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Paul Grossrieder

Director General del CICR

 
Las consecuencias del 11 de septiembre y los acontecimientos en Afganistán nos exhortan a reflexionar sobre la esencia de nuestra misión humanitaria. En 1859, al ver a las víctimas de la batalla de Solferino, Henry Dunant tuvo una intuición extraordinaria: la guerra no debe hacernos olvidar que el ser humano tiene derecho al respecto en toda circunstancia. Combatientes heridos, prisioneros y civiles, en particular, deben beneficiar de la atención, el tratamiento y la protección que le son debidos como seres humanos. Fue una idea grandiosa porque sobrepone la vida y la dignidad humanas a cualquier otro interés, ya sea militar, político, religioso, étnico o económico. Dunant y la Cruz Roja fueron aún más lejos logrando que este ideal moral se plasmara en el derecho internacional: los Convenios de Ginebra.

Más de una vez, el derecho humanitario tuvo que salvar escollos. Durante la guerra fría, los Convenios fueron ampliamente ignorados en Corea, Indochina y la URSS. A pesar de ello, el CICR no se cruzó de brazos y siguió promoviéndolos activamente, por ejemplo, en Angola. La lección principal de este período fue que aunque algunos tratan de socavarlos, los principios y las normas de los Convenios de Ginebra no se pueden dejar de lado; han sobrevivido gracias a la vigilancia y la acción constantes en defensa de la dignidad humana.

Hoy, los acontecimientos vuelven a poner en entredicho la pertinencia de los Convenios de Ginebra. Abundan ejemplos de poderes militares y políticos que quisieron anteponer la ley del más fuerte a la solidaridad y la justicia, haciendo tambalear el cimiento mismo del derecho humanitario. Una vez más, el Movimiento debe defender la soberanía de la humanidad y la dignidad por encima de cualquier otra soberanía para impedir que se caiga en la barbarie.

Paul Grossrieder
Director General del CICR


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