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Regreso a Timor
El trauma de volver

Jean-François Berger

Tras cuatro siglos de colonización e ingentes sufrimientos, Timor Oriental emprende el camino a la independencia. Sin embargo, la población dista mucho de haber alcanzado la tranquilidad y tendrá que superar numerosas dificultades. El regreso y la seguridad de sus habitantes, así como la reconstrucción son prioritarios.
En Dili a las once de la mañana, el sol aprieta pero no merma el entusiasmo del gentío que espera ante el estadio de fútbol desde las primeras horas de la madrugada. Una muchedumbre digna y ansiosa, espera el regreso de los parientes y amigos que tuvieron que huir precipitadamente a Timor Occidental por la ola de violencia que arrasó Timor Oriental en septiembre pasado cuando se anunciaron los resultados del referéndum sobre la autonomía del territorio. En medio de la muchedumbre, Enrique, de 17 años, trata de localizar a Víctor, su hermano mayor, a su madre, a sus tíos y sus primos, que tal vez estén en uno de los camiones procedentes del aeropuerto. Hace tres días recibió un mensaje Cruz Roja en el que se señalaba la presencia de su hermano en Kupang, y desde entonces no ha cesado de buscar información sobre sus familiares interrogando a quienes regresan de Timor Occidental. A su lado una joven que acaba de ver a unos parienteso gesticula o sollozando. Enrique daría lo que no tiene por encontrarse en la misma situación "¿Llega algún otro avión de Kupang esta tarde?" Nadie puede responderle y pronto anochecerá. Resignación y suspiros. Por hoy es todo.

Presentes y ausentes

Al día siguiente por la mañana Enrique ya está en el puerto esperando. A la sombra de los árboles de la costanera la muchedumbre aumenta. El clamoreo de los vendedores callejeros de cigarrillos se confunde con algún que otro bocinazo. Para alejar a los curiosos, los soldados de la fuerza multinacional (INTERFET)1 han rodeado de alambrada de púas el perímetro de acogida de las familias que regresan. Hoy es un gran día ya que el Lambelu, barco de la marina mercante indonesia, fletado por la Oficina del Alto Comisionado de las Naciones Unidas para los Refugiados (ACNUR), acaba de atracar con unas 2.000 personas a bordo. Tras el breve control de seguridad que hacen los militares de INTERFET, los pasajeros llegan con su equipaje a la zona de acogida donde Médecins du Monde ha instalado una tienda de campaña de primeros auxilios en la que también se vacuna a los niños. Un delegado del CICR se hace cargo de dos niños que han llegado solos y que se reunirán con su madre hospitalizada.

Cerca de allí, representantes del ACNUR distribuyen arroz y lona plástica azul. Enrique ve por fin a Víctor en la cola. Víctor lleva un bebe en brazos y con él está su madre, así como el resto de la familia. Para Enrique es como si le quitasen un gran peso de encima. Tiene la sensación de que a partir de ahora, todos los demás problemas son superables. Víctor lo saluda con la mano y sonríe, la primera sonrisa desde hace mucho tiempo.

Abriéndose paso a codazos, Enrique llega a la salida del perímetro, donde se ha apartado la alambrada de púas para dejar pasar a los recién llegados. De pronto, estalla la agitación, un movimiento brusco de tropel, un griterío. Enrique tropieza, se levanta. 

Apenas le da tiempo de distinguir a un joven, tal vez algo mayor que él, que trata de abrirse camino a toda velocidad, perseguido por un grupo que vocifera "¡Milico! ¡Milico!". Cuando llegan a alcanzarlo, lo tiran al suelo a patadas y puñetazos en un torbellino de polvo. Entonces vienen tres soldados brasileños de la INTERFET con ametralladoras y dispersan al grupo agresor. El fugitivo permanece tendido en el suelo con la cara ensangrentada y entumecida. "Alguien lo ha reconocido. Este hombre ha incendiado casas, ¡es un milico podrido!" "¿Quién lo ha reconocido?" pregunta uno de los militares. Silencio total. Los brasileños dispersan a la muchedumbre y se llevan al sospechoso para protegerlo e interrogarlo. Al igual que todos aquellos que la INTERFET mantiene detenidos más de dos días, este hombre, que se ha librado de una buena, recibirá la visita de los delegados del CICR, encargados de verificar el trato que se le ha reservado y sus condiciones de detención.

El CICR está presente en toda la isla y se ocupa principalmente de atención médica, asistencia alimentaria, rehabilitación, reunificación familiar, y visitas a los detenidos por motivos de seguridad. Sus principlaes asociados son la Cruz Roja Indonesia (PMI) de Timor Occidental y varias Sociedades Nacionales presentes en Timor Oriental que en su mayoría colaboran con el hospital general de Dili. Unos 50 delegados extranjeros y 300 colaboradores locales se ocupan de llevar a cabo estos proyectos.

Fuerzas para mañana

Enrique, no sabe qué pensar de estas reacciones que le cuesta comprender. Al igual que tantos y tantos habitantes de Timor, víctimas de la violencia destructora y de las razias perpetradas por el ejército después del referéndum, no puede aceptar la impunidad automática, a pesar de que las autoridades hayan llamado a la calma y la reconciliación. Tampoco olvida a quienes todavía se encuentran en manos de las milicias en Timor Occidental pero no puede impedirse pensar que tal vez la víctima de la golpiza que acaba de ver sea inocente, y que es algo que también hubiera podido pasarle a su hermano Víctor o incluso a él.
De momento, Enrique trata de instalar lo mejor posible a Víctor y a los suyos en un taxi en ruinas que ha conseguido con mucha dificultad a la entrada del puerto franco. "Habrá que hacer dos viajes", decide el tío Eduardo que se queda esperando con el equipaje. Los niños, felices de volver a ver a la familia, no parecen darse cuenta de la destrucción. Pocas casas se han librado del vandalismo. Ante las fachadas destrozadas, entre los escombros, deambulan personas buscando material de recuperación, sobre todo chapa ondulada. Al pasar delante del mercado central, que poco a poco se va animando, el taxista suspira: "Antes el fuego consumía las casas, ahora nos consumen los precios. ¡Tres mil rupias por un poco de jabón para lavar ropa! ¿Se dan cuenta?"
"¿Qué pasó con la casa?" Se aventura a preguntar Víctor sin atreverse a mirar a Enrique.
Enrique calla por un momento y luego responde rápido: "Se llevaron todo. Todo. Quedan sólo las paredes".
"¿También se llevaron las tazas?" pregunta María, su sobrina. "Las tazas, las cucharas, el azúcar, el café. Lo que no se llevaron lo rompieron. Pero hay algo que no pudieron destruir, añade Enrique repentinamente serio.
"¿Qué?", pregunta María intrigada.
La confianza en el futuro.

Jean-François Berger
Redactor de Cruz Roja Media Luna Roja

1 En enero pasado, las fuerzas de mantenimiento de la paz de la Autoridad Transitoria de las Naciones Unidas en Timor Oriental (UNTAT) sustituyeron a las de INTERFET.



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