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El sufrimiento de Colombia
Macarena Aguilar

Colombia sufre de una enfermedad llamada violencia social. Cada año mueren unas 30.000 personas debido al crimen en las grandes urbes y a los malos tratos familiares. Paliar estos síntomas es uno de los ejes de la labor de la Cruz Roja Colombiana.

Elber Fuentes tiene 13 años y el cuerpo medio deformado debido a discapacidades recién diagnosticadas por asistentes sociales de Cruz Roja Colombiana (CRC). Vive en una "cajita" construida con maderas en la terminal de autobuses de Bogotá. Dice tener amigos y enemigos. Su principal enemigo, el abuelo con quien vivía y que dejó en San Gil, un pueblo del norte de Santander, a unos 426 kilómetros de Bogotá. "Era borracho," dice Elber como avergonzado, o quizás triste. "Me amenazaba siempre con un machete. Un día me encerró en la casa. Se fue a otra pieza donde yo sabía que tenía guardado un garrote enorme. Se había olvidado de quitar la llave del cerrojo y escapé despavorido." Sigue contando y el tono de su voz cambia cuando explica cómo se metió en un autobús en dirección a la capital. "Decidí irme a pasear. Además, ya me habían botado de la escuela." Eso fue hace cinco años. Desde entonces vaga por las calles de Bogotá buscando amigos que le protejan. "En la terminal me siento bien. A veces, mis amigos, dueños de las tiendas de la terminal, me dan comida. Pero recién me he peleado con los otros muchachos." No quiere explicar por qué. Elber habla con seriedad y determinación de su propósito de estudiar e ir a la costa, pero cuando le pregunto qué piensa hacer hoy, el mes que viene o el año próximo, se agita y responde: "No sé".

Estadísticas pasmosas

Elber es uno de los síntomas más latentes de esa violencia social. Los últimos datos estadísticos de la Defensoría del Pueblo indican que sólo en Bogotá, la policía recibe 350 llamadas diarias denunciando algún tipo de agresión doméstica. Cada año, 470.000 niños son maltratados y 35 son violados todos los días. En 1999, se dictaron 12.485 sentencias de vejación sexual en la familia. Se estima que en todo el país hay 15.000 niños abandonados que viven y trabajan en la calle.

"La mayoría de los niños que están en las calles de Bogotá han escapado de las palizas de padres u otros familiares. Luego, para sobrevivir en las calles, trasladan mucha de la agresividad vivida. Se organizan para robar y consumir drogas rechazando y penalizando a los más débiles," explica Martha Alicia Ruiz Castro, Coordinadora del Programa de Atención al Menor de la Calle, de CRC. Este programa funciona desde 1973 con el fin de ubicar a los niños que viven en las calles, brindarles espacios de recreación, orientarles hacia instituciones especializadas y atenderles con cuidados médicos básicos que mejoren su calidad de vida mientras permanecen en la calle.

"Los niños como Elber son especialmente vulnerables. Debido a la deficiencia mental, a menudo son rechazados incluso por los otros niños. Las posibilidades de encontrar una institución de acogida especial son muy escasas. En esas estamos desde hace unas semanas que lo encontramos en la terminal." Por el momento, Elber acude a la sede de CRC todos los viernes para jugar y recibir cuidados de sus nuevas amigas.

Los colombianos dejan la huella de su mano como símbolo de su firme deseo de ver el fin de la violencia en su país.

Manos arriba para acabar con la violencia

En Colombia, curarse de la violencia es el mayor reto que afrontan población civil, organizaciones no gubernamentales y organizaciones gubernamentales. Pero el reto no sólo consiste en encontrar una solución pacífica del conflicto que opone al gobierno y los grupos armados desde hace cuatro decenios. También consiste en reconciliar a toda una población amenazada por la violencia cotidiana del entorno más próximo. La violencia social que cunde en las calles y barrios marginales de las grandes urbes del país y que se traduce por malos tratos en el hogar. Según un informe publicado por la Presidencia de Colombia sobre seguridad ciudadana, en el decenio de 1990, cada veinte minutos se cometía un homicidio en algún lugar del país. El promedio anual de víctimas mortales de la violencia superó 30.000.

En abril de 1999, la CRC asumió el reto y lanzó una campaña de información masiva con el lema Adiós Violencia, inspirada en la campaña de la Cruz Roja Noruega, Alto a la violencia. Durante siete meses de campaña por todo el país, la organización pidió a la gente que empapara su mano de pintura fresca de colores y dejara su huella plasmada en pancartas con las que luego se decoraron las paredes de las secciones de la institución. También escuelas, hospitales y centros comunitarios lucieron durante meses este símbolo del cansancio popular provocado por la cruda enfermedad que vive Colombia. Se recogieron más de 147.000 huellas de colores.

Además, se inició una gran labor de sensibilización con los 55.000 voluntarios y cientos de funcionarios de la institución, instándoles a que ellos mismos fueran portavoces y promotores del mensaje y su significado. "Nosotros también somos vulnerables a nuestro entorno y, por consiguiente, susceptibles de trasladar a nuestros lugares de trabajo mucha de la tensión y frustración que le caracteriza. Por eso hemos querido utilizar Adiós Violencia en la Sociedad Nacional. Mediante talleres de reflexión sobre aspectos capitales de la relación humana, promovemos el respeto, la comprensión y el diálogo en el cotidiano de la organización", dice el Dr. Vejarano, Presidente de la CRC.

 

Empezar por los jóvenes

Para alcanzar este objetivo, se trabaja esencialmente con los más jóvenes y a través de ellos, inculcándoles formas de actuación alternativas a la violencia.

"Nosotros no podemos transformar las causas tan complejas e incluso estructurales, que incitan a la violencia social. Sin embargo, podemos y debemos trabajar con los más jóvenes brindándoles herramientas que les permitan sobrevivir en el entorno y les ayuden a resolver pacíficamente el conflicto cotidiano", dice José Raúl García Ríos, Director Nacional de la Juventud de CRC.

Paz, Acción y Convivencia, conocido como PACO, es un programa de la Cruz Roja de la Juventud Colombiana que se basa en siete principios de convivencia social para trabajar con la población infantil y los jóvenes del país, centrándose en el respeto mutuo, la comunicación, el trabajo en grupo, la salud y el medio ambiente. Para promover, enseñar, y aplicar cada principio se ha previsto una serie de talleres recreativos que los más jóvenes de la Sociedad Nacional imparten en escuelas y comunidades marginales de todo el país. PACO tiene ocho años y se ha convertido en uno de los pilares de la labor humanitaria de CRC. Unos 30.000 voluntarios especializados se encargan del programa y sus principios acompañan a socorristas, médicos, Damas Grises, y funcionarios de bienestar comunitario dondequiera que desempeñan su labor.

En el ámbito de sus esfuerzos por inculcar una cultura exenta de violencia, la Cruz Roja Colombiana se propone conquistar a los jóvenes.

Los esfuerzos van más allá

Conscientes del dinamismo, la delicadeza y la adversidad de su contexto, considerado uno de los más violentos del mundo, los miembros de CRC cada día insisten más en mejorar la calidad de sus intervenciones con miras a la reconciliación social. "Si no planificamos nuestras actividades con información precisa, adecuada y bien centrada en la realidad de cada lugar donde intervenimos, a pesar de nuestras buenas intenciones, podemos contribuir a que se intensifiquen las tensiones tan variadas que existen entre nuestra población", explica Walter Cotte, Director de Operaciones y Socorro Nacional de CRC. Por eso, la Sociedad Nacional acaba de incorporar a su estrategia de formación de personal y voluntarios la iniciativa de la Federación, denominada Mejor Diseño de Programas (MDP).

Dicha iniciativa es un instrumento complementario para analizar contextos conflictivos y planificar programas a fin de que las intervenciones en lugares singularmente violentos refuercen los lazos de cohesión comunitarios identificados por los encargados de la ayuda. A partir de un proyecto de colaboración entre varias organizaciones huma-nitarias y donantes, denominado "Capacidades locales para la paz", la iniciativa fue lanzada hace dos años por el secretariado de la Federación. Hace poco, se introdujo en Colombia mediante una serie de talleres de formación para voluntarios y funcionarios de la Sociedad Nacional.

"Con la capacitación en MDP, pretendemos agregar valor a nuestra acción, cualquiera que sea. Y así aprovechar y maximizar las iniciativas de reconciliación que se dan en lugares sumamente afectados por altos índices de violencia social", añade Walter.

Es probable que Colombia tarde años e incluso decenios en curarse del dolor y las secuelas de la violencia. Sin embargo, como hemos visto, en Colombia hay cientos de miles de personas que aúnan esfuerzos por conseguirlo.

Macarena Aguilar
Funcionaria de la Federación en Madrid, España.



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