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Vladimir Pozner
Una mente fértil

Jean-François Berger

Vladimir Pozner, famoso periodista ruso, presenta uno de los programas de televisión más populares de su país, el programa de actualidad Vremena (El tiempo). También es un hombre que se interesa mucho por las cuestiones humanitarias. Recientemente, ha pasado a integrar el círculo exclusivo de asesores internacionales del CICR. Cruz Roja, Media Luna Roja le entrevistó en Moscú.

Usted es un periodista que ha hecho su carrera bajo dos regímenes distintos. Háblenos de esta experiencia poco corriente...
No soy periodista de formación. Cursé estudios de biología durante cinco años en la Universidad de Moscú. Pero la verdad es que no tenía madera de científico. Un día de 1961, un amigo me llamó y me dijo que se acababa de crear la agencia de prensa Novosti, y que buscaba gente que hablara inglés y francés. Fui contratado con un buen salario tras una entrevista de media hora. Trabajé allí hasta 1970, cuando pasé a la radio, la Voz de Moscú, dirigida en los Estados Unidos, donde viví hasta 1986. Tengo que confesar que no era periodismo, sino propaganda, ya que en la Unión Soviética, un periodista era un "soldado ideológico", dispuesto a defender ideas comunistas. Ahora bien, la misión de un verdadero periodista es llegar a saber lo que hay detrás del poder ejercido por las autoridades políticas.

En el decenio de 1980 las cosas cambiaron, ¿no?
Por supuesto. Poco a poco me fui dando cuenta que la manera soviética era aterradora y no tenía nada que ver con aquellos nobles ideales de igualdad y justicia para todos. Fundamentalmente, cuando Gorbatchev llegó al poder en 1985, empecé a presentar un "puente de televisión", es decir, un enlace por satélite entre Leningrado y Seattle, donde Phil Donahue, famoso periodista de los EE.UU., tenía un programa de entrevistas. El programa permitía a 200 estadounidenses conversar cara a cara con sus homólogos rusos, por primera vez, con inmensas pantallas. Hablábamos de cosas que nunca se mencionaban en la televisión soviética como, por ejemplo, el antisemitismo, las restricciones para viajar, el sistema monopartidista. El éxito fue inmediato y de la noche a la mañana pasé a ser famoso.

¿Dejó del partido comunista?
Sí, en 1989. Ese mismo año Phil Donahue me pidió que trabajara con él. Acepté y durante seis años trabajé en la televisión con él, en Nueva York, antes de volver a Moscú en 1997.

Actualmente presenta un programa de actualidades y debate en la ORT, importante estación de televisión rusa semiprivada, en la que el Estado es mayoritario. ¿Ha tenido que abordar temas candentes?
En cualquier país hay temas más candentes que otros. En la televisión pública los asuntos delicados saltan a la vista inmediatamente, todo lo que tenga que ver con el gobierno o el jefe de Estado. Si se trata de una cadena privada, también hay puntos sensibles que deben tenerse en cuenta, como todo aquello que pudiera afectar los ingresos de publicidad.

¿Cuáles son algunos de los temas que ha tratado últimamente?
El hundimiento del Koursk, el sida, la drogadicción y la reforma del sistema judicial.

Por largo tiempo, usted descifró la realidad de la URSS para el resto del mundo, y ahora la de Rusia. ¿Sigue habiendo una cultura "soviética" en Rusia?
Creo que sí. La característica principal de esta cultura soviética es la creencia generalizada de que el Estado es responsable del individuo o, mejor dicho, que el Estado tiene más responsabilidad en lo que atañe al individuo que el individuo mismo. Esta es la raíz de muchos problemas actuales y se manifiesta por la falta de iniciativa.

¿Qué piensa de las desigualdades sociales en Rusia?
Es aplastante, trágico e inaceptable. Actualmente, por lo menos un tercio de la población vive en la pobreza y otro tercio en los umbrales de la pobreza.Esta gente tiene que hacer frente a situaciones tales como: ¿ Qué vamos a comer mañana? ¿Qué hago si mi hijo cae enfermo? ¿Con qué voy a pagar el alquiler? Están tan abrumados por los problemas que son refractarios a cualquier otra cosa. Por eso, la sociedad civil es tan frágil.

En 1999, en Ginebra, usted y otras personalidades hicieron un llamamiento solemne con motivo del cincuentenario de los Convenios de Ginebra. Su mensaje se centró en la promoción de la "cultura de paz" necesaria "para enterrar la cultura de guerra". ¿Este llamamiento público tuvo alguna repercusión?
Tengo la convicción de que hay que probar, porque de lo contrario no pasa nada, salvo lo peor. La violencia siempre está presente. No hay menos muertos, ni menos robos ni violaciones que antes. Por lo tanto, si digo que estoy a favor de una cultura de paz y que me gustaría estar presente el día que podamos enterrar los tratados que hemos firmado sobre las normas de la guerra, lo hago porque creo que para este punto de vista es importante formar parte de la ética humana. ¿Puede suceder realmente? No lo sé. Pero tenemos que intentarlo. Como dije antes, he producido propaganda durante muchos años, he servido a un determinado gobierno y partido, y al haber perdido mis ilusiones, me dije que nunca volvería a hacerlo. Personal y profesionalmente quiero hacer todo lo que esté a mi alcance para ser útil a la gente.

¿Por ejemplo, asesor internacional del CICR?
Cuando me pidieron que trabajara con el CICR, la propuesta me sorprendió. Normalmente, se invita a ex primeros ministros y generales, y yo soy periodista. De todas maneras, no me lo esperaba, Pero estaba encantado, porque me ofrecía la posibilidad de hacer todo lo posible para que la gente pueda vivir más humanamente. Y hacerlo, incluso para una sola persona, ¡ya no está mal!

En su calidad de asesor internacional, ¿cuáles son las cuestiones concretas a las que quisiera que se atendiera?
Cada vez que nos reunimos, es decir dos veces por año, recibimos una lista de cuestiones preparada por el CICR sobre las cuales se nos consulta. Son temas fascinantes, pero no puedo revelarlos, ya que es parte de la regla del juego. ¡Y el periodista que soy, la respeta! También tengo la sensación de hacer algo importante en grupo, lo que me da energía..

La Cruz Roja tiene muchas actividades en la región, especialmente en el Cáucaso septentrional. ¿Qué piensa de la labor que se lleva a cabo? Por ejemplo, de las visitas del CICR a los prisiones en Chechenia?
En primer lugar, hay que tener mucho valor para hacer esa labor. Es muy peligrosa. En segundo lugar, verdaderamente hay que querer a la gente: hace frío, apesta, algo tiene que haber en el corazón. Y cuando veo a quienes la hacen sin jactarse de ello, me siento inspirado.Es verdad. Hay tantas cosas horrendas que suceden en todas partes y lo único que parece tener importancia es el dinero. Sin embargo, la Cruz Roja nos dice que eso no es cierto, que la humanidad existe, en Chechenia o dondequiera que sea.

 
 

De los principios fundamentales de nuestro Movimiento, ¿hay algunos que para usted revisten más importancia que otros?
Para mí el más importante es la imparcialidad. Es la llave que abre la puerta a la Cruz Roja para ayudar a las personas en circunstancias en que ninguna otra organización puede actuar. Es evidente que por ser periodista a mí me pone en una posición difícil. O bien ayudas a una persona que ha sido torturada porque estás ahí, o bien denuncias públicamente lo que pasa y entonces, tal vez la maten. ¡Indudablemente es un dilema!

Los medios de comunicación tienen un poder inmenso. Pueden alertar a la comunidad internacional y motivar intervenciones humanitarias. ¿Cuál es su opinión a al respecto?
El gran problema es que los medios de comunicación, por lo menos la mayoría de ellos, son ante todo una empresa. Por consiguiente, un periodista tiene que ser sensacionalista para llamar la atención; y hay que reconocer que, a veces, es tentador, armar las cosas o embellecer un acontecimiento. Es algo sumamente peligroso, porque los medios de comunicación están comenzando a creerse lo que dicen. Cuando una acción humanitaria se edifica sobre tales cimientos, ya no es humanitaria; es política y ya no tiene nada que ver con la Cruz Roja.

Jean-François Berger



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