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Crisis en los balcanes:
Trepidaciones bélicas
por Gordana Milenkovic |
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“La mayoría se queja de estrés, agudizado
por la estridencia de las sirenas, la ansiedad que crea la
incertidumbre sobre la suerte que han corrido los familiares
durante los bombardeos o los desplazamientos, y el temor del
futuro. Pero también hemos registrado un aumento de
las neurosis graves», afirma Ratomir Petkovic, Jefe
de la unidad psicosocial, de la Cruz Roja de Nis, la tercera
ciudad de Serbia.
Esta unidad fue creada en el ámbito del programa de
la Federación y la Cruz Roja Yugoslava para brindar
apoyo psicosocial a los refugiados procedentes de Bosnia y
Croacia. En un principio estuvo a cargo de voluntarios, pero
desde que comenzaron los bombardeos aéreos de la OTAN
en Yugoslavia hubo que contratar a dos especialistas en psiquiatría
para abordar el creciente número de problemas psicológicos
que aquejan tanto a la población nacional como a los
refugiados.
Petkovic, que lleva 10 años en la Cruz Roja, no tiene
formación de psicólogo pero su manera de relacionarse
con la gente, alentándola y ofreciéndole consejos
oportunos, permiten apreciar fácilmente el efecto aplacador
que tiene en sus perturbados compatriotas. Además,
lidera el grupo de scouts de Nis. Hace algunos años,
él y su joven equipo decidieron colaborar a título
voluntario con la Cruz Roja y, desde entonces han venido pro-porcionando
una ayuda invaluable, distribuyendo ayuda a los refugiados
y organizando programas para entretener a los niños
que viven en los 13 centros colectivos de la ciudad. |
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Los scouts
en acción
Bratislav Maric, estudiante de electrónica y voluntario
de los scouts, repara el techo de una casa que se encuentra
en uno de los barrios de Nis, más dañados por
los bombardeos. «Ayer vinimos a cubrirlo. Hace días
que llueve a cántaros y la gente tiene que reparar
los techos y cubrir las ventanas. Trajimos algunos rollos
de plástico a esta casa y encon-tramos a esta mujer
con sus dos hijos pequeños y sin un hombre que haga
el trabajo pesado, que nos miraba con ojos de impotencia».
En el pobre vecindario industrial de Sliaka, una de las bombas
dejó un cráter enorme que recuerda a los habitantes
la noche de terror en que muchos tuvieron la dicha de escapar
a las piedras y los vidrios que volaban por todas partes.
Natasa, que huyó del conflicto de Bosnia, hurga entre
las ruinas de la casa que alquilaba desde que llegó
a Nis en 1992, ya estaba deteriorada, pero ahora es inhabitable.
Ha venido a recuperar la máquina de coser que le ayuda
a completar su mísero sueldo de maestra. Luego, volverá
a la habitación que le ha procurado la Cruz Roja en
un hotel convertido en refugio.
Otra casa de la misma calle, está llena de recipientes
para recoger el agua que cae del techo, y una pareja de ancianos
mira los escombros de lo que fuera su salón, preguntándose
si lograrán repararlo algún día. Pero
sobre todo, lamentan haber perdido las gallinas que eran su
único medio de sustento. |
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Cuando se vino el cielo abajo
En la casa de al lado vive una familia de cuatro personas:
un hombre de 64 años que parece mucho mayor porque
su cuerpo acusa los rigores de quien siempre ha vivido de
la tierra, su esposa y los dos hijos veinteañeros.
Cuando oyeron los aviones, salieron de la casa. Se quedaron
de pie junto a una pared, protegiéndose la cabeza con
cubos de basura como si sirviera de algo. No obstante, están
convencidos de que fue lo que les salvó la vida mientras
caía una lluvia de piedras a pocos centímetros
de ellos.
Hoy, Petkovic ofrece algunos ejemplos de sabiduría
popular: «No hay nada que no se pueda arreglar con un
poco de yeso y pintura». La gente que lo rodea asiente
con la cabeza y le pide más rollos de plástico
porque aquí puede pasar bastante tiempo antes de que
tengan oportunidad de aplicar el yeso y la pintura. |
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Gordana Milenkovic
Encargada de prensa del CICR en Belgrado. |
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