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Misión riesgosa en el Caúcaso septentrional
Eric Reumann
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Uno de los seis camiones cisterna fletados por el CICR
para abastecer a los residentes de Grozny en 1996.
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La reciente guerra en la República Rusa de Chechenia devastó
gran parte de la región e hizo pedazos la vida de la gente
atrapada en medio de los combates. El Movimiento intensificó
su intervención, liderada por el CICR. Pero, ¿cómo llegar
hasta la víctimas del conflicto? Tras el asesinato de seis
delegados del CICR en 1996 y el secuestro de otro el año
pasado, se optó por la acción a distancia, nueva modalidad
de trabajo que puede llevarse a cabo gracias al personal
local. |
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"Despues de la tragedia de Novi Atagui, a unos 30 kilómetros
al sur de Grozny, y del secuestro de Geraldo, nuestro delegado
médico, algunos querían que nos retiráramos definitivamente
del Caúcaso septentrional y hubo que luchar por quedarse".
Pierre Reichel es un hombre apasionado, casi toda su carrera
de traductor y, luego, de delegado del CICR se ha desarrollado
en zonas de conflicto de la ex Unión Soviética. En la madrugada
del 17 de diciembre de 1996, cuando unos asesinos entraron
en el hospital administrado por el CICR en Novi Atagui mataron
a sangre fría a seis delegados e hirieron a otro mientras
dormían, Reichel cumplía su primera misión allí, antes había
pasado por Tayikistán y Nagorni-Karabaj. Entonces, tanto para
él como para el resto de los colaboradores del CICR en esa
región, comenzó la etapa de "después" de Novi Atagui.
Muy afectado por esta tragedia, el CICR decidió retirar rápidamente
a todos los delegados expatriados de Chechenia, Ingushetia
y Daguestán para trasladarlos a Naltchik, la capital de Kabardino-Balkaria,
a más de 100 kilómetros al este de Chechenia. Debido a las
circunstancias, se suspendieron casi todos los programas.
Siguió un doloroso debate sobre la decisión que debía tomarse.
¿Abandonar a su suerte a las víctimas de la guerra de Chechenia?
En caso contrario, ¿cómo ayudarles sin exponerse a riesgos
desmesurados? "Unos cuantos nos ofrecimos voluntarios
para quedarnos. La discusión para lograr que todos se pusieran
de nuestro lado fue intensa. Estábamos convencidos de que
todavía se podía hacer algo, aunque fuera a distancia",
cuenta Reichel. Poco a poco se fueron disipando las reticencias.
El reducido grupo replegado en Naltchik comenzó a sentar las
bases de una asistencia a distancia.
Una modalidad diferente
Después de los asesinatos hubo que inventar otra modalidad
de trabajo. Los delegados, al no poder desplazarse por el
terreno para identificar obstáculos y problemas, tuvieron
que apoyarse en los 200 empleados locales que el CICR tiene
en la región. Desde entonces, el funcionamiento de las oficinas
en las principales repúblicas del Cáucaso septentrional depende
casi exclusivamente de ellos. La asistencia en las repúblicas
donde se prohíbe el acceso a los delegados pasó a ser terreno
reservado del personal local del CICR en Grozny, Nazran y
Khasaviourt, así como de los miembros de las secciones regionales
de la Cruz Roja Rusa.
A pesar de las dificultades generadas por esta situación,
se logró volver a equipar y aprovisionar a los hospitales
números cuatro y nueve de la capital chechena y organizar
un banco de sangre. Hasta la reanudación de la guerra en 1999,
la estación de pompeo número uno fue la fuente principal de
agua potable de Grozny, ya que cada día abastecía a más de
20 000 habitantes con 1.600 metros cúbicos de agua. Gracias
a unas 20 panaderías administradas por la Cruz Roja Rusa,
que cuentan con el apoyo del CICR, los habitantes más pobres
de las ciudades principales de Chechenia -en su mayoría inválidos
y rusos jubilados sin ningún apoyo familiar- recibieron una
hogaza de pan todos los días.
En Ingushetia se estableció un sistema similar y la Cruz
Roja distribuye pan a las personas desplazadas. Las enfermeras
a domicilio de la Cruz Roja Rusa pudieron seguir trabajando
hasta el pasado mes de septiembre, cuando volvieron a estallar
las hostilidades; centenares de personas enfermas e inválidas
recibieron atención médica competente en su propio hogar.
Debido a la ausencia de delegados expatriados, los empleados
locales tuvieron que encargarse de explicar la nueva función
del CICR en la región. No cabe duda de que se sienten orgullosos
de haber asumido esta tarea, pero al mismo tiempo reconocen
la dificultad. "Era más fácil cuando los delegados estaban
aquí. Siempre existía la posibilidad de remitirse a ellos
y la gente discutía menos sus decisiones. A mí me gustaría
mucho que volvieran", afirma Tamerlan Tsougaev, encargado
del parque de vehículos de la oficina de Grozny. La mayoría
de los empleados locales comparte su opinión.
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Actividades del CICR en aumento
El 30 de marzo, Jakob Kellenberger, Presidente del CICR,
fue recibido por Vladimir Putin, Presidente de la Federación
de Rusia. En este encuentro se sentaron las bases de una
ampliación de las actividades de la Institución en Chechenia
y en cooperación con la Cruz Roja Rusa. Desde entonces se han
llevado a cabo varias encuestas, entre otros, en Gudermes y
Grozny, para luego proporcionar asistencia médica y
distribuir suministros de socorro. Asimismo, se ha iniciado un
programado de visitas a los detenidos a raíz del conflicto.
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El gran dilema
En mayo de 1999, El secuestro de Geraldo Cruz Ribero, delegado
médico, volvió a alterar el orden. La seguridad relativa que
sentían los delegados en Naltchik resultó ser un espejismo
y el personal expatriado se redujo considerablemente. Entonces,
volvió a plantearse con renovado vigor el debate sobre el
sentido de la labor humanitaria en el Cáucaso septentrional,
donde diversos grupos no tienen respeto alguno por el personal.
Asimismo, la degradación cada vez más evidente de la situación
indicaba que el conflicto podía volver a estallar de un instante
al otro y, por lo tanto, la presencia humanitaria sería aún
más necesaria. También en este caso, la preocupación por socorrer
a las víctimas fue más fuerte y llevó a los delegados destacados
en Naltchik a aceptar drásticas medidas de seguridad. Por
ejemplo, el personal se volvió a reducir, actualmente quedan
solo seis delegados expatriados y la policía los acompaña
en todos sus desplazamientos. De hecho, éstos se limitan estrictamente
a los trayectos entre la oficina y la residencia, y a las
indispensables visitas en el terreno. Se acabaron las veladas
en casa de amigos o conocidos.
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Cuidados a domicilio en
Kabardino-Balkaria
Tres toques rápidos a la puerta y después: "Philippa
Antonina, Philippa Antonina, tiene visita". Un largo
silencio, pasos furtivos, la puerta se entreabre y aparece
un rostro arrugado, coronado de un mechón de pelo plateado.
La enfermera Zoya Pavlova entra y toma inmediatamente del
brazo a la frágil anciana para ayudarla a volver al único
cuarto del exiguo departamento. En un rincón hay una cama
de metal y cerca de la ventana una mesa y una silla. Esta
vivienda más que modesta, casi pobre, es el hogar de Philippa
Serebakova, bióloga jubilada de 90 años. Zoya Pavlova la visita
y la atiende en el ámbito del programa de enfermeras a domicilio
de la Cruz Roja de Kabardino-Balkaria, república del Caúcaso
septentrional, a poco más de 100 kilómetros al este de Chechenia.
Cada una de las 12 enfermeras atiende a 15 pacientes. Se trata
de un programa financiado por el CICR, pero su organización
está en manos de Nina Lisenko, Presidenta de la sección local
de la Cruz Roja Rusa. "A raíz de la crisis económica
y social, muchos ancianos no pueden contar con la ayuda familiar",
explica Zoya. Esta carencia es un indicio que habla por sí
solo del deterioro de la región, donde la ayuda entre miembros
de la familia es una tradición sagrada.
Sin Zoya, la anciana no podría vivir; trató de ir a vivir
con su hermano y su familia en Stavropolski Kraï, pero él
está ciego y en su casa el servicio está al final del jardín,
bien lejos. Entonces decidió volver a Naltchik y contar con
la ayuda de Zoya. Lidiya Antchekova, la enfermera jefe que
acompaña a Zoya en su visita, le pregunta qué opina de los
servicios que se le prestan: "Todo va muy bien. Me encantan
las visitas de Zoya Dimitrievna", dice con entusiasmo
Antonina. Es evidente que para la anciana, confinada en su
habitación, la conversación reviste tanta importancia como
los cuidados prodigados por la enfermera. Al mismo tiempo
que habla con su paciente, Zoya toma su brazo izquierdo. "Este
lado está paralizado y trato de ayudarla con masajes".
Llegado el momento de irse, Zoya acaricia tiernamente el rostro
y el cabello blanco de la anciana que parece estremecido por
un soplo. "Se lo lavé ayer", dice con orgullo la
enfermera. Entonces, Zoya y Lidya se van a visitar a otros
dos pacientes: Tatiana Ingnatenko de 87 años, y su hijo Vladimir,
amputado de una parte de cada pie debido a la helada. Muchos
otros también esperan la visita de Zoya, de Lidya y de las
demás enfermeras del Servicio de Caridad de la Cruz Roja de
Kabardino-Balkaria.
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Protección personal
Además, el rápido deterioro de la situación (Daguestán en agosto, y Chechenia
a principios de septiembre) modificó radicalmente las prioridades,
aunque la cuestión de la seguridad seguía siendo una preocupación
constante.
La llegada a Ingushetia de más de 250.000 civiles provocó
una emergencia humanitaria que requería una intervención inmediata.
A finales de octubre, la crueldad de la guerra y el saqueo
de la oficina de Grozny obligaron al CICR a cerrarla y evacuar
al personal checheno a Nazran. Durante uno de estos viajes
en dirección de Ingushetia, los vehículos con el emblema fueron
atacados: dos colaboradores de la sección chechena de la Cruz
Roja Rusa perdieron la vida y otro resultó herido. A pesar
de las grandes dificultades creadas por el conflicto, el CICR
logró organizar rápidamente una operación de asistencia destinada
a más de 100.000 personas desplazadas. Además, desde octubre,
cinco hospitales de la región recibieron material médico para
atender a unos 1.000 heridos.
Paradójicamente, la decisión tomada a raíz del secuestro
de Geraldo, es decir, hacerse acompañar por guardias armados,
ha permitido que los delegados expatriados puedan desplazarse
con relativa libertad por la región y estar presentes en Ingushetia.
Actualmente, Pierre Reichel y sus compañeros van varias veces
por semana a Nazran para reunirse con sus colaboradores locales.
Incluso se ha acostumbrado a la presencia de los policías.
"Me llevó algún tiempo comprender que no soy yo que debo
ver lo que hacen, sino ellos que no deben perderme de vista",
explica.
Cuando inspecciona la reconstrucción de los lugares de distribución
de agua instalados cerca de los vagones de tren donde viven
las personas desplazadas cerca de Karaboulak, la verdad es
que no hace mucho caso de sus ángeles de la guarda. Lo único
que le interesa es encontrar un lugar para las duchas que
se ha previsto instalar cerca del campamento. El conflicto
se eterniza y el problema de la higiene cobra una importancia
vital.
Lo curioso es que los chechenos que llegan a hablar con él
no están asustados por la presencia de hombres armados. Se
han acostumbrado desde hace mucho tiempo, demasiado, a todo
tipo de milicias. Además, saben perfectamente que los extranjeros
corren peligro y tienen que protegerse. Las autoridades de
Ingushetia consideran un deber interceptar a todo extranjero
que llega a su territorio, ya se trate de periodistas o miembros
de organizaciones humanitarias, para asignarles guardaespaldas.
A pesar de los riesgos, esta presencia internacional sigue
siendo necesaria.
Felizmente, no habrá una catástrofe humanitaria como la que
habían previsto las autoridades inguches cuando tuvieron que
hacer frente a la enorme cantidad de civiles chechenos, apiñados
frente a los puestos de control de la república. Aún así,
los problemas siguen siendo graves y numerosos. Muchos refugiados
padecen de pulmonía y de tuberculosis.
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El éxodo
Para huir de su suerte y de la miseria de los alojamientos provisionales
y atestados, un número cada vez mayor de personas desplazadas
dirige la mirada hacia otras regiones de Rusia donde viven
familiares. La región de Stavropol, en particular, recibe
a muchos chechenos, lo que crea nuevas dificultades. Para
asistir a estas víctimas desplazadas y dispersas de la guerra
de Chechenia, la Cruz Roja Rusa y la Federación Internacional
de la Cruz Roja y de la Media Luna Roja han creado una red
de puntos de distribución en las regiones limítrofes de la
zona de conflicto; dicha red forma parte del programa de la
Federación para quienes ha vuelto a Rusia tras el derrumbe
de la Unión Soviética.
Los chechenos que permanecen en Ingushetia de momento no
parecen tener prisa en volver. Algunas familias envían de
vez en cuando a uno de sus miembros para ver lo que ha pasado
con su casa, pero el temor y la incertidumbre siguen siendo
demasiado grandes como para corren el riesgo de retornar al
hogar. Es evidente que para las organizaciones humanitarias
que trabajan en la región, el verdadero reto recién comenzará
cuando desaparezca este temor.
Un futuro difícil
De una manera u otra, habrá que prestar ayuda a esta república devastada.
Por ahora, los empleados locales de la oficina de Grozny,
replegados en Nazran, han iniciado las primeras misiones de
evaluación en Chechenia. Se trata de un primer paso pero urge
establacer un programa de asistencia y de rehabilitación que
tenga en cuenta los imperativos de seguridad dictados por
la amarga experiencia de estos tres últimos años. El problema
reside en que la situación dramática que vive la población
civil en Chechenia y la notoriedad que le han dado los medios
de comunicación han vuelto a despertar el interés de numerosas
organizaciones humanitarias y donantes por esta región. A
pesar del peligro, todos quieren ayudar a las víctimas y se
corre el riesgo de que ese afán desemboque en otras tragedias.
Por el momento se han reanudado el programa de enfermeras
a domicilio y el programa de panaderías.
Habida cuenta de todas estas cuestiones de seguridad, es
muy probable que el equipo de delegados expatriados del CICR
siga siendo reducido en el Cáucaso septentrional y que a pesar
de sus reticencias y de sus esperanzas, los empleados locales
tengan que seguir asumiendo arduas tareas. Al terminar una
entrevista, uno de ellos exclamó: "De todas maneras,
seguiremos. Al fin y al cabo, es nuestro país, no el suyo".
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Eric Reumann
Delegado de información del CICR en Moscú.
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