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Siete días en la zona del terremoto
Patrick Fuller

Edificios de departamentos partidos en dos, testigos de los últimos momentos de intimidad de los residentes antes de la tragedia.

El 26 de enero, cuando se estaban preparando los desfiles del Día de la República en toda la India, un terremoto de gran intensidad sacudió el Estado de Gujarat, al nordeste del país. Bhuj, en el distrito de Kutch, fue una de las ciudades más golpeadas. Patrick Fuller, Delegado Regional de Información de la Federación, fue uno de los primeros socorristas extranjeros que llegaron allí y tomó nota de sus impresiones.

El ronroneo sordo que agitó mi casa en Nueva Delhi fue la primera indicación de que me esperaba una de las semanas más intensas de mi vida. Encendí la televisión y en un avance informativo se anunciaba que un terremoto había sacudido el Estado de Gujarat y que había pocas víctimas. Llamé a Bob McKerrow, Jefe de la Delegación Regional de la Federación en Nueva Delhi, e inmediatamente comenzamos a llamar a colegas de la Cruz roja India. A medida que empezó a filtrar información de las secciones de la zona del terremoto, a eso de las 10.30 resultó evidente que la magnitud del desastre podía haber sido enorme.

A la mañana siguiente, junto con Alan Bradbury, Delegado Regional de la Federación, encargado de preparación en previsión de desastres, tomamos el primer vuelo para Ahmedabad, capital comercial de Gujarat. A la llegada, nos preguntamos si los informes sobre la devastación no habían sido exagerados. Los edificios a lo largo de la carretera del aeropuerto a la oficina de la Cruz Roja estaban intactos y, en las calles había la habitual agitación cotidiana.

Pocas horas después, cuando empezamos a evaluar la magnitud de la destrucción en diferentes lugares de la ciudad, nos dimos cuenta de lo equivocados que estábamos. Un edificio de diez pisos quedó como si lo hubieran cortado en dos: una mitad se había venido abajo, en la otra se veían las habitaciones destrozadas, abiertas a cielo raso, testigos de los últimos momentos de intimidad de los residentes antes de la tragedia. Amigos, parientes y vecinos buscaban desesperadamente a seres queridos. Dos hombres llegaron corriendo al lugar con un gato con la esperanza vana de poder alzar un inmenso bloque de cemento bajo el cual se oía llorar a un niño.
Ahmedabad estaba en un estado terrible, pero tanto Alan como yo sabíamos que todavía nos quedaba por ver lo peor, pues el epicentro del terremoto había sido a unos 400 kilómetros de distancia, cerca de la antigua ciudad de Bhuj, en el distrito de Kutch. Casi no se había recibido información pero se sabía que no había luz ni electricidad, que las telecomunicaciones no funcionaban y que el aeropuerto estaba cerrado.

Del socorro a la recuperación

El terremoto que sacudió al Estado de Gujarat de la India el 26 de enero de 2001 fue el más grave desde hacía medio siglo; hubo 20.000 muertos, 166.000 heridos y más de 15.000.000 de damnificados.

La Cruz Roja India, apoyada por la Federación, el CICR y sociedades hermanas, estuvo a la vanguardia de la operación de socorro, distribuyendo mantas, tiendas de campaña y lonas impermeables.

A solicitud de la Sociedad Nacional, la Federación envió un equipo de coordinación de evaluación en el terreno y siete UIE, concentrándose en actividades de salud, saneamiento, telecomuni- caciones y logística. El hospital de referencia de 350 camas que se estableció cumplió una función crucial, ya que durante varias semanas después del terremoto fue la principal instalación de salud de Bhuj, ciudad de unos 150.000 habitantes, situada cerca del epicentro del terremoto.
En el momento culminante de la operación, unos 150 delegados de más de 15 Sociedades de la Cruz Roja y de la Media Luna Roja fueron asignados a la zona del desastre, muchos de ellos instalados en un recinto de tiendas de campaña en Bhuj donde las condiciones de vida eran duras.

La respuesta del Movimiento a la solicitud de asistencia que hiciera la Cruz Roja India a finales de enero, fue rápida y generosa pues unos 40 donantes aportaron 30.000.000 de francos suizos para la fase de socorro de cuatro meses.

Ahora, la operación se orienta a la recuperación y la rehabilitación, y ya se ha iniciado un importante programa que se centra en las esferas de: salud; agua y saneamiento; preparación en previsión de desastres; intervención en caso de desastres; desarrollo de capacidades de la Cruz Roja India y las comunidades afectadas, así como en las necesidades ulteriores de socorro, y la reconstrucción de edificios públicos de los sectores de salud y educación.

Más de 90 delegados y siete unidades de intervención en caso de emergencia de la Cruz Roja fueron enviados a los regiones más afectadas en la primera semana después de la catástrofe.

 

Una ciudad en ruinas

El domingo, a la una de la mañana llegué a Bhuj. Los grupos de gente acurrucada alrededor de una hoguera en cada esquina eran los únicos signos de vida en la ciudad. Me fui en busca de la sección local de la Cruz Roja, donde el Dr. Morbia, Secretario de Sección, y su familia ampliada dormían en el asiento trasero de los coches o sobre colchones colocados en medio de la calle.

En Bhuj, todo el mundo estaba demasiado asustado como para volver a su casa. Sentía subir la adrenalina y hacía un frío de morirse. Apenas me había dormido, cuando me despertó una trepidación violenta: eran las seis y media de la mañana. El vecindario se agitó con una cacofonía de gritos de niños. Habían vivido 40 segundos de horror la mañana anterior y les aterraba la idea de que volviera a suceder. Por todas partes, saltaba a la vista la magnitud del desastre; casas y templos antiguos del casco viejo estaban reducidos a escombros y la población de unos 70.000 habitantes se había esfumado. Se suponía que miles habían muerto y que muchos más habían huido de la ciudad.

Las calles de Bhuj estaban repletas de gente en camiones o tractores, sentada encima de las pertenencias que habían podido salvar. Para colmo de males, comenzaban a llegar parientes inquietos en búsqueda de miembros de la familia desaparecidos. Todos estaban traumatizados por el desastre. La mayor parte había perdido amigos o parientes y pocos eran los que habían dormido en las últimas 48 horas. Solicité una entrevista al Ministro de Salud del Estado para más tarde ese mismo día. Señaló su jeep y me dijo que fuera a verlo a su oficina.

Llegan socorros de emergencia

Miles y miles de personas necesitaban tiendas de campaña o rollos de plástico para cobijarse y mantas para calentarse durante las noches frías. A medida que se iban organizando los esfuerzos para atender a los heridos resultaba cada vez más evidente que se necesitaba con toda urgencia equipo y material médicos.

En un plazo de 50 horas empezaron a llegar suministros de socorro de la Cruz Roja. Llegó un convoy de camiones cargados con más de 30 toneladas de mantas y rollos de plástico de la Cruz Roja Suiza, y más camiones estaban en camino con suministros del depósito de la Cruz Roja India, en Delhi. El martes aterrizaron los primeros vuelos de carga en el aeropuerto de Bhuj. Los obstáculos logísticos eran inmensos. Debido a la falta de equipos de carga y descarga en el aeropuerto y a la escasez de camiones y voluntarios, estuvimos trabajando día y noche para descargar el avión.

En una semana habían llegado a Bhuj más de 90 delegados y siete unidades de intervención en caso de emergencia (UIE) de Sociedades de la Cruz Roja de distintas partes del mundo: la Cruz Roja de Noruega y la Cruz Roja de Finlandia instalaron un hospital de campaña; la Cruz Roja Japonesa envió un equipo de profesionales y una clínica médica móvil; la Cruz Roja Alemana envió una UIE de agua y saneamiento para suministrar agua potable al hospital, y la Cruz Roja Británica otra UIE de logística. Llegaban aviones a diario a Bhuj y simultáneamente, cada mañana, salían camiones del recinto de la Cruz Roja cargados de mantas, tiendas y lonas para distribuir en los pueblos vecinos.

 

 

Reflexiones personales

Toda la semana había sido una larga montaña rusa emocional. Tanto los periodistas como los socorristas occidentales estábamos consternados por lo que habíamos visto, pero a veces compartíamos momentos de risa, tal vez un mecanismo instintivo para sobrellevar nuestra angustia.

En el vuelo de regreso a Delhi pensé en algunas de las personas extraordinarias que había conocido esa semana. Los médicos voluntarios que habían estado trabajando 72 horas prácticamente sin dormir. Pensé en Hirin, el joven soldado que entró en mi carpa para ofrecer su ayuda. A pesar de haber perdido a más de 100 de sus compañeros en el terremoto, cada día movilizaba a 50 voluntarios para descargar el avión. Luego estaba el cirujano del ejército, que en las primeras 24 horas y sin ayuda alguna, había practicado 45 amputaciones de miembros aplastados.

Probablemente, la verdadera magnitud de esta tragedia nunca se conocerá. En la tradición hindú, las familias que han perdido seres queridos, se rapan en señal de luto durante 10 días. Los miles de cráneos recién afeitados que pueden verse en todo el Kutch son testimonio de la enorme cantidad de estas sentidas pérdidas.

Patrick Fuller
Delegado Regional de Información de la Federación.



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