haber tenido que abandonar sus hogares para llevar a
sus familias a los centros colectivos, donde se encontraban
en relativa seguridad. A pesar de las condiciones de hacinamiento
que juzgaban intolerables, temían exponerse al peligro
de otro terremoto.
El Movimiento debió asumir una tarea titánica.
Como es característico en esta región, la
mayor parte de las aldeas afectadas estaban emplazadas en
las peligrosas laderas de las montañas. A las dificultades
de acceso habituales se sumaron los rigores del clima.
Una espesa bruma cubría la localidad de Rostaq,
impidiendo el vuelo y el aterrizaje de helicópteros
y aeroplanos; las repetidas nevadas habían convertido
los caminos en pistas de patinaje, cerrando el paso a los
camiones más potentes. En un lugar perdido, un equipo
de delegados del CICR y de la Federación Internacional
debió pasar la noche en el vehículo bloqueado
por un lodazal. De madrugada, les despertó una manada
de lobos que los rodeaba.
Sabíamos que muchas familias estaban pasando la
noche a la intemperie, en temperaturas bajo cero grado,
por lo que la tensión aumentaba al estar paralizados
por la nieve. En menor medida, incidían también
en nuestro estado de ánimo la presión de los
medios de comunicación y el nerviosismo de Ginebra,
que nos transmitía su impaciencia a pesar de encontrarnos
a medio mundo de distancia.
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Comienzo promisorio
Desde la adopción del Acuerdo de cooperación
entre los componentes del Movimiento, aprobado en Sevilla
por el Consejo de Delegados (véanse pág. 18-19),
era la primera oportunidad en que la “familia”
compartía la misma vivienda y se esforzaba por convivir
en armonía. Todos sabíamos muy bien que en
la operación se estaba poniendo a prueba el espíritu
del Acuerdo, y que cada una de nuestras acciones iba a ser
examinada minuciosamente por todos los interesados.
Dado que una catástrofe natural había golpeado
a un país en guerra, el CICR asumió las funciones
de organismo director. La Federación aportó
sus competencias profesionales tradicionales en el campo
de la ayuda humanitaria de urgencia. Como de costumbre,
el éxito de la operación dependió de
la dedicación y el valor del personal y los voluntarios
de la Sociedad Nacional, en este caso, la Media Luna Roja
Afgana. Ellos fueron los primeros en llegar a la zona afectada
por el terremoto y se ocuparon de las tareas tal vez más
difíciles, como acompañar a las caravanas
de asnos a lo largo de traicioneras sendas de montaña
y garantizar que la ayuda llegase a las aldeas destruidas
que se encaramaban en rincones olvidados de las cimas de
esta región.
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A paso de asno
Después de consultar a sus contactos locales y
a miembros de la Media Luna Roja Afgana, el CICR optó
por un medio de transporte usado en la región desde
hace siglos: el asno. Rápidamente, los delegados
negociaron un precio de alquiler diario, pero no había
seguridad alguna en cuanto a la respuesta de los propietarios.
Los temores se disiparon cuando al llegar a los locales
del CICR al día siguiente, el terreno estaba completamente
ocupado por un par de centenares de animales, que esperaban
estoicamente su carga. John Hunter, delegado de la Federación
encargado de la gestión del almacén, se ocupó
de una tarea sin duda singular en su carrera al servicio
de la Cruz Roja, es decir, organizar una caravana de más
de 200 asnos cargados con la ayuda de urgencia que debían
transportar por un tortuoso recorrido a través de
las montañas.
La caravana resultó un excelente medio para hacer
llegar a las víctimas del terremoto varias toneladas
de tiendas, mantas y otros suministros.
En otro nivel tecnológico, al amainar el rigor del
clima, el CICR pudo reanudar sus vuelos –elemento
fundamental de la operación– y proceder al
lanzamiento de suministros en paracaídas, que luego
eran llevados en camiones a Rostaq, desde donde eran transportados
por helicóptero hasta las aldeas más golpeadas.
En total, se llevaron más de 250 toneladas de suministros,
lo que permitió asegurar que las familias más
afectadas tuvieran cobijo y mantas para abrigarse. Por su
parte, las Naciones Unidas aportaron alimentos y Médecins
sans frontières se ocupò de atender las
necesidadas sanitarias; otras ONG se encargaron de llevar
a cabo otras tareas valiosas.
Una de las imágenes más memorables que guardo
de esta operación es la de unas familias que habían
pasado algunos días en un refugio colectivo de fortuna,
situado en la periferia de la zona de aterrizaje de los
suministros. Un día regresaron a sus aldeas para
reconstruir sus vidas. Mientras se alejaban distinguíamos
claramente sus pañuelos rojos, los mismos que habíamos
usado para guiar a los pilotos hacia la zona de lanzamiento.
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Amanda Williamson
Funcionaria de prensa del CICR |
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