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Ser soldado no
es un juego

Jessica Barry


Combatientes o desplazados por el conflicto, los niños necesitan ayuda para reanudar una vida normal.
Según estimaciones de Human Rights Watch, unos 300.000 niños combaten en los conflictos armados de más de 30 países. La mayoría fueron obligados a enrolarse. Una vez que termine el conflicto, ¿cómo se reintegrarán estos niños en la comunidad? Para la Cruz Roja Mozambiqueña, el juego es un medio idóneo.
Alfredo, un chico que había sido raptado, le contó a Neil Boothby, del Comité de Refugiados de los Estados Unidos, lo que sigue: "Me llevaron a su campamento de base … Tenía un rifle. El jefe me enseñó a utilizarlo. Me dio una paliza. Tenía un arma para matar. Maté a personas y a soldados. No me gustaba..."

Después de los conflictos armados, los niños necesitan mucho apoyo psicológico y práctico. En el caso de los niños soldados, es vital que reciban asesoramiento y asistencia para poder reunirse con su familia y retornar a su comunidad. Ahora bien, puede ser contraproducente aislarlos para darles atención especial. Fue una lección que el personal de la Sociedad de la Cruz Roja de Mozambique (SCRM) aprendió rápidamente, cuando en 1992, un acuerdo de paz puso término a 16 años de guerra civil en su país.

Método basado en la comunidad

"Medios de comunicación internacionales, psiquiatras, y otros expertos médicos occidentales, se concentraron en un grupo de niños que habían sido soldados y vivían en una institución", recuerda Frieda Draisma, que dirige los programas sociales de la SCRM en Maputo. "Estos adolescentes traumatizados tenían la sensación de que se les individualizaba como casos de estudio, lo que fue muy perjudicial".

Esta experiencia negativa incitó a la SCRM, al Ministerio de Educación y al Ministerio de Coordinación de la Acción Social a replantearse los programas de rehabilitación para niños afectados por la guerra. Se juzgó que la mejor manera de evitar que fueran marginados o estigmatizados era reintegrar a las niñas y los niños soldados a su familia y comunidad, en lugar de enviarlos a instituciones.

Por lo tanto se adoptó un método basado en la comunidad, que englobaba a dirigentes de pueblos e iglesias, docentes, curanderos tradicionales y colaboradores de la Cruz Roja. Los curanderos desempeñaron un papel fundamental en el proceso de rehabilitación. Puesto que se les considerada un vínculo entre las comunidades y los espíritus guardianes de los antepasados, organizaron ceremonias de purificación para librar a los niños de su pasado. Estas ceremonias fueron determinantes para que se aceptara el regresos del niño a la comunidad. Las familias rurales se encargaban de que cuando sus hijos volvían participaran en estos rituales que comprendían tomar medicamentos, bañarse en agua con hierbas especiales, inhalar humo de raíces ardientes y períodos de aislamiento. Los dirigentes eclesiásticos cumplieron la misión de hacer hablar a los niños de su experiencia ante la congregación o ante un grupo de ancianos de la iglesia, lo que fue una manera de restablecer contacto con su comunidad por conducto de la confesión.

A raíz de los millones de personas desplazadas por la guerra, no fue tarea fácil. Mediante una vasta operación de búsqueda, la SCRM, junto con el CICR, el departamento de bienestar social del gobierno y varias ONG, reunieron con su familia a decenas de miles de niños soldados y otros niños traumatizados por la guerra.

Protección internacional

Aunque el Protocolo facultativo del Convenio sobre los Derechos del Niño de las Naciones Unidas impone condiciones a la participación de adolescentes en el combate activo, es improbable que se pueda impedir el reclutamiento forzoso o el rapto de soldados menores por grupos rebeldes e incluso ejércitos regulares. Afganistán, Angola, Colombia y Sierra Leona son algunos ejemplos del poco caso que se hace de la edad legal mínima (15 años) de reclutamiento en el ejército. La proliferación de armas automáticas livianas y baratas permite que hasta niños pequeños pueden manejarlas con facilidad.

Abundan pruebas de que los jóvenes reclutas, chicas y chicos, son torturados, reciben un entrenamiento de choque o se les obliga a cometer atrocidades, en muchos casos contra su familia, para condicionarlos a servir en el frente. También se acostumbra drogarlos antes de que vayan a combatir para darles "valor". Otros sirven de mensajeros, cocineros o espías. Muchos son objeto de vejaciones sexuales. Todo ello haciendo caso omiso de la protección especial que confieren a los niños en tiempos de guerra, los artículos 38 y 39 del Convenio sobre los Derechos del Niño y no menos de 25 artículos de los Convenios de Ginebra y sus dos Protocolos Adicionales de 1977.

Curación mediante el juego

Los trabajadores sociales de la SCRM dándose cuenta de que la risa y la escenificación son dos elementos vitales de todo proceso de curación, establecieron en 1993 un ambicioso programa denominado Brincar Curando. La meta del proyecto era sencilla: lograr que los niños afectados por la guerra y la violencia recobraran el amor propio y la confianza en sí mismo, utilizando el juego y el trabajo en grupos para ayudarles a superar las malas experiencias.

En el ámbito de Brincar Curando se recurre a la danza, el teatro, las marionetas, el dibujo, los cuentos, el deporte y otros juegos. En el libro infantil escrito para el proyecto, intitulado O Macaquinho Zangado (El monito enfadado), el protagonista se ha propuesto no mostrar su temor a nadie. Sueña con ser como el león, que parece no tener miedo a nada ni a nadie. El león explica que el miedo es como una enfermedad que debe ser vencida. El mono emprende la tarea de vencer el terror y se hace amigo de los demás monos.

El proyecto comenzó en seis provincias y luego se fue ampliando a otras. Voluntarios de la Cruz Roja, algunos de los cuales habían sido niños soldados, recibieron formación sobre los principios y métodos de trabajo y dirigieron diversas actividades. Fue tanto una terapia para ellos como para los demás participantes. Inicialmente destinado a niños de hasta 12 años, el límite de edad fue aumentando a medida que el programa daba resultado para que también participaran los jóvenes. Miembros de la familia, curanderos, dirigentes eclesiásticos, y dirigentes de comunidades participaron en el programa cada vez que fue posible.

Sin embargo, en muchos casos los resultados tardaron en llegar. Rosa, joven madre e instructora del proyecto, describe su labor con un niño de 10 años traumatizado por el conflicto.

"Era agresivo y le pegaba a los más pequeños. Cuando le preguntamos por qué, contestó que no sabía. No podía hablar con él en presencia de otros pero cuando estaba solo trataba de acercarme a él. Al principio se escapaba. Después le llevaba algo de comer y le llamaba. Le llevó un mes dejar de tenerme miedo".

Violación de los derechos humanos

En su informe para las Naciones Unidas sobre la incidencia de la guerra en los niños, Graça Machel, ex Primera Dama de Mozambique, escribe: "La guerra viola todos los derechos del niño, el derecho a vivir, el derecho a estar con su familia y su comunidad, el derecho a la salud, el derecho al desarrollo de la personalidad y el derecho a ser cuidado y protegido."

Con la firma del acuerdo de paz en 1992, Mozambique dio la espalda a una guerra que había violado todos esos derechos, y lo había convertido en el país más pobre del mundo. Hoy, tras ocho años de paz y de progreso económico, es uno de los raros éxitos de África. Principalmente, porque se han formulado políticas para velar por el bienestar de los niños en peligro, reconociendo sus derechos tanto en tiempos de paz, como en tiempos de guerra.

Jessica Barry
Funcionaria de información del Servicio 
de prensa de la Federación.



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