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Crisis en los balcanes:
La ayuda no es monopolio de nadie
por Macarena Aguilar |
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Los pueblos de Albania y de la ex República Yugoslava
de Macedonia han demostrado que los ricos no tienen el monopolio
de la ayuda. La mitad de quienes huyeron del conflicto de
Kosovo vive con parientes, amigos o conocidos, y varios miles
más han encontrado refugio en casas de particulares
que decidieron ayudar a quienes no tenían dónde
ir.
«Soy un hombre sencillo, no soy racista ni nacionalista.
He sido inmigrante en varios países, y sé lo
que es dormir en las estaciones de tren por incontables semanas,
lo que es pasar hambre, y lo que significa encontrar un amigo.
Por eso, pensé que debía ayudar a nuestros hermanos
y hermanas kosovares», afirma Ismet Suleimanoski.
Ismet vive en la ciudad de Kicevo, Macedonia, es casado y
tiene tres hijos. Al igual que la mayoría de la gente
de este pequeño país, no tiene trabajo fijo.
Lleva varias semanas de intérprete en la Cruz Roja
y ayuda en la operación de socorro que se ha iniciado
para ayudar a los refugiados que afluyen continuamente. A
pesar de no tener ingresos fijos, en su casa viven sus familiares
de Pristina y de Prisren, 10 personas en total.
«Además de darles techo y compartir la comida,
les estamos ayudando para que arreglen el asunto de los documentos.
Una de las familias tiene amigos en Alemania y piensa irse
para allí», explica Ismet.
Ante esta situación, las Sociedades de la Cruz Roja
de Albania y de Macedonia, con apoyo del CICR y la Federación,
estimaron que la actividad de ayuda prioritaria era distribuir
raciones de víveres y artículos de higiene personal
a las familias que acogen refugiados.
«No debemos olvidar la precaria situación de
casi todas las familias que han acogido a los albaneses de
Kosovo, ni escatimar esfuerzos para aliviarles esa carga y
evitar que surjan tensiones sociales en estos países»,
advierte Pandora Ketri, Secretaria General de Cruz Roja Albanesa.
Las casas de Albania y Macedonia tienen una superficie de
45 a 55 m2, y actualmente, viven en ellas hasta 15 personas.
En muchos casos, ni siquiera se conocen ni saben por cuanto
tiempo tendrán que vivir en estas condiciones, pero
rara vez se quejan.
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Proezas
cotidianas
Imagine que en su familia son cinco y viven en un departamento
de dos dormitorios. De pronto, 18 parientes lejanos golpean
a su puerta y necesitan un lugar donde quedarse. Cuando la
guerra de Kosovo obligó a los habitantes de origen
albanés a huir, esto le sucedió a Vehap Shema,
un constructor de Kukes, al norte de Albania, y a Zelie, su
esposa.
«¿Qué otra cosa podía hacer que
invitarles a quedarse?», comenta Zelie. De la noche
a la mañana, esta madre de tres hijos, se encontró
con ocho niños más bajo su techo.
Este aumento repentino de la familia planteó varios
problemas; por ejemplo, ¿cómo organizar la cola
para que 23 personas usaran el baño por la mañana?
¿Quién podía ducharse cuando hay un sólo
calefón de poco capacidad? ¿Cómo organizar
las comidas? Esto último se resolvió fácilmente:
primero los niños y luego los adultos. Por la noche,
los hombres duermen en los colchones y las mantas dispuestos
en el suelo del salón, y las mujeres y los niños
en los dormitorios.
«Hecho de menos mi casa, mis amigos y mis juguetes»,
se lamenta Artur Susuri, de 12 años. Arbar, su primo
de tres años, fue el único que pudo rescatar
unos de sus juguetes antes de huir. Ahora tiene que compartir
ese cochecito con otros siete niños refugiados.
La incertidumbre del futuro le pesa a todos. «Vehap
y Zelie dicen que podemos quedarnos con ellos todo el tiempo
que nos haga falta, pero para nosotros es imposible quedarnos
aquí para siempre. No tenemos dinero para pagar un
alquiler, y dependemos de la comida que nos dan otros»,
dice uno de los primos. Nadie puede hacer planes para el futuro,
pero todos soñamos con volver a casa».
Ellen Berg Svennæs
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Límites
obvios
En estas circunstancias, la solidaridad puede llegar rápidamente
a sus límites. De ahí que el plan de la Cruz
Roja prevea asistencia no sólo para los refugiados
que seguirán llegando de Kosovo, sino también
para quienes viven con una familia y por una u otra razón,
no pueden seguir haciéndolo.
Los demás refugiados –alojados en centros deportivos,
edificios públicos, o campamentos– son conscientes
de la carga que puede suponer una situación semejante
para el país que les acoge.
«Exactamente, ¿qué pasará con
nosotros ahora?» pregunta Rama Zakiqui, de 28 años,
que llegó con su familia a mediados de abril y está
viviendo en el centro deportivo de la ciudad de Korcë,
Albania, muy cerca de la frontera con Macedonia.
«Incluso si los albaneses quisieran darnos refugio,
difícilmente alguien puede dar lo que no tiene»,
comenta con gran pragmatismo. «No quiero pasarme todo
el día sentado, esperando que alguien me traiga la
comida. Déjenme servirles de intérprete, ayudar
a los voluntarios de la Cruz Roja a descargar los camiones.
Necesito hacer algo por mi gente y contribuir a la solidaridad
que nos han reservado tanto los albaneses como ustedes que
vienen de tan lejos».
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Macarena Aguilar
Ex delegada de información, de la Federación,
en Albania. |
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