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En las remotas aldeas afga nas
Macarena Aguilar
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Según estimaciones del Programa Mundial
de Alimentos, la sequía en Afganistán afecta
gravemente a unos 3.000.000 de personas y a otros 8.000.000
en menor grado.
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La combinación de dos décadas de conflicto y tres
años consecutivos de sequía sigue agravando las
condiciones de vida de la mayoría de la población
afgana. En algunas de las zonas más inaccesibles brindar
ayuda en el momento oportuno es cuestión de vida o muerte
para cientos de miles de personas. |
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" Respecto a las actividades de socorro, nuestra prioridad
en este momento es tratar de evitar que la población
de ciertas zonas especialmente afectadas por el conflicto
y la sequía acabe teniendo que comerse sus propias
semillas para sobrevivir, tal y como sucedió el invierno
pasado", explica Robert Monin, Jefe de la Delegación
del CICR en Afganistán.
Robert lleva unos tres meses en el país a cargo de
una de las operaciones de más larga data, más
grandes, caras y complejas de la organización a escala
mundial. Mientras describe con mezcla de pasión y preocupación
la realidad del país y lo que el CICR, junto con la
Federación y la Media Luna Roja Afgana, pueden y deben
hacer, entra en el despacho Martin Amacher, su adjunto. Un
poco nervioso, anuncia que los dos equipos que se encuentran
en la región de Ghor desde hace dos semanas han quedado
atrapados por la nieve. Que los camiones cargados con la ayuda
a distribuir están bloqueados en la carretera y que,
posiblemente, algunos de los delegados a cargo de la operación
deban pasar la noche en los coches.
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Robert se queda silencioso durante unos segundos. "Estamos
a finales de marzo, se suponía que ya no iba a nevar
y que por fin teníamos acceso a una de las zonas más
complicadas y al mismo tiempo más necesitadas de este
país."
Es una mala noticia para el equipo de socorros de la delegación
que lleva más de un mes tan solo para ultimar los detalles
de la operación de Ghor cuyo objetivo es distribuir
semillas a unas 10.000 familias campesinas y evitar que la
población acabe por desplazarse a otras regiones de
Afganistán o a los países vecinos donde, lo
más probable, es que pase a depender de la generosidad
de la comunidad humanitaria.
Como casi todo en Afganistán, otro cambio repentino,
esta vez del clima, permite que el personal destacado en Ghor
siga adelante con la operación. "A pesar de que
la lluvia sea justamente lo que más se necesita por
aquí, hay que esperar otras dos semanas de buen tiempo
ya que de lo contrario las pocas rutas de acceso a las comunidades
se convierten en barrizales impracticables. Ahora empezamos
a trabajar un poco contra reloj pues si queremos que los campesinos
recojan la cosecha en junio, necesitan semillas para sembrar
lo antes posible", dice Lukas Heitzmann, Delegado del
CICR, encargado de la operación.
Ghor, tiene 400.000 habitantes y es la región más
despoblada de Afganistán; comprende unos 38.000 kilómetros
cuadrados eminentemente montañosos y desérticos,
y se encuentra en el centro del país, como encajonada
entre las dos regiones más pobladas de Herat y Kabul.
Es una de las pocas zonas del país que todavía
se dividen talibanes y fuerzas de la oposición y, debido
a las condiciones de seguridad y a tres años de grave
sequía, hay muchos desplazamientos de población.
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En Lashkara, mucha gente depende de la asistencia alimentaria
para sobrevivir en medio de los efectos combinados de la guerra
y la sequía.
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Evaluación de las necesidades
Al igual que en el resto del país, las vías
de comunicación son un sueño todavía
bien lejano. Se necesitan dos horas y media por pistas de
tierra para recorrer 55 kilómetros y llegar a Qale
Seyah, un pueblo minúsculo de casas de adobe donde
unas 400 personas viven a duras penas. Antes del invierno
pasado, el CICR distribuyó raciones de alimentos a
la comunidad previendo las nevadas que aislarían éste
y otros pueblos de la zona.
Los ancianos del pueblo nos acogen con una cortesía
conmovedora. Saben que este año la distribución
consistirá en semillas y un complemento de comida que
debería durar los tres meses previos a la cosecha.
"Antes de la sequía y los pillajes en el pueblo
eramos ricos", repite una y otra vez Rabia, una de las
mujeres que ayuda al equipo de evaluación del CICR
y la Federación a recopilar la información necesaria
sobre las condiciones de vida en la comunidad. Rabia, que
no sabe su edad, tiene uno de esos rostros excesivamente curtidos
por el sol y una exaltación al hablar bastante poco
usual en el país, sobre todo entre las mujeres. "Teníamos
todo tipo de ganado. Y ahora, si no hubiera sido por la comida
que nos entregó el CICR el año pasado, vaya
a saber cuantos hubieran muerto este invierno".
Durante toda una jornada, el equipo de evaluación
recaba información sobre seguridad alimentaria, salud,
situación agrícola, y medios de los que se ha
dotado la propia comunidad para paliar los efectos del conflicto
armado y la sequía; para ello, los integrantes del
equipo hablan con los ancianos de la comunidad y con las mujeres
que les permiten visitar su hogar.
"Realmente llegamos a lugares completamente apartados
donde tal vez nunca hayan visto a un extranjero. Es difícil
explicar hasta qué punto el simple hecho de llegar
a algunas de estas
comunidades, se convierte en toda una hazaña",
dice Carol Osborne, Delegada de Salud y Nutricionista de la
Federación, que integra uno de los equipos que llevan
a cabo la evaluación. Nos habla tratando de ocultar
su boca con el velo obligatorio porque hace unos días,
se quemó toda la boca durante un viaje a caballo que
duró unas ocho horas bajo el sol. El objetivo del viaje,
llegar a los pueblos más aislados de Ghor.
Al tiempo que los equipos de evaluación trabajan en
las comunidades, se llevan a cabo dos distribuciones simultáneas
de semillas y raciones de comida en diferentes distritos de
la región.
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Llegada al punto de distribución
Son las nueve de la mañana. El día parece haber
comenzado bien. El balanceo de los pasajeros del coche vuelve
a su ritmo usual, gracias a la carretera que conduce a Lashkara,
uno de los puntos de distribución del día. Durante
poco menos de dos horas bordeando paredes gigantescas de montañas,
llegamos a un lugar donde una multitud rodea unos camiones
cargados de sacos y cajas. Sin duda, los nuestros que, milagrosamente,
han llegado a la región desde Herat después
de cuatro días de ruta para recorrer unos 480 kilómetros.
Medio sacudiendo la cabeza, Lukas echa el freno de mano y
con una templanza que no deja de sorprender, se dispone a
bajar del coche. "Estamos aquí para resolver los
problemas." Un buen rato de conversación rodeado
de hombres mitad curiosos, mitad ansiosos de discusión
es suficiente para que aflojen la cuerda atada a los dos palos
clavados a cada lado de la carretera y que sirve de puesto
de control.
"Aparte de los contratiempos ligados al clima, no podemos
olvidar que estamos operando en una zona dividida. Cada movimiento
que hacemos requiere discusiones previas para garantizar la
seguridad de nuestra gente y, por supuesto, la de los beneficiarios.
Y, creame, eso lleva muchísimo tiempo", explica
Lukas.
Una vez en Lashkara, asistimos a una actividad frenética
con decenas de trabajadores del CICR que descargan camiones,
organizan las colas de hombres, revisan las listas de los
beneficiarios que van llegando de los pueblos aledaños.
Aparecen en las colinas como si llegaran de ninguna parte.
Son hombres de distintas edades, arropados con sus mantos
típicos y luciendo colosales turbantes, montados en
burros o caballos. En total se espera que hoy acudan unos
572 jefes de familia.
A media mañana, la explanada del punto de distribución
parece más bien una feria de animales. Los hombres
esperan, disciplinados, el turno para recoger su parte.
Mahmoud tardó un día entero en llegar de su
comunidad. Dice tener 90 años pero posiblemente tenga
unos 70. Unos hombres más jóvenes le ayudan
a cargar las bolsas de comida y semillas en sus dos burros.
Parece satisfecho y se prepara para el regreso. "Ahora
queda que llegue la lluvia", dice sonriente.
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Macarena Aguilar
Encargada de prensa del CICR para Asia y América Latina.
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