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Reducir el daño

por Galina Obukh

Una encuesta de la opinión pública en Rusia reveló que el 30 por ciento de la población votaría por aislar a las personas que viven con el VIH/SIDA. La antigua consigna soviética: “No a las drogas, no al sexo” ha levantado una cortina de hierro en la mente de la gente, haciendo de estas cuestiones un tabú. En esta región, los programas de reducción del daño de la Cruz Roja intentan atajar la propagación del virus frente a la abrumadora ignorancia y la discriminación.

ES un simple cálculo matemático. Un heroinómano necesita por lo menos dos dosis diarias. Es decir, dos jeringas por día y 730 por año. El costo medio de una jeringa desechable en la Comunidad de Estados Independientes (CEI) es de 16 centavos de dólar estadounidense, lo que representa 120 dólares por año en jeringas para ayudar a proteger del VIH u otras enfermedades infecciosas a un consumidor de drogas inyectables. Cabe, pues, preguntarse ¿por qué la mayoría de ellos no gasta algunos centavos más en jeringas esterilizadas, si comprar un gramo de heroína le cuesta 20 dólares? La razón es la falta de información acerca del peligro que corre un drogadicto de contraer el SIDA y la ignorancia que se deriva del estigma asociado al consumo de drogas.

“Probé la heroína por primera vez en 1985”, cuenta Svetlana, una drogadicta de Belarús. Svetlana fue una de las primeras personas que visitaron el punto de reposición de jeringas y de agujas limpias de la Cruz Roja de Belarús, abierto en la primavera de 2002, en la pequeña ciudad de Molodechno. Hasta la fecha es la única iniciativa de reducción del daño dirigida por la Cruz Roja de Belarús y una de las pocas en todo el país.

La apertura de este local se debió a una casualidad. El servicio de enfermeras visitadoras de la filial de la Cruz Roja en esa ciudad tuvo que reducirse debido a los déficits presupuestarios y quedó un lote de jeringas desechables no utilizadas. El gobierno local propuso, pues, a la Cruz Roja que se encargara de atender a las necesidades de los consu-midores de drogas frente a la creciente epidemia del SIDA y facilitó un local para llevar a cabo el proyecto.

“Las primeras semanas no vino nadie”, recuerda Nina Bliznyuk, presidenta de la filial de Molodechno de la Cruz Roja de Belarús. Con el objetivo de llegar a los eventuales beneficiarios, Nina promovió la iniciativa a través de las emisoras de radio locales y los periódicos y visitó los dispensarios explicando una y otra vez la eficacia de los programas de reposición de agujas y jeringas para prevenir la infección por el VIH. Sus esfuerzos fueron recompensados. Logró granjearse la confianza de los consumidores de drogas, y la Cruz Roja comenzó a suministrar 40 jeringas por mes.


Un miembro del personal de la Cruz Roja Rusa distribuye jeringas esterilizadas a consumidores de drogas inyectables en Irkutsk, Siberia meridional. ©Galina Obukh / Federación Internacional

 

¿Y por casa cómo andamos?

En esta parte del mundo, el estigma relacionado con las drogas es bastante pronunciado y a veces la Cruz Roja también refleja esta actitud. Los consumidores de drogas no saben que corren peligro de contraer el SIDA y las Sociedades Nacionales no les transmiten información al respecto porque no tienen confianza.

“Aquí la Cruz Roja tiende a realizar ‘actividades tradicionales’”, comenta Yelena Tanskova, responsable de salud de la Federación Internacional. “El personal y los voluntarios mantienen una actitud prudente para evitar nuevas crisis. Sin embargo, las filiales regionales han tomado la iniciativa de emprender programas de reducción del daño con escaso apoyo de la sede”.

En junio del año pasado, el comité de la Cruz Roja Rusa en Irkutsk, en el sur de Siberia, lanzó un proyecto de reposición de agujas limpias, el primero de ese tipo en la ciudad. Al igual que en Belarús, es la única iniciativa de reducción del daño realizada por la Sociedad Nacional en el país.

“Todavía no conseguimos locales adecuados”, explica Nikolai, delegado de extensión del proyecto y ex drogadicto. Con todo, en el marco del proyecto se suministra un promedio de 4.500 jeringas por mes.

Según estimaciones del Ministerio de Salud, diversas organizaciones no gubernamentales realizan 50 proyectos de reducción del daño en toda Rusia, tratando de beneficiar a un millón de drogadictos. A pesar de que el gobierno ha aprobado los principios recomendados por la Organización Mundial de la Salud sobre la reducción del daño, la mayoría de los rusos no entiende el valor de esta actividad en la prevención del VIH. En general, este tipo de proyectos se percibe como un incentivo al consumo de drogas.

La adicción

Al carecer de información básica sobre los peligros de compartir agujas y jeringas, los consumidores de drogas no compran una jeringa limpia por una razón muy sencilla: no tienen dinero. “Cuando buscas desesperadamente una dosis, no se te ocurre pensar en enfermedades”, explica Svetlana. “Por consiguiente, es una excelente cosa que exista un lugar donde conseguir jeringas limpias en cualquier momento”.

Después de estar 16 años en lo que se llama el “sistema” –consumir drogas regularmente dos o tres veces al día–, lo que arruinó su vida y su salud, lo único que desea Svetlana es salir de eso y dedicarse a su hijo de 12 años. “Sueño que puedo curarme gracias a la terapia con metadona”. Pero esta terapia o cualquier otra terapia sustitutiva está prohibida en Belarús y Rusia.


©Galina Obukh / Federación Internacional

 

Tráfico de heroína

Parece que aquí el problema de la droga y la propagación del VIH tiende a agravarse. Según un informe del Grupo de Trabajo de Estados Unidos y Rusia sobre el VIH/SIDA en el que se llama la atención sobre el creciente problema del fácil acceso a las drogas y el aumento de nuevos casos de VIH/SIDA, Rusia al hallarse entre Afganistán que produce opio y los principales mercados de drogas de Europa occidental, constituye un acceso fácil para la heroína y otros narcóticos. La larga y permeable frontera meridional, controlada por inspectores aduaneros, guardias fronterizos y funcionarios del Ministerio del Interior mal pagados y explotados, es particularmente sensible al narcotráfico y al transporte de bienes ilegales. Belarús, que está ubicada entre Rusia y los países occidentales, constituye un pasillo propicio para el narcotráfico.

Recientes estadísticas muestran que hay casi 5.000 casos de VIH registrados en Belarús y más de 240.000 en Rusia, aunque según algunos funcionarios la cifra real es cinco veces superior. Más del 80 por ciento de todas las personas que viven con el VIH/SIDA en ambos países ha contraído el virus por el consumo de drogas. “Por eso es tan importante la reducción del daño”, afirma Anna Parovaya, coordinadora del programa de lucha contra el VIH y el SIDA de la sección de la Juventud de la Cruz Roja de Belarús.


Galina Obukh
Encargada regional de información de la Federación Internacional en Moscú.



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