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Voluntariado en Azerbaiyán
Jody Martin

Una comida sana dos veces por semana aporta sustento y ánimo a los ciudadanos desposeídos, aislados, enfermos y ancianos de Sabirabad.

En mayo de 1999, Jody Martin acompañó a su esposo a Azerbaiyán en una misión de la Federación y la pobreza y la miseria que encontró la consternaron. Su iniciativa de crear un proyecto para ayudar a los grupos más vulnerables, junto con voluntarios de la Sociedad de la Media Luna Roja de Azerbaiyán, aportó alivio y un nuevo sentimiento de pertenencia comunitaria.

Me habían advertido que la situación era calamitosa. Aún así, cuando llegué a Azerbaiyán quedé impresionada por el terrible contraste entre mi país, Nueva Zelandia, exuberante y próspero, y la escasez y desesperación que cundían en el país que iba a ser mi hogar durante doce meses. Mi esposo, que había sido nombrado jefe de la subdelegación de la Federación en Sabirabad, se ocupaba de administrar siete campamentos donde vivían 33.000 personas desplazadas por el conflicto de Nagorno-Karabaj. El conflicto entre Armenia y Azerbaiyán por este enclave comenzó en 1988 y todavía sigue sin resolver, por lo que las personas desplazadas siguen en espera de poder volver a su hogar.

Ahora bien, no sólo los desplazados se han visto duramente afectados por este prolongado conflicto sino también los residentes, porque la depresión económica provocó el deterioro del sistema de bienestar social. Además, unos y otros tenían que adaptarse a los cambios profundos que conllevó el derrumbe de la Unión Soviética. El nivel de desempleo había aumentado drásticamente y la corrupción era corriente. Lo más asombroso era la cantidad de hombres, jóvenes y viejos, que deambulaban por las calles, sin trabajo, sin dinero para comprarse un periódico ni una taza de té o café. La desesperación era palpable.

Gestación de una idea

Los desplazados ya recibían asistencia de la Federación y de otros organismos de socorro, pero el resto de la población recibía poco o nada. Aunque el personal de la sección local de la Sociedad de la Media Luna Roja de Azerbaiyán estaba preocupado por el problema, no veía cómo resolverlo y era consciente de su falta de capacidades de organización y coordinación, coartadas durante el período soviético cuando se desalentaba la iniciativa y la gente temía el fracaso. Deseosa de hacer algo, me dirigí al Centro Regional de la Media Luna Azerí, de Sabirabad y juntos llegamos a la idea de distribuir comida caliente y alimentos básicos a las personas "más vulnerables" de la ciudad.

Comenzamos por tratar de ver dónde había mayor necesidad. En el centro regional tenían contacto con muchas personas vulnerables por conducto del programa de enfermeras a domicilio financiado por la Federación. Muchos beneficiarios de este programa eran ancianos que vivían solos. Algunos estaban postrados en la cama, otros sufrían de algún tipo de invalidez, pero todos vívian solos en la mayor indigencia.

En muchos de los hogares que visitamos hacía frío y había mucha humedad, no tenían nada para decorar las paredes y el estricto mínimo de muebles, es decir una cama, a veces los niños dormían en el suelo, una que otra manta, algunos utensilios de cocina y una cocinilla de petróleo para cocinar y para calentarse. En invierno muchos niños se quedaban en casa porque no tenían suficiente ropa de abrigo para salir y en las aulas no hay calefacción.

 

Manos solidarias

El paso siguiente era crear un equipo de voluntarios para ayudar a preparar y distribuir las comidas. Por ese entonces ya era voluntaria oficial de la Media Luna Roja de Azerbaiyán y para contar con más manos solidarias, invitamos a los jóvenes que asistían a cursos de inglés y de primeros auxilios en el Centro Regional a que nos ayudaran en el proyecto. Los jóvenes desempleados también eran terreno fértil para encontrar voluntarios. Aunque hubieran preferido encontrar un empleo remunerado, el hecho de ser voluntarios de la Media Luna Roja por lo menos les daba un objetivo y era una manera de ocupar las horas "libres".

Nos instalamos en la cocina de la madre del coordinador de la juventud, que se convirtió también en una voluntaria dedicada. Las mujeres cocinaban y los jóvenes distribuirían la comida, ya que culturalmente era inaceptable que las voluntarias solteras lo hicieran. Otros voluntarios recorrían las inmediaciones a pie para visitar a familias o personas de cuya pobreza se había informado a la Media Luna Roja. Luego había que determinar su grado de esta vulnerabilidad, si podíamos ayudarlas y cómo.

A los ancianos incapacitados les ofreceríamos comida caliente, y a los que podían cocinar, les distribuiríamos arroz, azúcar, harina u otros alimentos donados que no utilizábamos en la preparación de las comidas diarias. Con el dinero de los donativos compramos grandes sacos de harina, azúcar y arroz, preparamos paquetes más pequeños y los distribuimos a las familias vulnerables.

Además de las "comidas sobre ruedas", los voluntarios ayudaron en otros proyectos de la Media Luna Roja de Sabirabad, por ejemplo ayudaron a construir instalaciones sanitarias para los ancianos de los campamentos, distribuyeron ropa donada por la Cruz Roja Sueca para los vulnerables y limpiaron casas de personas demasiado mayores, enfermas o débiles para hacerlo. Nazim, Presidente de la sección local de la Media Luna Roja, trabajó como cualquier otro voluntario. Su gentileza y compasión son legendarias y la gente se le acercaba constantemente en la calle pidiéndole asistencia. Nunca rechazó a nadie.

Lo hecho

El proyecto había visto el día, gracias al generoso donativo personal de un consultor de la Federación que nos visitaba, y que se ocupaba de una encuesta socioeconómica sobre los campamentos y la comunidad. Luego, para seguir adelante decidimos buscar el apoyo de la comunidad. Un equipo de voluntarios, cargado de carteles e insignias de la media luna roja, organizó una colecta de alimentos y donativos en metálico. Aunque muchos de los habitantes también atravesaban dificultades dieron lo poco que podían, manifestaron interés en el proyecto y prestaron apoyo. Los almaceneros ofrecieron sacos de arroz, patatas y cebollas, y los vendedores de mercado, en su mayor parte campesinos pobres, dieron la verdura excedente. La Federación también pidió alguna ayuda financiera y la recibió.

Para los beneficiarios, el proyecto supuso mucho más que recibir un plato de comida caliente ya que para aquellos que vivían solos y no tenían ningún familiar que los atendiera, el contacto social revestía la misma importancia que el sustento diario y el hecho de saber que había gente que se ocupaba de ellos. Correlativamente, para los voluntarios ayudar a quienes vivían peor que ellos, les daba un sentimiento de utilidad y de participación que les hacía olvidar un poco su propia lucha por sobrevivir en ese clima económico desastroso.

 

Cobrar y dar fuerzas

Tasaduf, que había comenzado de intérprete y había pasado a ser la fuerza vital de "comidas sobre ruedas", se hizo cargo del proyecto cuando nos fuimos de Azerbaiyán un año después. Procedente de una familia pobre que vivía en una aldea lejana del país, se había costeado la universidad, licenciándose en contabilidad y había aprendido solo a hablar inglés. Bajo su dirección y de otro personal y voluntarios, el proyecto está ampliándose a otras secciones de los pueblos y ciudades circundantes, donde se están reclutando voluntarios.

El futuro del proyecto fue consolidado gracias al camión nuevo donado por la compañía de petróleo Exxon, sobre todo porque el Centro Regional, siempre había sufrido de la falta de medios de transporte para poder ayudar a los vulnerables. Hasta entonces se recurría a un taxi para distribuir las comidas (servicio gratuito a condición de pagar la gasolina). Además, Exxon donó la gasolina y el mantenimiento por un año.

A medida que un número cada vez mayor de ONG va dejando el país y la economía y las estructuras sociales se siguen desplomando, es inevitable que aumenten las necesidades en Azerbaiyán. Pequeñas iniciativas como ésta, que aprovechan la energía y los recursos de la comunidad local, son un rayo de luz en este entorno sombrío y sin futuro.

Jody Martin
Reside en Paekakariki, Nueva Zelandia.



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