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La proeza de sobrevivir
por Sri Wahyu Endah |
| En
1997, la peor sequía de que se tenga memoria en la
isla de Irian Jaya sumió a sus habitantes en la hambruna.
La situación fue agravada por una racha de temperaturas
muy elevadas, brotes de enfermedades, y combates esporádicos.
Hubo que intervenir de immediato para evitar una catàstrofe
mayor. |
| En
noviembre de 1997, el CICR y la Cruz Roja de Indonesia (CRI)
llevaron a cabo una misión conjunta de asistencia y
evaluación en las montañas del centro de Irian
Jaya. Conforme el equipo avanzaba por las comarcas asoladas
por la sequía, los testimonios recogidos iban trazando
un mismo cuadro de penuria.
En Alama, pequeño asentamiento situado
en medio del bosque de una meseta a 1.000 metros sobre el
nivel del mar y formado por una pista de aterrizaje, un puesto
avanzado del ejército y algunas casas, viven 261 personas.
Muy pronto llegaron noticias de que las precarias condiciones
sanitarias y de nutrición de esta remota aldea se agravaban
día tras día.
En 1996, los pobladores de Alama y muchas otras
aldeas huyeron hacia la espesura para ponerse al abrigo de
los combates entre las fuerzas de seguridad del Estado y los
insurgentes de la organización independentista Movimiento
de Liberación de Papua. Al año siguiente, el
ejército indonesio obligó a los aldeanos a salir
de la selva y a volver a los asentamientos anteriores; se
encontraban a 24 horas de camino de los campos de cultivo.
A la pobreza nutritiva de los productos obtenidos vino a sumarse
el bajo rendimiento de las cosechas, y muy pronto las reservas
quedaron prácticamente agotadas. Para entonces, de
los 82 niños que había en Alama, 37 sufrían
de desnutrición.
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De la precariedad a la indigencia
Aunque en esta región la estación de lluvias
dura por lo general de mayo a octubre, en la mayor parte
de Irian Jaya no había llovido durante meses, situación
que obedecía fundamentalmente al fenómeno
meteorológico «El Niño». La sequía
afectó un extenso territorio y a más de 400.000
personas.
La gran mayoría de los habitantes de Irian Jaya
vive de la agricultura de subsistencia y obtienen el 90%
de sus recursos nutritivos de la batata. Este tubérculo,
de gran rendimiento (hasta 40 toneladas por hectárea
al año), puede cultivarse hasta 3.500 metros de altura,
lo que permite que la población se establezca en
zonas situadas por encima del hábitat del mosquito
portador del paludismo. Además, la batata es un elemento
fundamental de la alimentación del cerdo, única
fuente tradicional de poder social, político y económico
(véase el recuadro).
Como es natural, este monocultivo crea una enorme dependencia
y los habitantes son sumamente vulnerables ante cualquier
problema que pueda afectar la batata. Por otra parte, dado
que las condiciones climáticas suelen ser benignas,
la población no ha establecido estrategias alternativas
de supervivencia que sean eficaces.
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Unidos contra la adversidad
Ante esta situación crítica, el CICR y la
CRI emprendieron operaciones de evaluación y asistencia
en las zonas más damnificadas de la parte meridional
de las montañas centrales (distrito de Mimika) y
del valle de Baliem (distrito de Jayawijaya).
Los habitantes de Irian Jaya viven en asentamientos dispersos,
a menudo en medio de la selva virgen de las tierras altas,
donde no existen caminos ni otras infraestructuras básicas.
Para acceder a la población de estas localidades
aisladas hay dos alternativas: a pie, tras días de
marcha a través de la selva, o por helicóptero.
En la actualidad, además de algunos misioneros y
de socorristas de la sección indonesia de la organización
Visión Mundial, la Cruz Roja es el único organismo
internacional que presta asistencia a la población
afectada.
El equipo CICR-CRI efectuó misiones diarias de socorro
por helicóptero, distribuyendo arroz, galletas con
alto contenido energético, guisantes, aceite y sal,
a unas 18.000 personas en 19 aldeas del distrito de Mimika.
Al mismo tiempo, para ayudar a la población a recobrar
la autosuficiencia, se suministraron plantas de batata y
semillas de maíz, cacahuete, frijoles y col.
Además de distribuir víveres, el equipo prestó
asistencia médica y evacuó a las víctimas
que presentaban un cuadro clínico más delicado
hacia los hospitales de Tembagapura y Timika. Los delegados
sanitarios trataron en el terreno a los enfermos graves;
las personas aquejadas de paludismo recibieron tratamiento
individual o atención comunitaria. En algunas aldeas,
se logró reducir de 80% a 15% la incidencia de enfermedades
transmitidas por las picaduras de mosquitos.
La Cruz Roja no sólo llevó a cabo su propio
programa médico, también cooperó con
las autoridades sanitarias, impartiendo cursos de atención
primaria de salud al personal de enfermería y los
trabajadores sanitarios de las aldeas comprendidas en el
programa de asistencia. Además, se concibió
un curso de control del paludismo, para enseñar a
los trabajadores sanitarios de las aldeas, los rudimentos
de entomología indispensables para detectar los lugares
de cría o reproducción de los mosquitos.
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Allí donde el cerdo es rey
El cerdo ocupa un lugar muy importante en la economía
y la cultura papúas, a tal punto que en tiempos de
penuria siempre se le asegura una parte de las reservas
de batata. De hecho, la única fuente de ingresos,
por lo general expresado en moneda de conchas marinas, es
la cría de ganado porcino.
El cerdo es el animal doméstico por excelencia.
Aunque pertenecen a los hombres, son cuidados por las mujeres,
que se ocupan de alimentarlos desde que tienen seis semanas
dándoles dos veces al día una mezcla de batata
cocida y pisada; por la noche, duermen en las habitaciones
de sus propietarios. A raíz de este trato especial,
los cerdos se vuelven muy dependientes del entorno, tanto
emocional como físicamente. Las mujeres reciben el
pago por tanta dedicación a la hora de la matanza
y la venta de los animales. Para los hombres el ganado no
es sólo fuente de riqueza, sino también de
influencia política, ya que a los criadores más
prósperos corresponde también ejercer la autoridad
en las comunidades.
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La complejidad de los socorros
A fines de febrero de 1998, la Cruz Roja comenzó
a ocuparse del valle de Baliem, que hasta entonces formaba
parte de las zonas de asistencia a cargo de las autoridades
públicas. En realidad, salvo algunos lanzamientos
esporádicos de provisiones desde aeronaves, muchas
aldeas no habían recibido ayuda alguna desde diciembre.
Dos equipos CICR-CRI transportados en helicóptero,
visitaron 25 aldeas para evaluar la situación y abastecerlas
con víveres; también entregaron alimentos
a otros asentamientos. «Fuimos a varias aldeas y caseríos
llevando medicinas y comida, y estudiamos de inmediato la
situación. Regresamos allí al día siguiente
con los suministros necesarios y de inmediato proseguimos
vuelo a otros lugares, donde repetimos la operación»,
explica Iyang Sukandar, jefe de la División de Socorros
en Caso de Catástrofe, de la Cruz Roja de Indonesia.
En esta oportunidad, se trabajó en colaboración
con la sección indonesia de Visión Mundial
y la Iglesia Reformada de los Países Bajos, que aportaron
los víveres; la logística general entre los
almacenes de Wamena y las aldeas en que había pista
de aterrizaje estuvo a cargo de la asociación filantrópica
Mission Aviation Fellowship.
Hasta ahora, todo indica que los esfuerzos desplegados han
sido fructíferos. Sin embargo, si queremos evitar
la repetición de este tipo de catástrofes
será preciso movilizar todas las fuerzas del Movimiento.
El CICR está apoyando un programa de la Federación
Internacional y la CRI, que tiene por objeto consolidar
la capacidad de la sección local en materia de preparación
e intervención en caso de desastres. Es de esperar
que ello se traduzca en una ayuda a largo plazo para la
gente de Irian Jaya, víctima del conflicto interno
y de los cambios climáticos mundiales.
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Sri Wahyu Endah
Delegado de información del CICR, destacado en la delegación
zonal de Yakarta. |
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