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Dedicados a la causa

por Didier Revol

Los voluntarios de la Cruz Roja en norte del Congo arriesgan su vida para frenar la segunda epidemia en dos años del mortal virus del ébola.

"Veo cadáveres por todos lados. Vuelvo todos los días al hospital, pero sé que no hay razón para estar alli. Ya no me reconozco. Aqui no hay medicamentos para curar los malos pensamientos", explica Adele, muy conmovida pues fue una de las tres únicas personas que sobrevivieron a una epidemia de ébola en el hospital de Kellé. Desde que se registró la primera muerte el 7 de enero de 2003 en una lejana aldea de la selva, más de 115 personas de los distritos de Kellé y Mbomo han sucumbido al virus del ébola en medio de un clima de miedo y superstición.

La epidemia empezó en noviembre de 2002 cuando se encontraron cientos de primates muertos en una reserva natural de las inmediaciones. Se hizo sonar la alarma, pero tres cazadores de la aldea de Yembelangoye, inconscientes del peligro, salieron en busca de carne de gorila. Ya se volvían con las manos vacías cuando tropezaron con un chimpancé muerto y se lo comieron. Murieron a principios de enero. Las personas infectadas tras estar en contacto con ellos propagaron sin darse cuenta la enfermedad a otras aldeas vecinas. Cuando, a principios de febrero, las autoridades sanitarias reconocieron oficialmente la epidemia, los voluntarios de la Cruz Roja Congoleña estaban enterrando hasta nueve personas por día en Kellé.

Kellé está situado en el corazón de la selva ecuatorial, a 850 kilómetros al norte de Brazzaville, la capital congoleña. El ejército rodeó la región y sólo permitió el movimiento del personal humanitario y médico. Se cerraron iglesias y escuelas. Se tenía que evitar a a toda costa que la enfermedad se propagara hacia la capital.

"En un asentamiento urbano la epidemia podría desatar la anarquía y los asesinatos", dice Paul Foreman, jefe de misión de Médicos sin Fronteras-Holanda. "¿Cómo reaccionaría usted ante la presencia de una enfermedad cuyo origen se desconoce, para la que no existe ningún tratamiento y con un índice de mortalidad superior al 90%?" Los síntomas del ébola justifican el miedo: diarrea sanguinolenta, hemorragias internas y externas causadas por la necrosis de órganos vitales, laceración de la piel al menor contacto. La muerte sobreviene al cabo de unos días.


Conmocionada por su experiencia, Adele es uno de los pocos sobrevivientes de la epidemia del ébola en el norte del Congo.


Fabienne Ekere, una voluntaria de 29 años de la Cruz Roja Congoleña, quema las camas
utilizadas recientemente por las víctimas del ébola.

La lucha contra el miedo

Es impresionante el contraste entre la riqueza de la región y la falta de escuelas y centros de salud. "Es evidente que estas muertes son también la consecuencia del analfabetismo y la falta de infraestructura", afirma Virginot Kounkou, jefe del hospital de Kellé.

El médico admitió que hasta el personal del hospital al principio pensó que se trataba de paludismo. Dos enfermeras y una partera, que no creyeron lo que se les decía y que contaban con pocos medios para protegerse, murieron en enero. A los voluntarios de la Cruz Roja, que en 2001 la Federación Internacional formó en gestión de desastres y lucha contra las epidemias, les costó mucho persuadir a la población a que tomara medidas sencillas para contener la propagación del ébola. "Tenemos una gran deuda de gratitud con los 19 voluntarios de la Cruz Roja local", comenta Gérard Eon, encargado de logística de la Organización Mundial de la Salud (OMS), que llegó a mediados de febrero. Para las organizaciones de la salud, que durante una epidemia anterior ocurrida en 2001 se encontraron con la hostilidad abierta de la población, poder contar con los voluntarios fue fundamental. "Como vecinos o parientes, pudieron estar cerca de los pacientes, hablar con las familias, manipular y enterrar los cadáveres y desinfectar las casas. Corrieron riesgos increíbles".

Los 19 voluntarios dicen que son afortunados por estar vivos. Afortunados sí y, sin duda alguna, también están extenuados. Enterraron a más de 60 personas bajo el abrasador sol ecuatorial, sin una palabra de agradecimiento. Además, los entristeció la oposición que enfrentaron de muchos de sus conciudadanos. Cuando, a principios de febrero, un hechicero del lugar acusó a cuatro maestros de pertenecer a una secta llamada la "Cruz Rosada" y de practicar hechicería que llevó a la muerte a decenas de personas, el frenesí se apoderó de Kellé. La multitud tomó a los maestros y los ejecutó en público con barras de hierro y machetes.

La población confundió la Cruz Roja con la "Cruz Rosada", confusión que exacerbó el hecho de que en lingala, el idioma local, hay una sola palabra para rojo y rosado. Poco después del linchamiento, el 70% de los 6.000 habitantes de Kellé se refugió en la selva buscando protección contra la epidemia y creyendo que los voluntarios estaban propagando más que combatiendo el virus.

La difícil tarea de la contención

Del 17 al 24 de marzo, sólo dos personas murieron de ébola, lo que demostró que el trabajo esmerado de los voluntarios había tenido éxito. "Si alguien está enfermo, la familia nos lo comunica inmediatamente y se pone a la persona en cuarentena para evitar el contagio", dice Fabienne, una voluntaria de 9 años. Lamentablemente, un hombre que murió el 24 de marzo no había hecho caso a los voluntarios.

El doctor Steven Callens, de la OMS, que estuvo a la cabecera del paciente antes de que muriera, reconoció al instante los síntomas del ébola. El joven, a despecho de los consejos, se había arrastrado hasta afuera, y ahí cayó en coma y murió pocos minutos después. Los voluntarios regresaron enseguida vestidos con ropa de protección, recogieron el cuerpo, enterraron los efectos personales del muerto y desinfectaron la casa.

"Este hombre siempre había negado haber estado en contacto con la enfermedad", cuenta Fabienne. "Sin embargo había cargado sobre su espalda a uno de sus parientes enfermos. Ocultó su enfermedad hasta el último momento por temor a ser llevado fuera de la comunidad. Y todos sus parientes dicen que no lo han tocado. Sabemos que están mintiendo. Este incidente demuestra que todavía hay que convertir a muchas personas. Puedo asegurarle que la epidemia no ha terminado aún".

Las tradiciones que se han perpetuado por siglos en esta parte de África, se han transformado de la noche a la mañana en hábitos letales. Como explica Gastón Mbela, asistente del doctor Kounkou: "la familia del fallecido lava el cuerpo, y los dolientes, en su aflicción, se arrojan sobre él, lo besan y lo abrazan. Después del entierro, las personas suelen lavarse las manos en el mismo balde de agua". Mbela cree que todos estos comportamientos favorecen mucho la propagación del ébola. "Los voluntarios advierten continuamente a la población de Kellé de los riesgos de este tipo de actitudes. ¿Y las personas que se esconden en la selva? Estoy seguro de que siguen comiendo carne de gorila y usted sabe que es así cómo el virus del ébola se transmitió al hombre".

La Federación Internacional está reclutando y formando a nuevos voluntarios, incluso en las zonas que hasta ahora no han sido afectadas. "Estamos todos encantados con la calma actual", declara Yuma Twahiru, coordinador médico de la Federación Internacional en Kellé. "Pero debemos permanecer vigilantes y prepararnos para el futuro. Tenemos por delante una enorme tarea de persuasión si queremos cambiar el comportamiento de la gente. Espero que en el futuro los voluntarios reciban de su comunidad el reconocimiento que tanto merecen".


Didier Revol
Delegado de la Federación Internacional en misión en el Congo.



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