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Aguas turbulentas

John Sparrow

Las inundaciones de este verano en Europa central no sorprendieron a nadie. Puede hablarse de estación anual de inundaciones cada vez más graves. ¿Qué más hacer para reducir sus consecuencias? ¿Cómo puede ayudar la Cruz Roja a cambiar el rumbo de este fenómeno?

Josef Baloun, de 73 años, desafió a las autoridades checas y se fue a su casa. Las aguas se habían retirado, pero su pueblo, en el norte de Bohemia, asolado por las inundaciones, se encontraba en una zona de exclusión. Los funcionarios habían advertido que se derrumbarían edificios y que había peligro para la salud, pero nada pudo disuadir a algunos habitantes.

Durante un tiempo, gran parte del distrito había desaparecido prácticamente de la faz de la tierra. Tejados y chimeneas era cuanto se podía ver en algunas comunidades, englutidas por el torrente de agua del Labe y sus afluentes que salieron de su cauce y anegaron los campos. Ahora, que las aguas se habían retirado, podría eva-luarse la magnitud de los daños.

 

El susto del anciano cuando tuvo que huir de la inundación, se transformó en desesperación. Al volver a Pocaply u Terezina, trató de controlar su emoción mientras buscaba su hogar. Casi todas sus posesiones estaban ahí en ruinas, cubiertas de barro y agua estancada. "¿Y ahora que hacemos?", balbució. "No tengo dinero para reparar todo esto y soy demasiado viejo para volver a empezar".

Por la calle principal del pueblo, otros sollozaban y pronto comenzó la labor de limpieza. Se apilaban muebles en las aceras, se arrancaban los suelos, se tiraban cocinas y heladeras. Más cerca del río, Petr Madera separaba algunas posesiones de la casa de su abuela. "Perdimos todo" dijo. La marca del agua a buena altura del muro exterior hablaba por sí sola, pero al menos la casa seguía en pie. Muchos edificios de ladrillo de Pocaply se habían derrumbado o estaban tan dañados que las autoridades tendrían que derribarlos. Otras aldeas parecían zonas devastadas por la guerra. Al sur, en Zalezlice, cerca de Melnik, el ejército estaba estacionado en los alrededores y reclutas ceñudos iban por las calles con palas. Un tercio de las 120 casas del pueblo estaba en ruinas y otro tercio agrietadas e inclinadas por lo que tendrían que ser derribadas.

 

No hay de qué sorprenderse

Desgraciadamente, estas escenas son comunes en Europa central y las inundaciones del verano, que cobraron docenas de vidas y causaron daños por unos 20.000 millones de euros, no deberían sorprender a nadie. Desde hace un tiempo, las inundaciones son anuales y cada vez más graves.

El año pasado, el invierno sembró el infortunio en Hungría, Rumania y Ucrania. Las inundaciones del verano afectaron a 50.000 polacos en un país donde otros miles todavía tenían que recuperarse del diluvio de 1997. Este verano hubo tantas tormentas e inundaciones que muchas pasaron desa- percibidas. Mientras el mundo tenía los ojos puestos en la tragedia sin precedente de Alemania, Austria y la República Checa, y en las inundaciones mortales del sur de Rusia, las Sociedades Nacionales de la Cruz Roja de Bulgaria, Croacia, Eslovaquia, Hungría y Rumania, también tuvieron que movilizarse; decenas de miles de colaboradores y voluntarios lucharon por mantener los servicios de socorro y dar cobijo a las víctimas de una Europa devastada.

Ahora bien, el socorro no basta. Estas catástrofes eran previsibles, si bien su escala y su ubicación no lo eran, y a medida que se iban evaluando los costos de las inundaciones más recientes, era inevitable preguntarse si se hace lo suficiente para prevenir los desastres y las pérdidas sociales, económicas y personales que se registran cada año en la región.

Las inundaciones distan de ser un desastre natural. En el cambio climático, el deterioro del medio ambiente, la despoblación forestal y las deficiencias de la infraestructura interviene el factor humano. La construcción para facilitar el paso del tráfico fluvial, para desviar el curso natural, o reducir los trayectos sinuosos tiene consecuencias.

 
 

La magnitud del desastre de este ve-rano ha impulsado el debate. La pérdida de vidas y bienes, así como el peligro que corren las ciudades históricas de Europa preocupan en todo el mundo. Además, no se trata solamente de inundaciones; en Europa central y oriental se está destruyendo el tejido social, exacerbando la pobreza y obstaculizando el desarrollo humano en países que ya soportan el fardo de la transición social y económica.

El norte de Bohemia es un buen ejemplo porque allí pueblos y ciudades quedaron atrapados entre las aguas de los ríos Vltava y Ohre que desembocan en el Labe. Alrededor de la confluencia del Labe y del Ohre se formó un lago de ocho kilómetros de ancho y 20 de largo que anegó 38 pueblos, entre ellos, Pocaply , orgullosa de sus casas tradicionales de ladrillo, en torno a la iglesia del siglo XVIII.

Los agricultores al borde de la ruina, los obreros agrícolas sin trabajo de la noche a la mañana y el resto de lo habitantes del pueblo se preguntaban qué malabares tendrían que hacer para sobrevivir. Muchos tenían empleos mal remunerados en la ciudad y para completar los ingresos cultivaban su terrenito, pero este año no habría cosecha y algunos habían perdido el empleo por el cierre de empresas en la ciudad.

En Rumania, a las crecidas de los ríos principales se sumaron inundaciones repentinas, provocadas por lluvias torrenciales que afectaron a 28 de los 41 municipios del país. En los 12 últimos años, las inundaciones repentinas han sido un problema localizado de la primavera. Este año, por primera vez, ocurrieron en julio y agosto, acompañadas de tormentas similares a tornados. En los Cárpatos, las lluvias causaron inundaciones en el municipio de Harghita, anegando casas, cultivos y reservas de alimentos. Los pozos se contaminaron.

Todo esto, junto con las consecuencias de una sequía que había reducido notablemente las cosechas en algunos de los municipios más pobres, agravó aún más la vulnerabilidad de una población ya empobrecida. Casi 45 por ciento de los rumanos vive en condiciones de extrema pobreza y las familias de agricultores de subsistencia constituyen la mayor parte de los damnificados por inundaciones y tormentas. La Cruz Roja Rumana ayudó a 15.000 personas, algunas de las cuales habían perdido toda fuente de ingreso. Pasarán años antes de que se recuperen totalmente. Los gobiernos apresados en las dificultades de la transición económica, difícilmente podrán costear la infraestructura dañada, pero las infraestructuras son reemplazables mientras que conseguir medios de subsistencia resulta más difícil.

Verano de solidaridad

En el caso de la Cruz Roja, las inundaciones despertaron la solidaridad regional. Ofertas de ayuda atravesaron fronteras en todas estas crisis. Incluso cuando organizaban operaciones en su propio país, las Sociedades Nacionales velaban por ayudar a sus vecinos. Una cooperación más estrecha de la Cruz Roja en operaciones de socorro, la prevención y la preparación en previsión de desastres pueden contribuir a cambiar el curso de los acontecimientos, opina Sune Follin, Delegada de Preparación en Previsión de Desastres de la Federación en Europa central.

Esta premisa se comparte con los Estados. La movilización forma parte de la ecuación de la Cruz Roja, y se ha reclamado una mayor cooperación intergubernamental para reducir el riesgo de desastres. Las soluciones sólo pueden ser regionales, sostiene Follin. Los países comparten sistemas fluviales y áreas de drenaje, y la infraestructura de un Estado afecta la infraestructura de otros. El Elba, que causó inundaciones en Alemania, es como el Labe que las causó en la República Checa; 24 ríos que nacen en siete países atraviesan las fronteras de Hungría. "La gestión del caudal, los procedimientos de control de inundaciones y los riesgos compartidos del cambio climático exigen estrategias regionales. De no ser así, Europa, seguirá empantanada en estos problemas", concluye Follin.

 

John Sparrow
Jefe de la Unidad Regional de Comunicaciones de la Federación en Budapest.

 


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