Volver a la página principal de la revista


Valor ejemplar
Iolanda Jaquemet


Janvier Buuma con Hafashimana.
Los combates en la República Democrática del Congo (RDC) han desestabilizado el país y han dado lugar a importantes movimientos de población para huir de la violencia. Entre quienes ayudan a los más vulnerables atrapados en la espiral del conflicto figuran los socorristas de la Cruz Roja, héroes anónimos que salvan vidas arriesgando la suya.
La tarde en que Janvier Buuma cayó en una emboscada en la selva de Masisi, pensó que había llegado su última hora. Había muchos "salvajes", como llama a los integrantes de las bandas armadas que sembraron el terror y la muerte en la parte oriental de la RDC. El incidente tuvo lugar cuando, junto con otro voluntario de la Cruz Roja, acompañaba a cuatro niños ruandeses a Goma, la capital de la provincia de Kivu. Huelga decir que iban a pie. "Nos dijeron que dejáramos caer todo y nos sentáramos", recuerda Janvier. "Aproveché la oscuridad y un montón de piedras que quedaban de un desprendimiento de rocas para escapar. Su compañero le siguió, bajo una ráfaga de balas de los agresores, y sufrió una herida superficial en la cabeza. Tan solo el mayor de los niños logró escapar con ellos. "Los otros eran menores de 10 años y nunca supe qué fue de ellos", comenta Janvier.

Eso fue en febrero, y desde entonces vive atormentado por el remordimiento, pensando en aquellos niños que había recogido y vuelto a perder. Ahora, cada niño que acompaña a Goma es como una compensación por los que le arrebataron. Hoy se trata de Hafashimana. El muchachito dice que tiene 12 años, pero su cara y su mirada inquietante son las de un anciano que lo ha visto todo. Su cuerpo deforme es apenas de la talla de un niño de seis años. Hace dos años cayó en un pozo profundo al huir de los asesinos de Masisi. La terrible fractura que le causó la caída nunca fue tratada y ahora camina apoyándose únicamente en la pierna izquierda y la derecha, marchita, está enrollada en un tosco palo.

Hafashimana es ruandés y desde el genocidio de 1994 su vida ha sido una sucesión de tragedias. Su padre fue apaleado hasta la muerte en 1996, su madre murió de paludismo, sus hermanos menores fueron asesinados por soldados y él tuvo que huir a la selva ecuatorial de la RDC. Luego, lo acogió una familia hasta el día en que Janvier lo encontró en una aldea en Masisi. Esta tarde, el CICR lo llevará a un hogar infantil de Goma donde se quedará mientras buscan a sus familiares en Ruanda. De no encontrar ninguno será enviado a un orfanato.

Los mensajeros del río Congo

La red de carreteras en las vastas extensiones de este país siempre ha sido más una pesadilla logística que una vía pública practicable, especialmente durante la temporada de lluvias cuando las carreteras de tierra se llenan de pozos. Los conflictos del decenio de 1990 hicieron el resto. La mayoría del personal extranjero que trabaja para organizaciones humanitarias pocas veces se aventura fuera de las ciudades, a no ser por vía aérea para llegar a otro lugar más o menos "seguro". Este término no se aplica del todo a Kisangani, capital de la Provincia Oriental que tiene casi 1.000.000 de habitantes, y donde desde agosto de 1999 hubo varios combates. Desde la oficina del CICR, Alexandre Liebeskind, con la ayuda de unos 100 colaboradores locales, ha creado una red de búsqueda, que lleva funcionando desde finales de 1999 y se va extendiendo gradualmente. Para cubrir el inmenso territorio al norte y al oeste de Kisangani, voluntarios de la Sociedad Nacional se pasan el testigo (mensajes de Cruz Roja o niños no acompañados) unos a otros en el transcurso de un trayecto épico de más de 1.000 kilómetros. Se desplazan en bicicleta y barco, de Zongo, ciudad en la frontera con la República Centroafricana, a Gbadolite, otrora bastión de Mobutu. Luego viene la bajada a Lisala donde se embarcan hacia Bumba en el Río Congo, después el "tren" (en realidad un camión sobre ruedas de tren que sigue las viejas vías de la época colonial), y otra vez la bicicleta hasta Kisangani. La bicicleta es esencial. Uno de los voluntarios que trabaja con Alexandre Liebeskind es un ciclista experto que hace el trayecto de Kisangani a Buta, 400 kilómetro al norte, en tres días. "Lleva haciéndolo desde hace un año. ¡Y funciona!" El recorrido a través de la selva ecuatorial exige tanto como cualquier etapa de montaña del Tour de France pero conlleva más riesgos y las proezas no reciben publicidad alguna.


Kinshasa: Socorristas de la Cruz Roja prestan asistencia a los repatriados que se dirigen a Brazzaville.

 

Contra viento y marea

Hafashimana, que tiene dificultad para ponerse en cuclillas, comienza a beber a sorbos un tazón de leche caliente. Janvier prosigue: "Mi profesión de maestro de primaria, que ejercí durante siete años sin recibir remuneración, fue una gran decepción". El pequeño negocio de venta de pescado salado que había instalado su mujer con un "un capital de 30 dólares", no rendía lo suficiente como para dar de comer a sus tres hijos. Por consiguiente, a los 30 años decidió seguir el curso de formación de socorrista de la Cruz Roja organizado por el CICR. Los 35 dólares mensuales que le paga la organización le ayudan a "mantener a flote la familia".

Janvier atraviesa una y otra vez los campos de la muerte de Masisi, que se extienden al oeste de Goma, llevando mensajes de la Cruz Roja o acompañando niños. Junto con su colega, entre enero y mediados de abril recuperaron a 12 chicos y "encontramos a muchos otros dispuestos a seguirnos". A veces, camina de un trecho hasta 30 kilómetros por día, de lunes a sábado, bajo el sol ardiente o por el barro, por caminos estrechos y empinados, en los que "arriesga la vida", como lo demuestra el incidente de febrero. Si es necesario, Janvier no duda en llevar a los niños en brazos; caminó kilómetros cargando a Hafashimana sobre su espalda hasta llegar a un camino accesible en coche, desde donde hizo autostop hasta Goma.

Canalizar la buena voluntad

Así trabaja la Sociedad Nacional, con poquísimo dinero y sostenida por actos de heroísmo cotidiano que pasan desapercibidos. En el decenio de 1990, las ondas de choque dañaron seriamente la capacidad de la Sociedad Nacional de actuar en calidad de entidad única en un territorio que ahora ha sido dividido, pero todos los socorristas se pusieron en acción. Más de 20 murieron en el conflicto de 1996-1997, en muchos casos, tratando de proteger la vida de refugiados.

Quienes vienen de fuera se sorprenden de esta costumbre de "ir al frente" sin mirar atrás. "¡Apenas dos días después de que estallara el conflicto entre grupos étnicos en Bunia, en el verano de 1999, recibí un informe detallado del secretario de la sección local de la Cruz Roja con el recuento de los cadáveres enterrados por voluntarios en plena selva!" comenta admirado Philip Spoerri, jefe de la misión del CICR en Goma.

En 1997, el CICR inició un programa de formación para ayudar a la Sociedad Nacional momentáneamente despojada de sus medios por el conflicto. Desde finales del año pasado, se dan cursos de formación para delegados de difusión, socorristas, encargados de búsqueda, y evaluadores, que son "los brazos y las piernas" del CICR, ya que nadie conoce el terreno como ellos. Hoy en día, tan solo en la mitad oriental del país, la Cruz Roja tiene una red de 24 secciones y 38 subsecciones donde, para miles de congoleños aislados del mundo exterior, Janvier Buuma y otras personas como él son el único vínculo con el resto de la humanidad.

Iolanda Jaquemet
periodista independiente, residente en Ginebra.



Arriba | Contáctenos | Créditos | Revista actual | Webmaster


© 2000 | Copyright