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Las
consecuencias del 11 de septiembre y los acontecimientos en
Afganistán nos exhortan a reflexionar sobre la esencia
de nuestra misión humanitaria. En 1859, al ver a las
víctimas de la batalla de Solferino, Henry Dunant tuvo
una intuición extraordinaria: la guerra no debe hacernos
olvidar que el ser humano tiene derecho al respecto en toda
circunstancia. Combatientes heridos, prisioneros y civiles,
en particular, deben beneficiar de la atención, el tratamiento
y la protección que le son debidos como seres humanos.
Fue una idea grandiosa porque sobrepone la vida y la dignidad
humanas a cualquier otro interés, ya sea militar, político,
religioso, étnico o económico. Dunant y la Cruz
Roja fueron aún más lejos logrando que este ideal
moral se plasmara en el derecho internacional: los Convenios
de Ginebra. |
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Más de una vez, el derecho humanitario tuvo que salvar
escollos. Durante la guerra fría, los Convenios fueron
ampliamente ignorados en Corea, Indochina y la URSS. A pesar
de ello, el CICR no se cruzó de brazos y siguió
promoviéndolos activamente, por ejemplo, en Angola.
La lección principal de este período fue que
aunque algunos tratan de socavarlos, los principios y las
normas de los Convenios de Ginebra no se pueden dejar de lado;
han sobrevivido gracias a la vigilancia y la acción
constantes en defensa de la dignidad humana.
Hoy, los acontecimientos vuelven a poner en entredicho la
pertinencia de los Convenios de Ginebra. Abundan ejemplos
de poderes militares y políticos que quisieron anteponer
la ley del más fuerte a la solidaridad y la justicia,
haciendo tambalear el cimiento mismo del derecho humanitario.
Una vez más, el Movimiento debe defender la soberanía
de la humanidad y la dignidad por encima de cualquier otra
soberanía para impedir que se caiga en la barbarie.
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