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Archivos de una tragedia
Kim Gordon Bates
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Documentos históricos y efectos personales
se catalogan cuidadosamente para garantizar que los hechos
de la Segunda Guerra Mundial no sean olvidados y las víctimas
sean indemnizadas.
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Situada entre un palacio barroco y un gran bosque, la ciudad
de Arolsen en Alemania es un lugar poco probable para una actividad
humanitaria que comenzó poco después de la Segunda
Guerra Mundial y que sigue beneficiando a centenares de miles
de personas. En 2001, fueron 400.522. |
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Tal vez esta sea la delegación decana de la Cruz Roja
y, seguramente, la más grande pues cuenta con más
de 430 miembros de personal. Pero en la organización
pocos saben dónde está Arolsen y aún
menos en qué consiste su labor. Sin embargo, el Servicio
Internacional de Búsqueda de Arolsen (SIB) es uno de
los archivos más extraordinarios que uno pueda imaginar.
Este Servicio se ocupa de esa tragedia humana que fue la
Segunda Guerra Mundial y de sus secuelas. Bajo su techo, en
inmensas estanterías deslizantes que llevan los nombres
de Auschwitz, Buchenwald y Dachau se encuentra la mayor colección
de documentos relacionados con el horror, de "libros
de muertos" a cupones "para quitar los piojos",
pasando por listas de deportación y fotos de familia.
Su personal, que ahora dispone de alta tecnología electrónica,
trata de reconstituir la historia de casos de ex prisioneros
de campos de concentración y de todos aquellos que
fueron llevados a la Alemania nazi para hacer trabajo forzoso.
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En Arolsen, está descrita la vida de 17.000.000 de
personas, a veces de manera incompleta, en 47.000.000 de pedacitos
de papel recuperados de 22 campos de concentración
y miles de estructuras satélites: campos de personas
desplazadas, guetos y cárceles, así como archivos
municipales, archivos de fábricas y de la policía.
Una sección se dedica a los niños, incluidos
los bebés arrancados de su familia "no aria"
y entregados a padres que eran "arios puros". Arolsen
es un lugar donde cada pedacito de papel es testimonio de
una tragedia humana de proporciones gigantescas.
Tal vez la función más notoria del SIB sea
extender certificados a supervivientes de campos de concentración;
función capital pues estos certificados les permiten
obtener una indemnización financiera o el acceso a
fondos de pensión y, además, legitiman lo que
cuentan porque muchos no les creen. El SIB y la Cruz Roja
no pagan indemnizaciones, pero están encargados de
dar ese certificado reconocido por el gobierno alemán,
o sus organismos, para autorizar el pago de fondos.
Una actividad que había comenzado, incluso antes de
la Segunda Guerra Mundial, había terminado: en Londres,
en 1943, los aliados ya habían creado el marco jurídico
de lo que sería el SIB. Hoy en día, si bien
la administración de los archivos incumbe al CICR,
su política la formulan naciones: Alemania, Bélgica,
Estados Unidos, Francia, Gran Bretaña, Grecia, Israel
Italia, Luxemburgo, Países Bajos y Polonia .
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Judíos de una brigada de trabajo
forzoso posan con sus palas en el pueblo de Piotrkow Kujawaski,
Polonia, 1942.
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Una jornada de labor
Trabajar en Arolsen es angustioso pues supone manejar lo
que queda de millones de vidas. Las computadoras de alta tecnología
no impiden que el personal se compenetre de esa tragedia.
Susanne Siebert, Coordinadora de Tecnología de Información
del SIB, lo vive en carne propia y dice: "quienes trabajamos
aquí, trabajamos de corazón".
La alta tecnología y la historia se han fusionado
bien en el SIB. En primer lugar, por la necesidad de trabajar
rápido, una investigación por vía rápida,
actualmente lleva ocho 8 semanas cuando antes llevaba varios
meses o incluso años. En segundo lugar, porque se ha
comprendido la importancia de guardar cada pedacito de papel
y de introducir la información en un inmenso banco
de datos para referencia futura. Hoy en día, la conservación
de documentos que forman parte de la historia es otro cometido
fundamental del SIB.
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No hay que olvidar que ha habido y sigue habiendo gente
que niega la existencia del holocausto, argumentando que el
SIB sólo puede documentar 380.000 muertes en campos
de concentración, se sirven de esos documentos como
prueba de sus afirmaciones.
Ahora bien, esa gente se olvida de que había dos tipos
de campos. Los campos de concentración, donde los nazis
llevaban un registro de prisiones y dejaban un corto plazo
de vida para que trabajaran como esclavos, la vida de todos
ellos fue espantosa, pero hubo supervivientes, no como en
el caso de los millones de prisioneros enviados directamente
a la muerte en los campos de exterminación de Auschwitz,
Belzec, Chelmno, Sobibor y Treblinka, que no figuran en ningún
registro. Su rescate del olvido reside esencialmente en lo
que cuentan quienes saben lo que pasó, como por ejemplo,
Udo Jost, ex miembro de la Luftwaffe de posguerra que llegó
al SIB en 1984 para ocupar un puesto temporario. Por ese entonces
pensaba "que ya sabía todo sobre el holocausto,
pero solamente fue en el SIB que me di cuenta de la magnitud
de la tragedia". Udo Jost es uno más de quienes
trabajan en el SIB y han consagrado su vida para que "la
gente no olvide" y pasa muchas horas guiando a escolares
por esa casa de papel, testimonio de aquel horror.
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Carrera contra reloj
Cincuenta y siete años después de la guerra
en Europa, el número de supervivientes disminuye cada
año y se les debe por lo menos reconocimiento cuando
no indemnización, principalmente, a quienes fueron
sometidos al trabajo forzoso.
Desde que terminó la guerra fría, el número
de solicitudes de países de la ex Unión Soviética
aumentó considerablemente y hay un retraso de algo
más de 400.000 solicitudes a las que aún no
se ha podido responder. Muchas víctimas de entonces
tropiezan con obstáculos insalvables para obtener lo
que se les debe. Según Charles-Claude Biedermann, Director
del SIB, "en las zonas rurales de Belarús y Ucrania
hay miles de personas que no pueden pagarse ni un sello para
escribirnos, y con quienes no podemos tomar contacto".
Por el momento, se ha logrado encontrar e identificar casi
a un tercio del millón y medio de personas que, según
estimaciones, fueron víctimas de los programas de trabajo
forzoso de los nazis. Biedermann añade: "con más
dinero podemos hacer más; necesitamos dinero para equipo
electrónico de gran rendimiento, pero también
necesitamos acceso a esos documentos que se nos ocultan. No
todo fabricante alemán ha sido tan cooperativo como
Siemens, Bayer o Zeiss
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En el intento de llegar al mayor número posible de
personas lo más pronto posible, el SIB ha aprovechado
los esfuerzos de varios asociados, entre otros, la Fundación
Alemana del Recuerdo, Responsabilidad y Futuro y varias Sociedades
Nacionales de la Cruz Roja como, por ejemplo, las de Belarús,
Polonia y Ucrania.
Sin embargo, contratar ayuda suplementaria no es nada nuevo
para el SIB. Creado en Francfort se trasladó a Arolsen
en 1946, cuando la primera remesa de documentos confiscados
por los aliados, archivos municipales o trabajadores forzados,
se descargó de los camiones en el patio de lo que fueron
los barracones del regimiento SS Germania. Allí, unos
1.200 miembros del personal, casi todos extranjeros desplazados,
comenzaron a pasar por el tamiz los documentos, ocupándose
de traducirlos y clasificarlos. Desde entonces, el SIB ha
respondido a 9.600.000 solicitudes.
Igualmente importante es el hecho de que quedan casi 3.000.000
de expedientes individuales que tal vez sean reactivados cualquier
día de estos, si se reciben nuevas pruebas documentadas
que den el empuje necesario. Tal como sucedió un día
de abril pasado, una mujer polaca recibió confirmación
de la suerte de su marido deportado unos 50 años antes.
Le devolvieron la alianza de su esposo que se había
conservado en el SIB junto con otras miles. Pero incluso esa
" clase de alegrías puede durar poco, porque la
financiación del SIB es vacilante y, por motivos de
dinero, la labor humanitaria del SIB está en peligro",
concluye Biedermann.
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Kim Gordon Bates
Funcionario de prensa del CICR, Ginebra.
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