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"El agua llegó durante la noche. Cuando nos despertamos,
vimos nuestros enseres flotando alrededor de nosotros"
contaba una familia de Chokwe, provincia de Gaza, donde las
aguas desbordadas del río Limpopo alcanzaron la altura de
la cabeza. Se trata de una de las miles de familias de las
provincias de Sofala, Gaza y Inhambane que perdieron todo
tras las lluvias torrenciales y el ciclón de febrero.
Las inundaciones destrozaron casas, escuelas, cosechas y
clínicas. Según estimaciones gubernamentales, 4.500.000 personas
resultaron damnificadas, aproximadamente 27% de la población
del país; unas 540.000 fueron desplazadas y, a principios
de mayo, 800.000 seguían necesitando asistencia.
Al subir, las aguas arrancaron los carteles que indicaban
los campos de minas y desenterraron las minas colocadas durante
la guerra civil de Mozambique, que duró 16 años. Años de esfuerzos
para proteger a las comunidades rurales de este peligro insidioso
fueron destruidos, contribuyendo al horror y creando un nuevo
peligro para el futuro.
A principios de febrero el gobierno de Mozambique declaró
la situación de catástrofe nacional y comenzó una operación
de salvamento en las zonas afectadas por las inundaciones
en la provincia de Maputo. El Instituto Nacional de Gestión
de Catástrofes (INGC) coordinó las operaciones de socorro
con la Cruz Roja de Mozambique, que aportó asesoramiento.
Centenares de voluntarios de la Cruz Roja fueron a las zonas
damnificadas para ayudar a rescatar a las personas varadas,
organizar campañas públicas de educación para la salud, administrar
primeros auxilios y distribuir material de emergencia y cloro
para purificar el agua. "Desde luego los voluntarios
son fantásticos. No hay nada que sea imposible para ellos.
Hablan del poder de humanidad y aquí lo tenemos", dice
con entusiasmo Don Atkinson, Delegado de la Cruz Roja Australiana,
especializado en suministro de agua y saneamiento.
Ayuda de todas partes
La Sociedad Nacional organizó una campaña de solidaridad que recibió un apoyo
extraordinario de la gente; hacia el 5 de marzo se habían
recaudado 300.000 dólares.
Los alumnos de la escuela Força do Povo de Hulene,
a las afueras de Maputo, distribuyeron ropa y alimentos a
más de 240 familias desplazadas instaladas en el patio de
recreo.
"Al principio creíamos que se quedarían sólo unos días,
pero ya llevan semanas aquí. Por lo tanto, los niños decidieron
ayudar dándoles lo que podían, a pesar de que ellos mismos
no tienen gran cosa", cuenta un maestro.
En marzo, tras el llamamiento del Presidente Joaquim Chissano,
solicitando ayuda internacional, y las imágenes dramáticas
transmitidas por televisión en las que se veía a tripulantes
de helicópteros sudafricanos exhaustos recogiendo a personas
refugiadas en los árboles, los gobiernos y los donantes empezaron
a reaccionar. Cuando por fin comenzó la operación de ayuda
internacional cundió el caos. La mala coordinación, la falta
de espacio en los locales de almacenamiento, las carreteras
borradas y los puentes destruidos contribuyeron a que la distribución
de la ayuda a las personas desplazadas fuera una pesadilla
logística.
La Federación Internacional envió un grupo de trabajo a
Maputo para ayudar a la Cruz Roja de Mozambique en las tareas
de coordinación, logística, transporte, ayuda de emergencia
y telecomunicaciones. En muy poco tiempo, 20 Sociedades Nacionales
se sumaron a la operación de socorro con sus propios delegados
y material.
Debido a la presencia de tantas ONG, tantas brigadas militares
de búsqueda y rescate, y tantos socorristas, la confusión
y la duplicación de actividades fueron prácticamente inevitables.
El gobierno y la Cruz Roja de Mozambique tuvieron la impresión
de que la situación les escapaba de las manos y que se les
pasaba por alto.
No obstante, el INGC fue recuperando el control poco a poco,
consolidando su función coordinadora, organizando sesiones
de información diarias para la prensa y los representantes
de organismos de asistencia humanitaria y estableciendo un
sistema de acreditación para las ONG.
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