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El nuevo trabajador del quehacer humanitario
Caroline Moorehead |
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Hoy en día, la labor de socorro internacional incluye
aportes de agrónomos y otros expertos técnicos.
Muchos organismos humanitarios consideran que modelar futuras
políticas es una parte importante de su labor.
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Cuando Cruz Roja comenzó su
labor, prestar asistencia a quienes la necesitaban era más
bien un acto de benevolencia de gente con medios económicos
y posición social. Hoy en día, ayudar a los
más vulnerables del mundo es un sector profesional
bien organizado donde conviven idealistas, activistas y técnicos.
En momentos en que la que la crisis de Asia central plantea
nuevos retos a la acción humanitaria, Cruz Roja, Media
Luna Roja pidió a la historiadora Caroline Moorehead
que analizara cómo ha cambiado el perfil del trabajador
humanitario.
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En 1999, cuando un ciclón azotó Orissa, en
la costa oriental de India, llegaron a ayudar 235 organizaciones
internacionales de socorro sin contar el ejército indio,
los organismos de socorro indios y la Federación Internacional
de Sociedades de la Cruz Roja y de la Media Luna Roja. En
pocos días, literalmente miles de trabajadores y expertos
humanitarios llegaron a Orissa. La logística fue impresionante
y el hecho de que todo procediera de manera relativamente
armoniosa y eficaz dice mucho en favor del profesionalismo
del mundo humanitario moderno.
La asistencia humanitaria ha recorrido un largo camino desde
aquel día de la primavera de 1884 en que el río
Ohio de los Estados Unidos salió de su lecho dejando
la ciudad de Cincinnati bajo el agua. En 1884, Clara Barton,
fundadora de la Cruz Roja Estadounidense, alquiló un
vapor, izó la bandera con la cruz roja e inició
su viaje río abajo a través de la bruma y el
aguanieve. Calzaba botas de caucho e iba entregando mantas
y ropa a los sobrevivientes que saludaban con algarabía
desde la orilla.
Pocos años antes, Henry Dunant había reunido
a media docena de turistas que visitaban los alrededores del
campo de batalla de Solferino; hoy se sorprendería
al ver ese Movimiento que creó en junio de 1859 por
una simple cuestión de compasión A lo largo
del siglo, desde que la visión de Dunant fuera recompensada
por el primer Premio Nobel de la Paz, la labor humanitaria
se ha convertido en un sector multina- cional de alta tecnología
por el que pasan miles de millones de dólares de ayuda
para el desarrollo y el socorro en caso de desastre, y que
no cesa de crecer a pesar del estancamiento de recursos y
la complejidad de la sociopolítica internacional.
Las recientes tendencias huma-nitarias han generado una nueva
especie de trabajadores de la ayuda, es decir, administradores
de enjundia, respaldados por equipos de técnicos, arquitectos,
especialistas en epidemias, estadísticos, economistas,
expertos en condiciones de salubridad, etc. "Para ser
eficientes, tenemos que tener un enfoque complejo", dice
Jean-Michel Monod, Director Adjunto de Operaciones del Comité
Internacional de la Cruz Roja (CICR).
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Espíritu de indagación
Que el mundo humanitario siga siendo tan fascinante obedece
en parte a que continúa atrayendo a idealistas que
se preocupan del prójimo y quieren mejorar un mundo
imperfecto, lo que da cierto estilo a una labor cuyo mejor
exponente es una mezcla acertada de humildad y considerable
eficiencia.
El fin de la guerra fría dio lugar a un momento de
repentino optimismo en el mundo de los derechos humanos y
el quehacer humanitario. Aunque desastres naturales siguieran
afectando a miles de personas, el nuevo espíritu de
armonía internacional exigía una prestación
de servicios de socorro más rápida y eficiente.
También se esperaba que las guerras ya no despojaran
a los ciudadanos de sus derechos políticos. Este optimismo
duró muy poco ya que enemistades de larga data desencadenaron
conflictos inesperados y feroces, y rivalidades económicas
agravaron la devastación provocada por desastres naturales
con lo cual, el número de personas indigentes y privadas
de sus derechos no cesó de aumentar y, entonces, el
mundo huma-nitario también tuvo que crecer. Se fundaron
nuevas organizaciones para colmar lagunas muy concretas; citemos
como ejemplo los diferentes grupos que se ocupan de desminado
y los que se especializan en derechos de la mujer. Nuevos
candidatos acudieron en masa para adherir a organismos no
gubernamentales e internacionales.
En una época en que las necesidades aumentan, los
fondos disminuyen y los donantes quieren saber en qué
reditúa su dinero, la claridad de propósito
y la rendición de cuentas cobraron mayor importancia.
La Cruz Roja y la Media Luna Roja no escaparon a estos vientos
de cambio. En los últimos decenios hubo períodos
de cambio y fluctuación, de descontento y revisión
que reflejaron los impulsos de gobiernos y donantes. En la
Cruz Roja y la Media Luna Roja hubo una orien-tación
global basada en la premisa de que la educación y la
formación cuentan más que el dinero y los recursos
naturales. La necesidad de prestar ayuda de emergencia subsiste
pero, hoy en día, las organizaciones occidentales entiende
que también hay que transmitir pericia y conocimientos
a las comunidades dam-nificas. De ahí que las estrategias
de asistencia evolucionen constantemente para transmitir conocimientos
que puedan resistir a temporales políticos y económicos.
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Aunque las armas modernas han cambiado la guerra, las secuelas
siguen siendo las mismas que hace 100 años: prisioneros
de guerra y civiles que necesitan protección y asistencia.

... los emblemas, antes reconocidos y respetados universalmente,
hoy sirven de blanco en guerras en las que no se aplica ninguna
norma de antes.
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Corriente arriba
Tal vez no fuera sorprendente que tarde o temprano quienes
prestan ayuda de emergencia miraran más detenidamente
corriente arriba para ver cómo y por qué surgía
la necesidad de ésta y corriente abajo para ver qué
sucedería después. En 1998, la Unidad de Socorro
del CICR pasó a llamarse Seguridad Económica
(ECOSEC). "En el decenio de 1980 distribuíamos
alimentos. A principios del decenio de 1990, nos dimos cuenta
de que era más sensato distribuir simientes y herramientas
para volver a poner en pie las economías locales. Pero,
poco a poco, comprendimos que había que hacer más",
explica Pierre-Michel Perret, Agrónomo de ECOSEC. Actualmente,
agrónomos, economistas, veterinarios y expertos en
agua y saneamiento figuran entre los especialistas que se
reúnen, incluso en plena crisis, para hacer planes
y preparar servicios para cuando termine una operación
de socorro o un conflicto armado.
Hasta la reciente crisis en Afganistán, el CICR ayudaba
a reparar los canales de agua destruidos durante la ocupación
soviética. El objetivo era que la zona volviera a ser
habitable para los refugiados que retornaban de los campamentos
de Pakistán. En Kabul, se había logrado que
volviera a funcionara un laboratorio de vacunas destruido
por los bombardeos. "No creo que podamos ir mucho más
allá", comenta Perret.
Harold Masterson, Jefe de Formación y Desarrollo,
de la Federación, que comenzó en la Cruz Roja
Danesa hace 20 años, se congratula de la iniciativa
de evaluar la repercusión de los servicios humanitarios
prestados y es partidario de que toda intervención
cuente con un componente de desarrollo, aunque todavía
se siga haciendo hincapié en los resultados visibles
e inmediatos.
Los organismos humanitarios han reforzado sus estrategias
de comunicación pues dar a conocer lo que hacen y los
retos que asumen, no sólo se considera un medio de
recaudar fondos para sus actividades sino también un
medio de educar y de acrecentar la participación de
la gente.
Incluso el CICR, que en el pasado tenía la reputación
de ser hermético, ahora se da a conocer. Produce un
sinnúmero de publicaciones, tiene un importante departamento
de prensa y un flamante sitio web. Yves Daccord, Jefe de Comunicaciones,
espera que pronto se llegue a la cifra de 4.000.000 millones
de visitas por año.
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Desde finales de la Segunda Guerra Mundial, el mundo humanitario
no tuvo mucho tiempo para planificar el futuro. Algo en las
crisis perpetuas, en la magnitud y el ritmo con que se suceden
las emergencias parece haber sembrado una impresión
de urgencia, un soplo de afán y un espíritu
de indagación. Muchos organismos humanitarios consideran
que modelar políticas futuras es una parte importante
de su labor. El éxito de la campaña para controlar
la fabricación y venta de minas terrestres es un ejemplo
impresionante de la militancia en el ámbito del quehacer
humanitario. Otra inquietud está relacionada con los
derechos del número creciente de personas que emigran
a raíz de conflictos y desastres. Robert Thomson, alto
funcionario de la Federación que se ocupa de refugiados,
es un ferviente defensor de los emigrantes y sostiene que
occidente no cumple con las disposiciones del Pacto Internacional
de Derechos Económicos, Sociales y Culturales, y actúa
con muy poca visión al acoger solamente a refugiados
políticos. Thomson se pregunta por qué un hombre
que huye de la tortura se considera un refugiado de buena
fe con determinados derechos, y cuando otro huye de la destrucción
total de sus medios de subsistencia, se le califica de emigrante
económico y se le considera inaceptable. En el ámbito
de su labor, Thomson participa en el debate sobre la trata
de seres humanos, actividad que genera 7.000 millones de dólares
por año, y sobre el futuro de los desplazados internos
que aún no gozan de derechos. Además, se ha
comprometido a lograr que la migración figure entre
las prioridades del programa de la Cruz Roja y de la Media
Luna Roja. Los funcionarios del Alto Comisionado de las Naciones
Unidas para los Refugiados (ACNUR), por su parte, se preparan
para resistir a las tentativas de los gobiernos de reducir,
en lugar de aumentar, los derechos de todos los refugiados.
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La finalidad de los programas ulteriores a conflictos armados
es mejorar los medios de subsistencia de la población.

Las mujeres cumplen una función cada vez más
significativa en los asuntos humanitarios.
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A lo largo del siglo pasado, los desastres fueron cambiando
de amplitud y violencia pero las necesidades humanas elementales
fueron y siguen siendo las mismas: alimentos, agua, refugio,
atención de salud y apoyo psicológico.
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En aras de un mundo mejor
El sentido de responsabilidad personal de crear un mundo
mejor y no limitarse a servir de "curita" para las
víctimas, se extiende al sector médico del mundo
humanitario. En la Federación se preparan estrategias
ambiciosas para combatir la pandemia del VIH/SIDA. En el CICR
salta a la vista que el centro de las actividades se ha desplazado
de los heridos de guerra a la salud pública. "El
agua contaminada, los servicios sanitarios, las epidemias,
nuevas cepas resistentes de enfermedades como la malaria y
la tuberculosis apenas revestían importancia para nuestra
labor hace unos pocos decenios. A medida que se amplían
las consecuencias de conflictos armados que afectan gravemente
a los civiles, tenemos que abordar cuestiones médicas
que los primeros doctores del Movimiento nunca tuvieron que
encarar", explica el Dr. Pierre Perrin del CICR.
Para abordar cuestiones relacionadas con la salud, la Federación
y el CICR colaboran con universidades en el campo de la investigación
médica. Además, personal médico y personal
jurídico cooperan estrechamente en lo que se refiere
a las consecuencias para la salud de armas nuevas como las
pistolas láser. De más en más, los profesionales
del quehacer humanitario son conscientes de la magnitud de
las secuelas mentales de las guerras modernas, el trauma psicológico
de la violación y de la angustia de los niños
que han presenciado atrocidades inimaginables en guerras recientes
como las de la región de los Grandes Lagos de África
y los Balcanes.
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En el mundo humanitario en su conjunto se ha puesto de moda
el término profesionalismo. Cursos de gestión
y de formación están al orden del día.
Si los requisitos exigidos a los socorristas no han cambiado
mucho a lo largo del último decenio (entre 25 y 35
años; soltero; titular de algún diploma universitario;
dominio del inglés y el francés, y con permiso
de conducir) ahora son esenciales calificaciones suplementarias.
En el caso del CICR, ha desaparecido prácticamente
el nepotismo que durante muchos años sencillamente
se aceptaba como un hecho de la vida del socorrismo internacional,
y la institución abrió sus puertas a ciudadanos
de otros países. Actualmente, hombres y mujeres que
no sólo piensan de manera diferente sino que también
tienen aspectos diferentes trabajan en el terreno o en la
sede de Ginebra. Hay demanda de especialistas de muchos ramas
de la medicina y de la economía, al igual que licenciados
de nuevos programas de estudios en el campo del quehacer humanitario.
Hoy en día, tanto las organizaciones internacionales
como las ONG más pequeñas ofrecen cursos de
gestión.
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Arquitectos, técnicos de agua y saneamiento
y planificadores comunitarios son indispensables en los esfuerzos
de rehabilitación después de un desastre.
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Nuevas realidades
¿Quiénes son estos nuevos trabajadores del
quehacer humanitario? En 2000, el CICR recibió 6.000
solicitudes de empleo: 480 candidatos fueron entrevistados
y 300 de ellos contratados. Hay una proporción igual
de hombres y mujeres, y de especialistas y generalistas, 40%
de ellos no son suizos, ya que se abrogó la norma de
que sólo ciudadanos suizos podían trabajar en
la institución.
El nuevo énfasis en la formación fue paralelo
a un nuevo interés por las condiciones de trabajo.
El salario y las condiciones del personal internacional son
superiores a la media y los candidatos quieren informarse
sobre los regímenes de jubilación y las estructuras
de carrera, noción totalmente ajena a quienes patrullaban
los campamentos de prisioneros de guerra hace 60 años.
"Quienes vienen a trabajar con nosotros, al parecer dan
más importancia a la comodidad que antes", dice
Martine Desarzens, que se ocupa de contratar personal en la
filial suiza de Médecins Sans Frontières (MSF).
"Cuando van en misión se informan sobre la comida,
el alojamiento y el acceso más cercano a Internet.
Se tiene la impresión de que son menos independientes
que los de antes y están menos dispuestos a soportar
condiciones duras."
Para los trabajadores del sector humanitario de más
edad, un empleo en una organización internacional de
ayuda significaba un pasaje de avión en dirección
a un conflicto armado o un desastre lejanos y unas cuantas
palabras de orientación sobre lo que debía hacer
una vez allí.
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Pierre Gassman, Jefe de Operaciones para Europa oriental
en el CICR, llegó a la organización en 1968
siendo un joven abogado. No hablaba inglés, no sabía
conducir y tenía previsto pasar unos meses en la organización
antes de iniciar su carrera en la diplomacia suiza. Fue enviado
a Biafra y desde entonces está en la organización.
Gassman opina que las ideas de creatividad e iniciativa parecen
estar desapareciendo.
Supone que el contacto constante con la sede de Ginebra vía
correo electrónico y teléfono por satélite,
así como los interminables informes escritos implican
que los trabajadores de terreno se distancian de las personas
con quienes trabajan. Al igual que sus colegas, está
preocupado por la seguridad de los nuevos trabajadores de
la Cruz Roja y de la Media Luna Roja, pero también
le preocupa que las estrictas normas de seguridad influyan
en lo que pueden lograr los trabajadores de terreno. "Parte
del trabajo consiste en crear una red de buenos contactos,
estando por todas partes, escuchando lo que se dice, impregnándose
del lugar y de la situación. En muchas partes, esto
sencillamente ya no sucede." Gassman cree que mucha gente
que se va del CICR tras una sola misión, lo hace por
la brecha que se abre entre lo que esperaba y la realidad
de lo que realmente podía lograr en el terreno, debido
al estricto reglamento de seguridad. "A veces lo que
uno hace es solamente ensalzar el trabajo administrativo",
dice Geoffrey Loane, de la división de salud y socorro
del CICR, y añade: "Ya no hay entusiasmo ni uno
tiene la sensación de estar salvando al mundo."
La seguridad obsesiona a todos los actores del quehacer humanitario
y en ninguna otra parte tanto como en la Cruz Roja y la Media
Luna Roja, donde los emblemas, otrora reconocidos y respetados
universalmente, sirven ahora de blanco en guerras a las que
no se aplica ninguna norma de antes. Hubo un tiempo en que
el emblema de la Cruz Roja era el más conocido del
mundo. Ahora está en tercer lugar y lo preceden dos
marcas comerciales. Según Miguel Cagneux, uno de los
tres funcionarios de seguridad mundial del CICR, 40% de los
incidentes sobre los que se informó en 2000 fue resultado
de un ataque directo contra la Cruz Roja y la Media Luna Roja.
Hace 10 años era 3%.
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En abril, seis empleados de la Cruz Roja cayeron en una emboscada
en el Congo. En otros tiempos se hubiera hablado de un accidente
lamentable, un error; hoy es evidente para todos que la emboscada
había sido cuidadosamente planificada. "Es deplorable
tener que admitir que ya no nos quieren en ninguna parte",
dice el Dr. Perrin. El debate de larga data, para saber si
tiene sentido prestar asistencia cuando los trabajadores del
quehacer humanitario tienen que ir acompañados de guardias
armados, sigue planteado. "Tenemos que ser creativos;
tal vez haya lógica en el caos de los conflictos armados
de nuestros días, pero se trata de una lógica
que no conocemos y nos expone a un peligro enorme", afirma
Geoffrey Loane.
Paradójicamente, las realidades de las nuevas guerras
despiadadas, así como la magnitud de las necesidades
humanitarias en África, Asia, gran parte de las Américas,
e incluso en Europa, forjan lazos más sólidos
entre competidores. Fruto de la protesta contra la neutralidad
preconizada por la Cruz Roja, MSF, que condena públicamente
toda violación que pueda comprobar, ha establecido
una asociación sutil con la Cruz Roja y la Media Luna
Roja, interviniendo en los mismos conflictos armados, poniéndose
cada una a la vanguardia de aquello que se ajusta mejor a
su propia ética. Este espíritu de intercambio
es más visible en el terreno donde trabajadores de
MSF y de la Cruz Roja encuentran soluciones y comparten estrategias
médicas y programas de formación.
Hoy en día, la capacidad de trabajar en equipo, de
dirigir y ser dirigido, de discutir y de informar, se considera
esencial para un buen trabajo en el terreno.
La angustia causada por el contacto diario con el sufrimiento
y el horror, se trata mediante un diálogo interminable
y si bien se ha perdido cierta libertad de espíritu,
indiscutiblemente se ha adquirido una gama de conocimientos
especializados. Las ONG y las organizaciones internacionales
antes eran toleradas e ignoradas. Actualmente, gracias a su
saber colectivo y al acceso a las comunidades, las organizaciones
humanitarias se consideran actores importantes con un peso
político y económico considerables.
El Movimiento Internacional de la Cruz Roja y de la Media
Luna Roja dedica mucho tiempo a pensar en su futuro, a considerar
una dirección unificada y las competencias nece- sarias
para llegar allí. Todo el mundo es consciente de que
el Movimiento deberá proceder a una evaluación
inteligente de la manera y el contexto en los que se brinda
asistencia porque de no ser así, sus acciones serán
prácticamente inútiles.
En todo el mundo del quehacer humanitario hay cierto malestar
por el predominio de los valores y modalidades de trabajo
de los blancos occidentales. Ewa Eriksson, de la Federación,
pasó dos años discutiendo con las Sociedades
Nacionales sobre la manera en que contratan delegados. Desde
siempre, los donantes han preferido contribuir con asistencia
financiera junto con su propio personal y sus propios expertos,
incluso si a veces no se desenvolvían bien en medio
de otra cultura. Gracias a cuestionarios detallados sobre
cuestiones de sensibilidad, aptitudes de comunicación
y adaptabilidad, Eriksson constata un cambio hacia un movimiento
más libre de trabajadores del quehacer humanitario,
en el que se tienen más en cuenta los conocimientos
especializados que el país de origen.
Estas nuevas estrategias de contratación van ganando
terreno y un número creciente de Sociedades Nacionales
las está adoptando.
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Cuando Henry Dunant volvió de Solferino a Ginebra
en el verano de 1859, impresionado por la carnicería
que había presenciado, tuvo la idea de incorporar un
espíritu de humanidad en el enfrentamiento bélico.
Sus iniciativas llevaron a la creación de la Cruz Roja,
encargada de atender a las víctimas de conflictos armados,
de establecer el reglamento que rigiera la conducta de su
personal y de supervisar su cumplimiento. Un siglo después,
en un mundo donde ya nada está claro respecto a la
guerra y las víctimas ya no son soldados sino niños
mutilados por minas terrestres o mujeres violadas, el quehacer
humanitario en el terreno sigue siendo crucial.
Parecería que la violencia anárquica, los conflictos
armados que prosiguen año tras año, los desastres
naturales agudizados por el cambio climático y los
graves incidentes de terrorismo se combinaran para llevar
al mundo del quehacer humanitario hasta el límite de
lo que pueda soportar. Lo que suceda después, inquieta
bastante a quienes tienen tiempo de detenerse a pensar.
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Caroline Moorehead
Escritora y biógrafa residente en Londres.
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