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El primer Director General del CICR

Más que sus ojos, que entrecierra sutilmente hasta convertirlos en dos finas ranuras por las que, sin mostrarlo, escruta al interlocutor, son las manos que expresan su personalidad. Unas veces agitadas con exuberancia italiana, otras imperativas y marciales, trazan incan-sables el contorno de un concepto o acarician algún proyecto ambicioso. Paul Grossrieder es una alquimia de jovialidad contenida, rigor estratégico y dinamismo contagioso. En suma, una persona ideal para ocupar el nuevo puesto de Director General del CICR. Nacido en Charmey, Suiza, en 1944, cursó estudios en el colegio Saint-Michel de Friburgo. Bachiller en estudios clásicos, se orientó hacia la filosofía en la Orden de Santo Domingo y se diplomó en La Sarte, Bélgica, en 1967 .

En calidad de fraile dominico, en 1970 obtuvo una licencia de teología en la Universidad de Friburgo. La Orden le nombró vicario de la parroquia de Saint-Paul en Ginebra. Aceptó el encargo a condición de poder matricularse en el Instituto de Altos Estudios Internacionales, donde cuatro años más tarde, se diplomó en ciencias políticas.

El tema de su tesis —La Santa Sede y el África negra a fines del siglo XIX— le llevó a hacer investigaciones biblio-gráficas en los archivos del Vaticano, donde poco después fue consejero en el Ministerio de Relaciones Exteriores. En Roma también colaboró con el diario L’Osservatore Romano (1976-1978), y terminó sus estudios de doctorado en 1983.

Tras abandonar la Orden, la expe-riencia adquirida hasta entonces le hizo considerar la posibilidad de ejercer el periodismo en la capital italiana. No obstante, terminó por presentar su candidatura al CICR. Su edad, 39 años, se consideró entonces un inconveniente, lo que justificó un rechazo inicial. La Institución lo recuperó cuando un dirigente tomó conocimiento de su expediente profesional. La primera misión le llevó a Bagdad, en 1984.

En 1985, fue promovido al cargo de jefe adjunto de la delegación en Angola. Luego fue nombrado encargado de la zona África, jefe de la delegación en Israel, en 1986, delegado general adjunto para la zona asiática en 1989, delegado general en la misma zona un año después, y por último, en 1990, director adjunto de Actividades Operacionales, el departamento faro de la Institución.
En mayo pasado, se creó el nuevo puesto de director general, que le fue confiado. Esta medida ha sido recibida como pan bendito, pues la estructura del CICR sufre de una compartimentación excesiva.

«Tengo un apego casi patológico por el Departamento de Actividades Operacionales», que trabaja directamente para las víctimas de conflictos armados y mantiene la estrategia de la Institución firmemente arraigada a la realidad.

Serge Bimpage
Adaptación del artículo publicado en el diario Tribune de Genève, el 18 de junio de 1998.

«El futuro del Movimiento»

Opiniones de Paul Grossrieder

El Movimiento de la Cruz Roja ha experimentado cambios considerables en los últimos años. Cuando comencé a trabajar para el CICR, había una brecha entre la Institución y el resto del Movimiento. Si no me equivoco, por esos años acababa de decidirse utilizar el término «Movimiento». Ahora bien, hoy es evidente que el CICR no podría funcionar sin el Movimiento. Esto se comprueba concretamente en la eficiencia operativa que se logra por intermedio de las redes de las Sociedades Nacionales, con las que hemos establecido un amplio sistema de «subcontratación» de tareas. En cuanto a nuestras relaciones con la Federación Internacional, recién hemos terminado de reorganizar nuestras labores, que se articulan en forma más operativa que antes.

En una época en que la palabra «red» está en boca de todos, el Movimiento responde de manera concreta y eficaz a esta aspiración. No hay que olvidar que en la actualidad existen Sociedades Nacionales en 175 de los 193 países. Pero itenemos que ser prudentes: una red de tal magnitud dará resultados óptimos a condición de que cada componente se mantenga fiel a la vocación que le es propia, es decir, conservando su identidad dentro del Movimiento. Estos criterios fueron perfectamente definidos en los Acuerdos de Sevilla. En las situaciones de conflicto armado, la dirección incumbe al CICR; en cualquier otra circunstancia, a la Federación o a las Sociedades Nacionales. Por supuesto, el CICR tiene la responsabilidad de algunas actividades concretas, como la difusión, la protección de los prisioneros de guerra y de los detenidos de seguridad, así como el restablecimiento de los lazos familiares. Por consiguiente, el éxito futuro del Movimiento y del CICR dependerá inevitablemente del buen funcionamiento de esta enorme red en su conjunto, tal como ocurre con el fenómeno de la mundialización. Estaríamos cometiendo un grave error si nos limitáramos a pensar como suizos que estamos solos en el mundo, es imperativo salir de esa mentalidad suiza. Ello no es contradictorio con el hecho de que, a pesar de la internacionalización creciente de su dotación de personal, la composición del Comité mismo deba seguir siendo suiza». S.B.



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