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El hospital psiquiátrico de Al Rashad en Bagdad

por Christine Aziz

Las nuevas dificultades derivadas de la actual ocupación del país están afectando gravemente a los servicios sanitarios iraquíes. En Al Rashad, el mayor establecimiento psiquiátrico de Iraq, el deterioro ha cobrado un cariz más bien desolador. Desde que este artículo fue redactado en julio, la creciente inseguridad ha obligado al CICR a reducir su presencia y asistencia a este hospital (véase recuadro).

EL montón de camas destrozadas que yacen en los descuidados jardines del hospital psiquiátrico Al Rashad en Bagdad son una prueba fehaciente del saqueo que tuvo lugar poco después de que el ejército estadounidense entrara en la ciudad.

Según el personal del hospital, las fuerzas estadounidenses llegaron al establecimiento el 8 de abril, abriendo un boquete en uno de los muros para llegar a un local cercano del Partido Baath. Poco después comenzó el saqueo. Se llevaron medicamentos, material médico, acondicionadores de aire, suministros de cocina, alimentos, ventiladores, colchones, incluso retretes y lavatorios. Fueron destruidos años de historias clínicas y psiquiátricas. Setecientos de los 1.400 pacientes se precipitaron por las puertas abiertas y 400 siguen desaparecidos. Los demás pacientes regresaron solos o fueron devueltos por organizaciones de caridad musulmanas y parientes.


Hospital de Al Rashad, Bagdad, 21 de abril de 2003.
©Ursula Meissner / CICR

 

Saqueo y conmoción

Siete mujeres fueron violadas durante el saqueo y una de ellas, de 28 años, quedó embarazada. Otra de las pacientes recibió un disparo mortal. Al Rashad es el mayor hospital para enfermos mentales de Iraq. “Se calcula que hay unos 250.000 enfermos mentales en Iraq y la mayoría no sigue ningún tratamiento. Los enfermos mentales no son atendidos y las enfermedades psiquiátricas son consideradas un tabú”, cuenta Olaf Rosset, psiquiatra noruego que se encarga de administrar el proyecto de psiquiatría del CICR.
Olaf llegó a Iraq en 2000 para supervisar la refacción de los edificios de Al Rashad y formar al personal local. Mediante el proyecto cifrado en 3,5 millones de dólares estadounidenses, el hospital había sido equipado antes de la guerra con nuevos acondicionadores de aire, muebles y camas. Se había iniciado un nuevo programa de formación para poner el personal al día con los nuevos tratamientos psiquiátricos, y estaban funcionando varios talleres de terapia ocupacional. Pero Olaf tiene que volver a empezar de cero. Los pacientes duermen en colchonetas o directamente en el suelo de cemento y se cocina en fuegos al aire libre. En el patio cerrado del pabellón de los hombres, se puede ver a los pacientes en cuclillas, muchos de ellos visiblemente perturbados, o tendidos a la sombra en posición fetal.

En el vacío vestíbulo del hospital, Haji Rasim, de 60 años, espera pacientemente a un médico. Su nieto psicótico, Shamikh, de 18 años, que se escapó del hospital durante el saqueo, no dejó de aterrorizar a su familia el mes pasado, “a punta de cuchillo y apuñaló a su madre y su hermano”, relata su abuelo. Ha devuelto su nieto al hospital seis veces, pero cada vez Shamick ha logrado escaparse. “El director del hospital dijo que no lo podía encerrar con llave porque también se habían robado las serraduras de las puertas. No dormimos en la noche por temor a que venga”.

En Al Rashad, es bien poco lo que se puede hacer por personas como Shamick, salvo administrarles drogas. “No disponemos de la última gene-ración de psicotropos”, comenta Olaf. “Debo tener mucho cuidado al introducir nuevos métodos de psiquiatría aquí. Afortunadamente durante el saqueo se llevaron nueve de las diez máquinas de electrochoque y la que queda no funciona. Los psiquiatras querían que el CICR las reemplazara, pero les expliqué que el tratamiento era obsoleto y perjudicial”.

No tener adónde ir

El Dr. Bahar Butti ha trabajado en el hospital como psiquiatra durante siete años. “Las condiciones de los pacientes se deterioraron durante y después de la guerra. La mayoría de los pacientes ha permanecido en el establecimiento de cinco a 20 años. Se sienten más seguros aquí que afuera. Muchos no tienen adónde ir. Los casos crónicos han tenido recaídas porque se interrumpió el tratamiento durante el bombardeo. Los fármacos para tratar la esquizofrenia y otras enfermedades mentales fueron robados”, explica. Al igual que el resto del personal del hospital –102 asistentes de enfermería y unos diez psiquiatras– el Dr. Butti tuvo que esperar varios meses para recibir su primer salario. “También sufrimos psicológicamente por la guerra. Mucha gente está con depresión. Nos encontramos en estado de choque postraumático”, añadió.

En un pequeño taller contiguo al pabellón de las mujeres, una joven delgada vestida con una bata larga nos muestra sus dibujos, cuyo colorido y surrealismo dan una idea de su mundo interior. “Tiene un desorden bipolar. Su familia no puede ocuparse de ella cuando se vuelve maníaco-depresiva e hipersexual. En nuestra sociedad es difícil sobrellevar este tipo de trastornos y se les considera una vergüenza”, explica la terapeuta ocupacional, Salwa Salih, que añade “el 90 por ciento de las mujeres y el 60 por ciento de los hombres aquí son esquizofrénicos”.

La finalidad del programa del CICR en Al Rashad es mejorar el tratamiento con medicamentos y la formación en enfermería y medicina psiquiátrica, así como prestar servicios de terapia ocupacional. Antes de la guerra se habían creado varios talleres para ofrecer actividades a los pacientes, supervisadas por terapeutas debidamente capacitados. Hoy estas actividades siguen organizándose como mejor se puede y se prevé brindar facilidad para la terapia ocupacional en las unidades de seguridad. Pero el futuro de la psiquiatría en Iraq, insiste Olaf, reside en la formación de una nueva generación de personal de enfermería y médicos en materia de los tratamientos psiquiátricos más modernos.

 


Christine Aziz
Periodista independiente residente en Londres.

   

Un duro golpe para la misión humanitaria

El 27 octubre, un ataque suicida contra la sede del CICR en el centro Bagdad se cobró la vida de 12 personas, entre ellas dos guardias de seguridad iraquíes del CICR. Decenas de personas resultaron heridas, entre ellas nueve colaboradores iraquíes y tres delegados expatriados del CICR. Antes de este ataque, el CICR ya había reducido su personal extranjero que pasó de más de 100 a unos 30 colaboradores, después de que uno de sus técnicos fue herido mortalmente el pasado mes de julio. Hasta este atentado, el CICR centraba su acción en las actividades esenciales, como las visitas a los prisioneros de guerra y los internados civiles, la supervisión de sus condiciones de detención, y la asistencia médica de emergencia en cooperación con la Media Luna Roja de Iraq. El CICR ha trabajado sin interrupción en Iraq desde 1980 para subvenir a las necesidades mas apremiantes de la población. Habida cuenta de la persistente inseguridad que reina en el país, el CICR ha decidido cerrar sus oficinas en Bagdad y Basora hasta nuevo aviso y actuar desde fuera. Mantendrá una presencia limitada en el norte de Iraq. La Federación Internacional seguirá apoyando en Bagdad a la Media Luna Roja de Iraq.



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