El Museo de la Cruz Roja celebra su 10.° aniversario
A pesar de los apremios financieros y de que todavía
no ha encontrado una línea museográfica propia,
el Museo Internacional de la Cruz Roja y de la Media Luna
Roja puede enorgullecerse del camino recorrido.
Sabido es que en el mundo de hoy el dinero es una necesidad
insoslayable. Por ello, la disminución drástica
de la subvención que el gobierno suizo otorga al
Museo le ha puesto en graves dificultades. Baste con señalar
que entre el ejercicio 1994-1997 y el ejercicio 1998-2001
dicho aporte se redujo en casi un millón de francos
suizos. En cuanto a las donaciones y los fondos de patrocinadores,
pasaron de más de 600.000 francos suizos en 1995,
a menos de 300.000 en 1998. Paradójicamente, el Museo
ha tenido una gestión irreprochable. Con la ayuda
del Sr. Laurent Marti, fundador, y del Sr. Jean-Pierre Hocké,
Presidente del Consejo de Fundación, el Sr. Didier
Helge, ex director, logró colmar un déficit
de más de un millón y medio de francos suizos,
a fines de los años 1980. Se comprende entonces que
la celebración del décimo aniversario, el
próximo 22 de octubre, no vaya a brillar con todo
el lustre previsto. Aun así, nos consolaremos con
la velada excepcional en el Théâtre des
Forces Motrices, en el centro de Ginebra. La música
será el invitado de honor, en homenaje a los artistas
que han ofrecido gratuitamente su talento en los 589 conciertos
de ve-rano organizados en el recinto del Museo. La velada
girará en torno de la película Le Maître
de Musique, y se contará con la presencia de
su protagonista, José Van Dam.
Una gestión difícil
La cincuentena de voluntarios permanentes y los diez colaboradores
a tiempo completo del Museo, así como los amigos
de la institución, siguen apenados por la partida
del apreciado director Sr. Didier Helge y del conservador,
Sr. Jean-Pierre Gaume. Nombrado hace unos meses, Roger Mayou,
el nuevo director, señala con lucidez: «No
tiene sentido hacer castillos en el aire. Por el momento,
aprendo». Aprender significa en este caso prepararse
para asumir las tareas inherentes a la dirección
del museo: administración, animación, busca
de financiación, dominio de la «cultura de
la casa» y diplomacia.
Por cierto, hay que saludar el verdadero milagro realizado
en los últimos años. El desfile diario de
autobuses delante del Museo da una idea de la labor cumplida:
el número promedio de 80.000 visitantes por año
no ha disminuido. Varias exposiciones destacadas han sido
saludadas con entusiasmo por la prensa y el público.
Así ocurrió, por ejemplo, con las recientes
exposiciones sobre Sarajevo, Mandela: una vida, y Del fusil
a la camilla. A la hora de los balances, Laurent Marti manifiesta
su satisfacción. «Todos reconocen que el Museo
es un bien preciado y ha logrado su meta tanto en el plano
arquitectural como museográfico. También es
un símbolo, a tal punto que, en este momento en que
Suiza es objeto de diversos ataques en el exterior, la Confederación
debería aumentar la subvención del Museo.
Sería una manera de recordar a la comunidad internacional
que este país, a pesar de los errores que pueda haber
cometido, ha fundado el único movimiento humanitario
de alcance mundial que es la Cruz Roja».
Este optimismo no debe hacer olvidar las incertidumbres
que persisten en cuanto a la identidad del Museo. Queda
por definir una línea clara, lo que no se puede lograr
basándose exclusivamente en consideraciones pecuniarias.
En particular, habrá que poner fin a los eternos
zigzagueos entre dos orientaciones legítimas pero
antinómicas: por un lado, la opción «vitrina
publicitaria y pedagógica del Movimiento»,
y por el otro, un enfoque museográfico, científico
y distanciado de la acción humanitaria.
Serge Bimpage
Periodista del diario Tribune de Genève.