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Parecía un juguete…

por Leyla Alyanak

En Laos, las bombas tiradas hace casi 30 años siguen causando víctimas, el 45% de las cuales tienen menos de 16 años. Ninguna capa de la sociedad escapa a esta tragedia que compromete el futuro del país.

Los chicos se detuvieron para escudriñar el cielo y descubrir el avión, espectáculo poco frecuente en este rincón del noroeste de Laos, cerca de la frontera con Vietnam.

Luego, volvieron a jugar, lanzando y golpeando piedras unas contra otras. Cuando fue el turno de Tao Heo, una de las «piedras» explotó en sus manos, matándolo instantáneamente. Lo que había recogido era una pequeña mina antipersonal, mortal legado de la «guerra secreta» que EE.UU. libró contra el comunismo.

Hacia fines de la guerra, en 1973, los aviones de EE.UU. habían sometido a Laos a más de 580.000 bombardeos. Se estima que durante nueve años, las 24 horas del día y a razón de un avión cada ocho minutos, se lanzaron 2.000.000 de toneladas de explosivos, lo que confiere a Laos el triste honor de ser «el país más bombardeado del mundo».

«Durante los bombardeos era imposible comer, dormir, vivir», recuerda Siangtha Nuntha, de 75 años, ex gobernador de distrito. Sentado, con las piernas cruzadas, golpea la mesa con su puño derecho mientras habla, en un vano esfuerzo por no llorar. «Apenas oíamos el ruido de los bombarderos, corríamos a los refugios subterráneos; si estábamos fuera de casa, cogíamos una rama de árbol y tratábamos de protegernos como podíamos».

Una de las municiones no detonadas (MND) más corriente en los suelos de Laos es la llamada «minibomba», artefacto de fragmentación. Otras MND son las grandes bombas, de hasta 1.000 kilos, las granadas de mortero y los obuses disparados por la artillería y los carros blindados.

No todos los proyectiles explotan al impactar el suelo. La munición sin explotar puede representar hasta 30% del total; enterrada o no detectada, seguirá amenazando a los supervivientes muchos decenios después de terminadas las hostilidades. En la actualidad, las MND siguen matando o mutilando a una persona cada dos días, y una alta proporción de las víctimas son niños. En Xieng Khouang, la provincia más afectada, 45% de las víctimas tienen menos de 16 años, cifra aterradora si se considera que los efectos de una explosión en el cuerpo de un pequeño son mucho peores que en una persona adulta.

«El aspecto de algunas MND puede ser muy atractivo para los niños. Por sus formas y colores resultan muy llamativas», dice Kim Spurway, autora de la primera encuesta sobre los efectos de estas municiones en Laos, realizada por la organización Handicap International. Además, los niños no recuerdan los horrores de la guerra, y, a diferencia de los adultos, desconocen el peligro de los objetos que encuentran en el suelo.

 

 

El lucrativo negocio de la chatarra

«Los precios han aumentado más del doble», indica Jonathan Veitch, Director del programa del Grupo de Acción contra las Minas, ONG del Reino Unido. La actividad comenzó a florecer al terminar la guerra, estimulada por la abundancia de MND en el territorio. A mediados de los años 1990 decayó, al ser prohibida por una legislación muy estricta. Posteriormente, ha vuelto a prosperar, sobre todo cuando se hizo sentir la crisis financiera de la vecina Tailandia. En abril de 1998, una operación policial permitió incautar más de 400 artefactos en estado de explotar, probablemente destinados a Vietnam o China, los compradores habituales.

Laos es un país pobre y para el campesino aquejado de hambre, el riesgo de morir o de quedar mutilado no es razón suficiente para dejar de buscar chatarra.

La República Democrática Popular Lao, país sin litoral y con una población de 4.600.00 tuvo un régimen socialista de planificación centralizada hasta la apertura de sus mercados en 1986. A pesar de las reformas económicas hechas desde entonces, sigue siendo uno de los países más pobres, con indicadores que traducen sus dificultades: esperanza de vida, 52 años (como en Mauritania o Sudán); analfabetismo, 45% (igual que en Nigeria ); 6,7 hijos por madre, y una pasmosa mortalidad infantil de 134 por 1.000 nacidos vivos.

El crecimiento demográfico anual de 2,4% agrava el problema planteado por las MND, por cuanto los agricultores se ven obligados a buscar nuevas tierras de cultivo. El aumento de la población también deteriora los servicios sanitarios y de asistencia social, ya sometidos a una demanda excesiva por las consecuencias del ajuste estructural. Las víctimas de las MND, por lo general campesinos pobres, tienen muy pocas posibilidades de obtener la ayuda que necesitan, en el supuesto caso de que logren llegar a un dispensario.

«Las lesiones suelen estar ya infectadas cuando llegan aquí», dice un médico del hospital provincial de Xien Kouang. La dotación de los hospitales es insuficiente, y muchos aldeanos los evitan. Cuando acuden a sus servicios, les cobran precios exorbitantes, por lo cual algunos tienen que vender todos sus bienes para pagar las facturas.

La costosa herencia de las MND

La ingente cantidad de munición no detonada dispersa en el territorio ha hipotecado el futuro del país. La malnutrición se ha generalizado y, ante la imposibilidad de explotar las tierras infestadas de minas, los pequeños agricultores se ven obligados a cultivar lo estrictamente necesario para subsistir. Los proyectos empresariales y de infraestructura se retrasan en espera de la remoción de las MND.

A pesar de esta situación catastrófica, varias ONG y organizaciones internacionales despliegan enormes esfuerzos para paliar las dificultades que suponen la remoción de minas, la financiación de atención sanitaria o la sensibilización sobre el peligro de las MND.

UXO Lao, centro coordinador del Estado lao, administra un presupuesto anual de 15.800.000 dólares para la remoción, pero los expertos dicen que es una gota de agua en el océano, especialmente cuando se piensa en los 2.000.000 de dólares diarios que EE.UU invirtió en la guerra. Otro obstáculo es la falta de instrucciones sobre prácticas de seguridad, que recién comienzan a difundirse. «El problema no desaparecerá de un día para otro. Pasarán por lo menos 100 años antes de poder recuperar todo el territorio, lo que no es económicamente viable. El legado de la guerra secreta de Laos es extremadamente gravoso para el país, uno de los menos desarrollados», afirma Kim Spurway.

Por ahora, la prioridad es limpiar de minas las zonas de mayor riesgo como los terrenos de juego y las plazas de los pueblos. Si se mantiene el ritmo actual, las actividades de remoción podrían terminarse en unos 15 o 20 años. Mientras tanto, las MND siguen y seguirán matando. A comienzos de 1998, un grupo de ocho hermanos y primos de tres a once años perdieron la vida cuando jugaban con «minibombas». La muerte de estas tiernas víctimas recuerda cruelmente que, en otros tiempos, aquí se libró una guerra.

 

Leyla Alyanak
Periodista independiente, reside en Bangkok, Tailandia.



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