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« Ya ni znayu. Sale como un gemido, desde
Kali-ningrado en el límite europeo de Rusia, atraviesa
las metrópolis de San Petersburgo y Moscú, serpentea
por los Urales, resuena a través de la nevada planicie
de Siberia, y retumba hasta el Lejano Oriente, en las aldeas
esquimales de Chukotka, en la miseria de Gulag Magadan, en
Kamchatka, tierra de hielo y fuego, donde 34 volcanes activos
hacen pensar en una creación inconclusa.
Ya ni znayu, significa «no sé»,
y cobra cabal significado en el lejano nordeste, donde otrora,
los ciudadanos soviéticos querían ir a trabajar
a toda costa porque en las minas de oro, la administración
pública, y las enormes pesquerías de Kamchatka,
esa península colgante con 400.000 habitantes aguerridos,
se pagaban salarios más altos.
«No sé cómo hago para vivir, no sé
cómo conseguiré la próxima comida, no
sé cómo logro calzar a mis hijos, no sé
si tendremos calefacción el invierno que viene; no
sé, no sé, no sé».
Una doctora lo dice ante una estantería vacía.
No hay medicamento alguno, ni vendas, ni sábanas, ni
mantas. ¿Cómo puede atender a los pacientes?
Ya ni znayu. La cocinera del centro de niños discapacitados
controla su escasa reserva de alimentos. Algo de avena y leche,
unas pocas papas, frijoles. ¿Cómo alimentará
a los chicos? Ya ni znayu.
Los medios de comunicación preguntan cómo se
ha venido gestando este desastre. ¿Sigue habiendo muertes
por inanición?¿Quedan algunos koryak, el pueblo
esquimal indígena? ¿Cómo se ha llegado
a esta escualidez? ¿A qué asirse para escribir
un artículo?
¿Cómo explotar la depresión; la desesperación
serena y arraigada? Una superpotencia está en las últimas
pero se niega a mendigar.
La helada belleza del paisaje corta el aliento. Uno ha viajado
nueve horas, atravesado nueve husos horarios desde Moscú,
y sigue estando en el mismo país. Pero mirando en torno,
los dos volcanes masivos que asoman y se esconden sobre Petropaulousk,
se tiene la sensación de estar en otro planeta.
Ninguna muerte por inanición. Tal vez sea un pequeño
milagro, porque el pasado invierno, se vino abajo la cadena
de distribución, a través de la cual llega el
combustible, los alimentos, los medicamentos y otros artículos
de primera necesidad. Sólo una mínima parte
de los envíos previos al invierno escapó a la
crisis económica de Moscú.
Pero la gente de aquí sabe adaptarse. Se racionó
el carbón y la electricidad, y de alguna manera se
pagaron algunos subsidios a los más vulnerables.
Otras tres horas de viaje por avión, para descubrir
otro camafeo. En un pequeño departamento de las afueras
de Polana (capital de los koryak con sólo 4.000 habitantes,
y el número no cesa de disminuir), Ksenia Kavov, de
33 años, cría sola a sus cuatros hijos porque
su marido falleció hace cuatro años. El presupuesto
de la familia es de 50 dólares mensuales, 10 por cabeza.
Ksenia acaba de instalar un taller de costura para redondear
los ingresos.
«Me alcanza sólo para la comida; debo 4.000
rublos (170 dólares) del alquiler y los servicios del
año pasado. Iré a decirles que no puedo pagar
y tal vez me corten la luz», dice.
Entonces,¿qué hará?
«Ya ni znayu. Gracias a Dios, ya estamos a
finales del inviernos y mis hijos están sanos».
Ana de 13 años, está haciendo los deberes de
inglés, está aprendiendo como se dice melocotón,
banana, manzana, hambur-guesa... Mientras que su madre prepara
la cena: pan sarraceno y mantequilla vegetal. Nadie en la
casa, se da cuenta de la paradoja.
«El invierno pasado fue el peor», recuerda Ana
y sus ojos almendrados brillan con la candidez del niño
que ha vivido una aventura, venciendo la adversidad. «Pero
lo hemos superado y yo voy a estudiar para ser médico».
Ser médico, tal vez como Natasha Yurasova, que regresó
a su Petro-paulousk natal en 1983, acababa de terminar sus
estudios de anestesista, y vino a trabajar en un buen hospital,
bien equipado y bien conservado. Ahora, es testigo de la ruina
del establecimiento; hace nueve meses que no le pagan el salario,
trabaja prácticamente a título voluntario, en
un consultorio decrépito que se viene abajo, donde
no hay medicamento alguno.
¿Por qué se queda?
«Ya ni znayu. ¿Dónde podría
ir? Aquí no hay hospitales privados. Además,
tenemos la obligación jurídica de ayudar a nuestros
pacientes, pero, a veces, resulta difícil hacerlo,
cuando recibimos con atraso un salario que, de todos modos,
ha perdido valor adquisitivo».
Los problemas son pavorosos. La mortalidad infantil está
en aumento, y el índice de natalidad mengua. Quemaduras,
envene-namientos, asfixias, accidentes y, lo más alarmante,
los suicidios también aumentan, sobre todo entre los
jóvenes, indicio de graves problemas sociales. Las
tasas de tuberculosis y de enfermedades de transmisión
sexual han triplicado; el VIH-SIDA, y la drogadicción,
también aumentan. La mortalidad de parturientas es
superior a 70 por 100.000, cuando en Europa occidental se
aproxima a cero. En los seis últimos años, los
casos de anemia en mujeres embarazadas han aumentado más
del doble.
La Rusia «continental» está muy lejos
y Moscú más remota que nunca. De hecho, Kamchatka
ya ha comenzado a girar a occidente y al sur. En las calles,
hay tres coches japoneses por uno ruso, y los cigarrillos
estadounidenses y coreanos tienen la preferencia. Actualmente,
la admi-nistración de la región comercializa
el turismo aventurero (esquí extremo, caza, pesca del
salmón en época de desove) y apuesta por las
vastas reservas de oro, platino y gas natural.
Sin embargo, para muchos, la mejor esperanza son las raciones
de comida de la Cruz Roja, los medicamentos de la Cruz Roja
en el hospital local, la ropa y los zapatos gratuitos de la
Cruz Roja. Si se les pregunta acerca del porvenir, la esperanza,
el desarrollo o la transición, la respuesta es tan
lacónica como previsible: Ya ni znayu.
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