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Prisioneros de un mundo libre
John Sparrow

A pesar de los esfuerzos para acabar con la discriminación, en muchos casos, las personas con discapacidades están aisladas y desempleadas.

En Europa Central la vida de las personas con discapacidades mentales y físicas es una lucha cotidiana contra los prejuicios y la marginación. En una región de Hungría, las actitudes están cambiando poco a poco gracias al combate de una mujer para sensibilizar a la gente sobre la difícil situación de los discapacitados.

Anita Lorincz, voluntaria de la Cruz Roja Húngara, tiene 22 años y un sueño. Llegará el día en que las personas con discapacidades de Europa Central se verán libres de discriminación. Gozarán de igualdad de oportunidades, del derecho a asistir a una escuela normal, se les tendrá en cuenta para ocupar puestos de trabajo, se sentirán seguras en su hogar y podrán viajar donde quieran.

Anita sueña que en 2010 las puertas estarán abiertas para personas en silla de ruedas, quienes ven muy poco podrán tomar el autobús sin temor, y nadie las tratará de ciudadanos de segunda clase. Es un sueño compartido por muchos, y en el condado de Nograd, al nordeste de Hungría, Anita, que también ve muy poco, ha comenzado una campaña para alcanzarlo.

La difícil situación de las personas con discapacidades físicas y mentales obedece, en parte, a la percepción que tiene la gente de ellas, esa noción de que una persona con alguna discapacidad es una carga y no una ventaja para la sociedad. Sin embargo, en Europa Central, donde los países se encaminan a las economías de mercado libre, hay otro factor: la prueba creciente de que cada vez se deja a más gente atrás.
Los servicios de atención y de salud de la comunidad se resienten de los programas de ajuste estructural y las reformas en curso. Se está pagando un costo humano por la transición económica y quienes más lo sienten son los más vulnerables, es decir, los pobres, las mujeres, los niños, las personas de edad y las personas con discapacidades. Entre 20 y 30% de los 130 millones de habitantes de Europa Central ya viven en condiciones de extrema pobreza y las investigaciones revelan que el número está en aumento. El desempleo es crónico, el número de personas sin domicilio fijo aumenta de manera impresionante, la vida de millones ha quedado reducida a una lucha cotidiana por sobrevivir, y la manera en que la presión por prepararse para incorporarse a la Unión Europea seguirá afectando a países como Hungría y Polonia es inquietante. Un entorno semejante, es un reto constante para una persona con discapacidades.

La voz de los discapacitados debe escucharse
El comienzo de Anita fue modesto. Nograd, el condado más pobre de Hungría, es uno de los tres que participan en los esfuerzos de la Cruz Roja por establecer la autovaloración y la intervención de la comunidad. Hay un proyecto piloto de la Delegación Regional de la Federación en Budapest, a través del cual se intenta cambiar las actitudes y hacer participar a quienes quieren ayudar a encontrar soluciones para sus propios problemas. En este proyecto, también participan el gobierno local, ONG y las propias personas con problemas y oprimidas a quienes se escucha; algunas lo hacen por primera vez en su vida.

En la compañía local de autobuses, sin duda alguna escucharon a Anita cuando les explicó los problemas de desplazamiento de los discapacitados y les preguntó si se daban cuenta de la pesadilla que era subir a un autobús porque no estaban equipados para hacer subir sillas de ruedas y las personas que ven muy poco tenían problemas para encontrar el escalón y una vez dentro, las agarraderas.

Jozsef Horvath, Director de la compañía, quedó sorprendido y se compadeció. "Entonces, jovencita ¿qué podemos hacer para resolver el problema?" "Pintura o bandas luminosas podría ayudarnos", dijo ella. El director estuvo de acuerdo y a partir de ese momento ofreció apoyo a una campaña de la Cruz Roja para los discapacitados y de la que Anita se ocupará. Con 6.000 autobuses en la red nacional a la que pertenece la compañía, es evidente que sus ambiciones van por buen camino.

En Hungría, urge que se escuche la voz de los discapacitados. No hay cifras precisas, pero en informes del gobierno se estima que entre 6 y 10% de la población es discapacitada, es decir, entre 600.000 y 1.000.000 de personas. La Organización Mundial de la Salud habla de 10 a 12%, y los periódicos han publicado cifras similares, informando sobre 300.000 discapacitados físicos y 300.000 mentales, entre 40 y 50.000 discapacitados de la vista y un número similar de personas sordas. La cifra aumenta, si se cuentan las personas con discapacidades más graves que viven en instituciones. En Salgotarjan, capital de Nograd, ciudad donde vive Anita, hay 2.500 personas con discapacidades físicas, lo que representa entre 5 y 6% de la población. No hay razón de pensar que las estadísticas sean diferentes en otros lugares de Europa Central. Además, se dispone del testimonio de los propios discapacitados en cuanto a que en gran medida están marginados, excluidos de la sociedad normal, o confinados en sus hogares; en pocas palabras: la situación es grave desde el punto de vista humanitario.

Gyenge Gyorgyne Agi, trabajador de la salud de Salgotarjan dice: "a menudo son prisioneros de un mundo difícil ante el cual se vuelven tímidos. En la comunidad media hay discriminación, e incluso cuando no la hay, los discapacitados creen que sí. Las personas sanas no saben cómo comportarse o comunicar con ellos y, entonces, los ignoran o se comportan mal. Falta empatía."

A través de un proyecto de la Federación, se intenta modificar las actitudes y se fomenta la participación de las personas con discapacidades en la búsqueda de soluciones a sus problemas.

 

Participación plena e igual

Todo esto sucede en el país que se considera líder de la región en materia de apoyo a los
discapacitados. La ley húngara de 1998 sobre los derechos de las personas con discapacidades define estos derechos, puntualiza aspectos fundamentales y, entre otros, estipula que todos los edificios públicos deberán ser accesibles para los discapacitados de aquí a 2005. Esta ley obtuvo el reconocimiento mundial y el año pasado Hungría recibió el cuarto premio anual Franklin Delano Roosevelt International Disability Award por "el avance nacional digno de mención", respecto a la meta de Naciones Unidas en lo relativo a la "participación plena e igual" de las personas con discapacidades en la vida de su sociedad. Hubo elogios para los programas infantiles, los incentivos a los empleadores para que contraten discapacitados y la promoción de grupos de apoyo a los discapacitados.

Va a ser difícil ver la repercusión puesto que en Hungría, ser discapacitado generalmente significa estar desem- pleado; en el condado de Anita sólo dos empleadores están dispuestos a contratar a una persona discapacitada. El punto de venta de una franquicia internacional de hamburguesas que hay en Salgotarjan, y que en otras partes practica una política de empleo progresista, se niega rotundamente a contratar discapacitados. Según el director, en el condado hay muchas personas sanas que también buscan empleo.

Cuando en una reunión pública del mencionado proyecto, se preguntó a las personas discapacitadas cuál era a su juicio la mejor ayuda que podía brindarles la Cruz Roja, entre las prioridades figuraba la de encontrar trabajo pero también había otras, como por ejemplo, ayudar a quienes no tenían hogar. Muchas personas con discapacidades viven en la calle, principalmente, en Budapest, pero también en ciudades de provincia como Salgotarjan. Algunas han quedado discapacitadas después de perder su hogar.

La vivienda preocupa mucho a los discapacitados. Sin empleo y luchando con prestaciones sociales reducidas, temen que se les eche a la calle por no pagar el alquiler, el gas y la electricidad. Otros carecen de medios para adaptar la casa a sus necesidades. El acceso a los edificios públicos no avanza con rapidez y bibliotecas, museos, cines, teatros y centros culturales permanecen cerrados para las personas con discapacidades físicas. Este también es el caso de muchas estaciones de ferrocarril e incluso si llegan a desenvolverse en las escaleras, la altura de los escalones para subir al tren es otro obstáculo.

La reforma de la educación está pendiente y a pesar de la escasez de docentes especializados, hacen falta más escuelas integradas. Los niños que asisten a instituciones especiales, luego tienen más problemas de adaptación.

Anita también se preocupa por la educación. A su mejor amiga le acaban de negar un lugar en un curso de inglés por ser parcialmente invidente, como Anita. Hay que cambiar la mentalidad en Europa Central. Una mujer con una voluntad de hierro y una campaña de la Cruz Roja pronto comenzarán a hacerlo en Nograd y con el debido apoyo podría llegar a ser un esfuerzo regional.

 

John Sparrow
Delegado Regional de Información de la Federación en Budapest.


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