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Las montañas nunca se encuentran...

por Denis Allistone

En 1986, Valentín Dubina, soldado soviético, fue apresado por las fuerzas afganas. Denis Allistone, delegado del CICR, conoció a Dubina, llamado también Hedayatullah, mientras éste se encontraba detenido en una cárcel remota. Hoy relata ese encuentro y otro que tuvo lugar 13 años más tarde en Ucrania en mayo de 2003.

DIDIER BREGNARD / CICR

Valentín Dubina cuando era prisionero de guerra en Afganistán, valle de Andarab, 1990. A su izquierda, el delegado del CICR, Denis Allistone.

YAKOVLIAN
Afganistán, 1990

DE 1989 a 1991, fui delegado del CICR en la ciudad afgana de Mazar-e-Sharif. Entonces, la Unión Soviética apoyaba al gobierno en la lucha contra los grupos rebeldes nacionales. El CICR trabajaba en Mazar-e-Sharif desde 1989.

En 1989, supimos que el CICR estaba a punto de visitar a los soviéticos detenidos en nuestra región por un grupo de oposición. Ignorábamos dónde estaban, cuántos eran, y cuándo efectuaríamos la visita.

En octubre de 1990, se organizó finalmente la visita a los prisioneros que se encontraban en una distante región montañosa. Nuestro equipo, integrado por un médico, un traductor al dari y un delegado del CICR en Peshawar, se puso pues en marcha. En un país donde los vehículos y convoyes rara vez se desplazaban sin protección armada, el principio del CICR de prescindir de escolta militar suscitó no pocas discusiones en cada puesto de control.

En el último puesto de control del gobierno, los soldados estaban enterados de nuestra llegada pero no comprendían muy bien la naturaleza de la visita ni el papel que desempeñábamos en el conflicto. Nos preguntaron, por ejemplo, si teníamos armas. Tras improvisar una breve descripción del derecho internacional humanitario y distribuir folletos en lengua local, se nos autorizó a proseguir.

Siguiendo un camino de tierra que continuaba por el lecho de un río seco llegamos a Yakovlian, donde se encontraba la prisión. Como se estila allí, nuestro primer encuentro con el grupo armado se celebró con té, nueces y moras. Nos sentamos a charlar largo rato con el comandante y su ayudante. Algunos combatientes intrigados se sentaron alrededor y nos hicieron preguntas.

Los hombres del comandante nos mostraron el dispensario subterráneo donde se prestaba primeros auxilios a los heridos. Les dimos algunos socorros médicos. Luego, visitamos el viejo generador eléctrico del pueblo que necesitaba ser reparado a menudo. Como no había un ingeniero en el valle, el gobierno enviaba uno cuando era necesario. Aunque la guerra seguía y se lanzaban a veces misiles Scud contra el valle, no había ningún motivo para abandonar la valiosa máquina.

Al caer el día aún no había ni rastro de los prisioneros. Tampoco se divisaba algo que se pareciera a un campamento de detenidos. ¿Estaban los prisioneros confinados en un lugar subterráneo? Como siempre en Afganistán, el tiempo sobraba como el té, que había que beber en grandes cantidades para permitir que se instalara la suficiente confianza.

Finalmente aparecieron los cuatro cautivos soviéticos. Provenían de distintas regiones de su vasto país, como Ucrania, Rusia y el Cáucaso, salvo que aquí se vestían como los afganos y hablaban dari. Era la primera vez que se reunían con delegados del CICR. No parecieron sorprendidos, aliviados ni impresionados. Explicamos los procedimientos del CICR en relación con las visitas a los detenidos.

Registramos sus nombres, les proporcionamos una tarjeta de identidad del CICR, les dimos la posibilidad de enviar una carta a sus familiares, hablamos con ellos en privado y les prometimos volver de vez en cuando, si era posible, hasta que fueran liberados. El comandante estuvo de acuerdo con todo esto.

Decidimos que el mejor lugar para hablar sin testigos con los detenidos era en el vehículo del CICR. Fuera de sus condiciones de detención, nos contaron sus experiencias, cómo habían sobrevivido, desde cuándo estaban allí y los motivos que les indujeron a adoptar las costumbres y la religión del país que se había convertido en su segunda patria. Una vez terminadas las entrevistas, pasamos la noche bajo las moreras junto al fuego, disfrutando al máximo de la hospitalidad afgana.

 

DENIS ALLISTONE / CICR

Un poco de nostalgia cuando Valentín se encuentra nuevamente con el delegado del CICR en su casa de Dniepropetrovsk, Ucrania, mayo de 2003.

DNIEPROPETROVSK
Ucrania – 2003

A veces los delegados se vuelven a encontrar con los detenidos que han visitado, sea porque éstos necesitan algún documento que atestigüe su cautiverio, sea porque desean retribuir de alguna forma las visitas que hizo el CICR. Estas reuniones son muy útiles y permiten a la organización mejorar sus actividades de protección. Normalmente, tienen lugar cuando los prisioneros son liberados o años después en el país donde ocurrió el conflicto. Nunca pudimos ver nuevamente a los cautivos soviéticos.

Durante una mesa redonda sobre las actividades de búsqueda efectuada con la Cruz Roja de Ucrania a comienzos de este año, se hizo alusión a las visitas del CICR a los prisioneros soviéticos en Afganistán. El representante de la organización de veteranos me preguntó si me acordaba de los nombres y le contesté que sólo de uno, Dubina. Me dijo que estaba viviendo ahora en Dniepropetrovsk. Todos estuvimos de acuerdo en que sería interesante organizar una reunión. Antes de ponernos en contacto con él, pedimos a la sede del CICR en Ginebra algunas fotografías de nuestro encuentro en Afganistán.

Valentín y yo nos vimos de nuevo 13 años después frente al hotel Tsentralna en el centro de Dniepropetrovsk. Lo reconocí de inmediato. Se mostró bastante reservado al principio y dijo que tenía solo una hora para estar con nosotros. Fuimos a un pequeño café y le di una copia de las fotos. Estaba encantado pues tenía muy pocos recuerdos de sus años pasados en Afganistán.

Había extraviado la tarjeta de identidad del CICR, junto con el primer mensaje de Cruz Roja que había escrito a su madre. Pero a Valentín no se le había olvidado el dari, idioma que conocía tan bien como el ruso. Dijo que esperaba volver a ver algún día a sus amigos afganos, así como a algunos compañeros de cautiverio que prefirieron quedarse en el país. A pesar de que estaba totalmente aclimatado a la vida en Ucrania, seguía firmando con su nombre afgano Hedayatullah, “el que es guiado por Dios”, y afirmó que sus años de detención fueron unos de los más importantes de su vida.

Me confesó que en las montañas había vivido bien con los otros prisioneros. Tenían la libertad de recorrer el valle, pescar, cazar y ayudar en los trabajos de reparación ocasionales. Escalar las cumbres desconocidas del Hindu Kush que coronaban el valle e intentar escaparse era algo sencillamente inconcebible. Diez años después de ser capturado había llegado el momento de regresar a su patria.

Pero el regreso no fue fácil. El país que lo había enviado a la guerra con Afganistán, la Unión Soviética, ya no existía. En su lugar había una nueva república independiente de Ucrania, donde la población afrontaba problemas a los que no estaba acostumbrada, nuevas oportunidades, así como graves dificultades económicas. Valentín no recibió una bienvenida digna de un héroe, sino que tuvo que enfrentar a una burocracia que ponía en duda su verdadera existencia porque carecía de documentos.

Después de charlar en el café, conocimos a la mujer de Valentín, Svetlana, y a su hijo. Mientras conveníamos en encontrarnos nuevamente, Valentín citó un proverbio dari, koh ba koh namerasad, adam ba adam merasad, “las montañas nunca se encuentran pero sí la gente”.

 

 


Denis Allistone
Delegado regional del CICR en Kiev.


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