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Proteger la dignidad humana

En vísperas de la XXVIII Conferencia Internacional del Movimiento de la Cruz Roja y de la Media Luna Roja, Cruz Roja, Media Luna Roja presenta el orden del día y el lema: “Proteger la dignidad humana”. Mientras los participantes de la Conferencia se encargan de hallar formas de proteger mejor a las personas de los efectos de los conflictos, los desastres naturales, la pobreza o las situaciones de emergencia sanitaria, este número cede la palabra a la gente común y corriente que lucha por sobrevivir y mantener su dignidad frente a las crisis.


ANTE la pobreza generalizada, el riesgo que entrañan para la salud pública las enfermedades conocidas y nuevas, la proliferación de los conflictos étnicos y religiosos y ahora la lucha contra el terrorismo, la humanidad parece más dividida que nunca y son enormes las tareas que aguardan a los participantes de la XXVIII Conferencia Internacional. Un análisis preparado por los organizadores de la Conferencia corrobora esta desoladora evaluación y expone las tareas abrumadoras que tiene por delante la comunidad internacional.

Entre las conclusiones de esta evaluación figuran la falta de respeto por la dignidad y los derechos humanos, la deficiente aplicación del derecho internacional humanitario y el difícil acceso a las personas afectadas por conflictos armados u otros desastres.

Las personas civiles en las zonas afectadas por la guerra y en los territorios ocupados se ven más amenazadas que nunca. La pobreza y la desigualdad hacen correr mayor peligro a las personas ante las enfermedades y los desastres, negándoles el derecho a la vida, a la salud y a la dignidad. La intolerancia y la discriminación conducen a la marginación a distintos sectores de la sociedad con consecuencias aterradoras, mientras numerosas personas son detenidas arbitrariamente. La actual y desequilibrada mundialización de las economías y las oportunidades hacen que se ciernan nuevas amenazas sobre la seguridad humana en los planos político, económico, cultural y medioambiental. Por último, los actos de violencia destinados a sembrar el terror y la lucha contra el terrorismo complican aún más la labor de las organizaciones humanitarias.


Un padre de Sudán meridional cuida a su hija enferma en el hospital apoyado por la cruz roja en Yirol, Sudán meridional.
©Anna Kari

 

Frente a un cuadro tan sombrío, el lema de la Conferencia, proteger la dignidad humana, podría ser más una ilusión que una meta realizable. Sin embargo, día a día miles de voluntarios de la Cruz Roja y de la Media Luna Roja se afanan en proteger la dignidad humana gracias a su actitud compasiva hacia las personas menesterosas. El paso siguiente es apoyarse en la labor de estos grupos e individuos en todo el Movimiento para hallar soluciones duraderas a las crisis humanitarias y reafirmar la importancia del respeto por los derechos humanos y el derecho internacional humanitario.

Para ello, los participantes de la Conferencia aprobarán un “Programa de Acción Humanitaria”, en el que se definen objetivos concretos en cuatro ámbitos esenciales, a saber: las personas desaparecidas a raíz de un conflicto armado o de violencia interna, la cuestión de las armas, la reducción del riesgo ante los desastres y el cambio de actitud hacia las personas que viven con VIH/SIDA. Los efectos de este orden del día, así como de la Declaración de la Conferencia se podrán medir mucho después del término de las reuniones y los debates. Cada compromiso debe ir seguido de una acción, pues las víctimas de los conflictos, la pobreza y la enfermedad no pueden esperar más. Necesitan nuestra asistencia ya.

Una vez que se hayan entablado las negociaciones, se corre el riesgo de que se deje de lado la búsqueda de soluciones por motivos de conveniencia política. En tiempos como éstos, es fundamental que las víctimas eleven sus voces. Cruz Roja, Media Luna Roja se propone hacerlo mediante el testimonio de personas, cuya vida ha quedado destrozada por el conflicto, la pobreza o la enfermedad. La finalidad es demostrar que los cuatro ámbitos de acción esenciales del orden del día tienen que ver con personas reales que encaran problemas reales.

Jean Milligan y Jean-François Berger.

Número 17

Zeljko Maric, de nacionalidad serbia, tenía 21 años cuando desapareció en el territorio de Croacia en plena guerra de los Balcanes. Hace dos años el padre de Zeljko, Cedomir Maric se enteró de que su hijo había muerto. Hoy se dedica a ayudar a otras familias que siguen buscando a sus familiares desaparecidos.

LOS Maric se sintieron muy felices cuando, tras el nacimiento de dos hijas, llegó el varón. Zeljko creció para ser soldado y se alistó en 1995, no para ir al frente sino para tocar en una banda de música militar. El 4 de agosto de 1995, desapareció sin dejar rastro.

Al principio, a los Maric ni se les cruzó por la mente que Zeljko pudiera haber muerto. Su único hijo varón tenía que estar vivo, posiblemente en alguna prisión. “No era más que un músico, ni siquiera un soldado. No era capaz de hacer daño ni a una mosca” susurra su padre.

“En 1995-1996, el Comité Inter-nacional de la Cruz Roja organizó la repatriación de un grupo de presos liberados de varias cárceles de Croacia. Cuando llegó a Belgrado el primer grupo de prisioneros, yo estaba esperando el autobús en el que viajaban, pero enseguida comprobé que mi hijo no se encontraba entre los pasajeros. Mostré algunas fotografías suyas a varios hombres por si alguno podía darme noticias de mi hijo. Luego liberaron a un segundo grupo de presos y tampoco lo encontré en esa ocasión. Me sentía destrozado y sencillamente agotado. No tenía fuerzas para seguir”. “Después de algún tiempo, llegó un tercer y último grupo de liberados. Esa vez no tuve coraje para ir a verlos. Fue mi hermano y no nos trajo buenas noticias”.


©CICR


En Tuzla, una niña sostiene una fotografía de un familias desaparecido durante la guerra.
©Paolo Pellegrinin / CICR

Sus peores temores se confirmaron finalmente cuando recibió un informe del Comité Croata de Helsinki. El documento contenía una lista con el nombre de los soldados serbios muertos junto al testimonio de algunos testigos. Y allí, bajo el número 17, encontró el nombre de su hijo seguido de un testimonio anónimo confirmando su fallecimiento.

“Incluso hoy, todavía no tengo la certeza absoluta, pero teniendo en cuenta los años que han transcurrido y la credibilidad de la fuente, creo que se trata de una información fidedigna. Me costó mucho más comunicarle a mi esposa la mala noticia que aceptarla”.

“Esperé pues hasta que tuve que publicar el informe del Comité de Helsinki en el boletín de nuestra asociación. Sin pronunciar una sola palabra, le mostré el documento”.

Su esposa no derramó una sola lágrima. “Pertenece a esa clase de mujeres que no expresan el dolor que sienten”, explica Cedomir. La primera vez que la vio llorar fue el año pasado, en el cementerio donde está su familia en Knin. Fue entonces cuando comprendió que para poder cicatrizar la herida tenían que hablar abiertamente sobre la pérdida.

La historia de los Maric se parece a las de las otras 2.728 familias registradas como refugiadas de Kninska Krajina, que siguen esperando información sobre sus familiares y amigos desaparecidos.

Cedomir cree que el denominador común de todas las familias agrupadas en torno a la asociación que dirige es la esperanza. No esperan un final feliz, pocos creen todavía en la posibilidad de encontrar con vida a sus familiares desa-parecidos. Conservan, sin embargo, la esperanza de poder recuperar sus restos.

Marija Sajkas, CICR, Belgrado

Víctimas inocentes de la guerra

Para Virginia María es demasiado tarde, ya ha sufrido en carne propia las terribles consecuencias de las minas antipersonal. Sin embargo, muchas organizaciones, entre ellas la Cruz Roja Angoleña con el apoyo del CICR, participan en las actividades de sensibilización acerca del peligro de las minas en Angola, intentando explicar a la población los peligros de estas armas y ayudando a las comunidades a prevenir los accidentes.

SIETE personas caminan despacio, paso a paso, en Neves Bendinha. Sus rostros concentrados; cuesta acostumbrarse a una nueva pierna, no de carne y hueso, sino hecha de metal y polipropileno.

“Había ido a buscar leña con unos amigos. Iba caminando cuando, de repente, hubo una explosión, mi amiga y yo resultamos heridas”, explica Virginia María Lundo, de 32 años. La explosión de la mina le quemó parte del rostro y le dañó seriamente una pierna y una mano. En el hospital, tuvieron que amputarle la pierna y dos dedos. Su amiga corrió mejor suerte y sólo tuvo heridas leves.

Virginia María es una de las miles de víctimas de las minas y las municiones sin estallar que infestan Angola como consecuencia de 27 años de guerra. Años después de su accidente, su hermano perdió una pierna mientras cultivaba la tierra.

Varios años más tarde, Virginia María acudió al centro ortopédico de Neves Bendinha, en Luanda, la capital de Angola. Con una pierna artificial ha tenido que aprender a caminar de nuevo. Neves Bendinha es uno de los tres centros ortopédicos apoyados por el CICR en Angola, donde se proporcionan gratuitamente prótesis, muletas y otros aparatos ortopédicos a amputados civiles y militares. En el centro de Luanda, unas 100 personas por mes reciben piernas artificiales.

 

 

En abril de este año, se firmó el acuerdo del alto el fuego en Angola y, en julio, el gobierno ratificó la Convención de Ottawa, por la cual se prohíbe el empleo de las minas antipersonal. Ahora bien, un sinnúmero de minas contaminan aún caminos, campos y zonas donde se recoge leña y se realizan otras labores domésticas esenciales en todo el país. Según las Naciones Unidas, al menos siete de las 18 provincias del país, que representan el 40 por ciento de todo el territorio, están plagadas de minas.

El hijo de dos años de Virginia María corre entre los amputados, feliz e inconsciente de los peligros que encontrará cuando su madre haya terminado la rehabilitación en Luanda y tenga que regresar a su lugar de origen. Virginia María no ha contado a sus cuatro hijos lo que le provocó el accidente. “Lo haré”, dice. “Por el momento son demasiado jóvenes para entender”. Cree que es necesario una mayor información para evitar nuevos accidentes. “La zona no estaba señalada y no vi la mina antes que estallara”

Lena Eskeland, CICR, Luanda.

Luchar por su vida y la de los demás

El estigma y la discriminación niegan a las personas que viven con el VIH/SIDA el tratamiento, la atención y el apoyo que necesitan. En Laos, Poom Mah Intidet y Anouxy Bounthaleuxay forman parte de un programa de la Cruz Roja cuyo objetivo es vencer los tabúes que impiden a las personas hablar sobre la enfermedad en sus comunidades.

POCAS personas afectadas por el VIH/SIDA escapan al estigma y a la discriminación que ro-dean a menudo la enfermedad. Como consecuencia, las personas seropositivas se ven relegadas a la clandestinidad, temiendo los prejuicios y la intolerancia de las comunidades que no están preparadas para aceptarlas. La epidemia sigue ganando terreno y se vuelve rápidamente el problema de todos. Un hombre seropositivo en Laos se ha resuelto a hablar abiertamente de su enfermedad con la familia y los amigos. A veces no siempre es fácil aceptar la respuesta.

Poom Mah se rehúsa a vivir en la sombra. “Hace unos días les dije a mis suegros que era seropositivo”, cuenta. “Durante largo tiempo mi mujer no estaba de acuerdo, pero ya no quiero ocultar más mi estado”. Es una decisión que requiere mucho coraje. Poom Mah y su familia corren el riesgo de ser objeto de ostracismo por parte de su comunidad debido a la discriminación y la desconfianza que se muestran hacia la personas afectadas por el VIH/SIDA.

Poom Mah fue director del departamento forestal del distrito de Paktha. Al comienzo de su carrera no pensaba más que en viajar a la vecina Tailandia donde visitaba con regularidad a las prostitutas. Un año antes de casarse, decidió poner término a estos viajes. Contento con una familia joven y una carrera prometedora, la noticia de su enfermedad fue un golpe bajo.

Poom Mah comenzó a sentir dolores de cabeza y de estómago y la aparición de lesiones en la piel le confirmaron decididamente que algo andaba mal.


©Federación Internacional


Promover prácticas de sexo sin riesgo es determinante para combatir la epidemia.
©Jenny Matthews / Federación Internacional

Poom Mah supuso que podía tratarse del SIDA. “Quería salir de la duda y me comuniqué con mi hermano en Vientiane. Me hice un examen de sangre y tres semanas después me enteré de que era seropositivo”.

Al principio destrozado por la noticia, Poom Mah decidió reaccionar y hacer algo para detener la propagación de la enfermedad. Se corrió la noticia de que la filial de Bokeo de la Cruz Roja realizaba un programa de educación entre pares en su pueblo, lo que le indujo a ponerse en contacto con Anouxy Bounthaleuxay, responsable del proyecto de VIH/SIDA. En la primera reunión que tuvieron, Poom Mah se ofreció como voluntario para el programa de lucha contra el VIH/SIDA. Está convencido de que es indispensable informar mejor a las personas sobre los peligros del VIH y le gustaría aportar algo compartiendo su historia con ellos.

Aunque los índices de infección oficiales son relativamente bajos en Laos, muchas de las cifras son el resultado de conjeturas dada la lejanía de numerosas zonas rurales. La proximidad de varios países donde se registran elevados índices de infección implica que el número de personas afectadas por el VIH no cesa de aumentar. La educación sanitaria es una tarea de grandes proporciones si se tienen en cuenta el alejamiento de muchas comunidades y la diversidad de idiomas.

En los tres años que lleva trabajando con la filial de la Cruz Roja, Anouxy ha observado ciertos cambios, especialmente en la actitud de los jóvenes frente al VIH/SIDA.

“Hoy los estudiantes en Xuey Xai hablan abiertamente de sexo y VIH/SIDA con sus amigos”, indica. “Nuestra emisora local, Radio Zone, contribuye también divulgando tres veces por semana información sobre el VIH y las enfermedades de transmisión sexual. Unas 10.000 personas escuchan el programa”.

Sushila Kukathas, Cruz Roja de Laos.

Clima de incertidumbre

La ciudad natal de Juan Frutos, Santa Fe, en el norte de Argentina, fue arrasada por devastadoras inundaciones en abril de 2003. Hacía poco que Don Frutos había dejado atrás el caos de la crisis económica que se vivía en la capital, Buenos Aires, para ir a cuidar a su madre enferma; las inundaciones se llevaron todo lo que tenía. Ahora lucha por reconstruir su vida.

”EN pocas horas las inundaciones arrasaron con mi casa, mi barrio y mi vida”, dice Don Frutos, de pie en el recinto vacío que él llama ahora su hogar. “Fotografías húmedas y algo de ropa de la Cruz Roja, eso es todo lo que me queda. No hay agua potable y ni siquiera tenemos camas. ¿Cómo vamos a rehacer nuestras vidas?”

Juan Frutos es uno de los 400.000 afectados por el gran desbordamiento del Río Salado. En sólo dos días cayó sobre la provincia de Santa Fe casi el doble de la media de precipitaciones anuales. Murieron treinta personas y 150.000 fueron evacuadas. Casi tres millones de hectáreas de tierras agrícolas quedaron sepultadas, dando lugar a la propagación de enfermedades transmisibles por el agua. Los daños ascendieron a más de 200 millones de dólares estadounidenses.

“Eran las cinco de la tarde cuando irrumpió el torrente de agua”, recuerda Don Frutos. “Algunos huyeron, otros se quedaron para proteger sus pertenencias. El nivel del agua seguía subiendo; cuando conseguí una canoa para ayudar a otros, el agua me llegaba al cuello. Las personas estaban atrapadas en los tejados y pensaban que iban a morir ahogados.

Pese a que meteorólogos, especialistas en medio ambiente y periodistas avisaban desde hacía tiempo sobre el riesgo de que se produjeran graves inundaciones, no se adoptaron las medidas básicas de preparación para desastres. A fines de marzo, el periódico local publicó una advertencia, y el 26 de abril informó que los pilotos de un helicóptero habían observado “que una enorme masa de agua se acercaba a la ciudad”.


©Federación Internacional

 

Hoy Don Frutos trata de rehacer su vida, pero con la situación económica y ahora las inundaciones teme por su futuro. “Me fui de Santa Fe a los 25 años para buscar fortuna en la capital”, cuenta. “Terminé vendiendo perros calientes. Nunca tuve una familia así que solía cuidar a un puñado de chicos de la calle, les daba algo de comer y trataba de mantenerlos a salvo”.

En esa época, Argentina era uno de los países más ricos de América Latina. Sin embargo, a mediados de los noventa la situación comenzó a deteriorarse cuando el volátil sistema financiero mundial ejerció presión en los mercados emergentes. Tras cuatro años de recesión se llegó a la mora en los préstamos y al congelamiento de ahorros y depósitos.

A fines de 2001, la ira popular tomó las calles a lo largo y ancho de Argentina. Frutos recuerda vívidamente a la gente saqueando tiendas y supermercados en busca de alimentos. Por primera vez, la clase media se sumó a las protestas de los grupos más vulnerables. “A esas alturas mi negocio no marchaba. De la noche a la mañana me quedé sin recursos,” añade Don Frutos. Al mismo tiempo, su madre cayó enferma, así que decidió dejar su ruinoso negocio y a sus chicos de la calle, y volvió a su ciudad natal, donde a duras penas se ganó la vida como zapatero.

Dada la interconexión de la economía mundial, es poco probable que Argentina sea el último país que sufra catástrofes socioeconómicas, que con frecuencia van acompañadas por calamidades naturales. Los países y las personas que tienen problemas económicos a menudo no pueden prepararse para afrontar inundaciones, terremotos, incendios y acontecimientos por el estilo, y tampoco pueden reaccionar adecuadamente. Por tanto, ¿debería la Cruz Roja comenzar a elaborar programas de preparación para prevenir los peores efectos de la fusión económica?

“No podemos compensar los fracasos políticos”, afirma Santiago Gil, jefe del departamento para América de la Federación Internacional. “Pero sí podemos ayudar a la gente a prepararse para afrontar situaciones susceptibles de aumentar su vulnerabilidad y para evitarlas mediante, por ejemplo, programas basados en la comunidad en los ámbitos de la salud, agua y saneamiento, primeros auxilios, VIH/SIDA, preparación para desastres y otras actividades para reducir el riesgo.

Paola Chorna, Federación Internacional, Buenos Aires.

De las palabras a la acción

En 2003 se retomará el sistema de formulación de promesas introducido en la XXVII Conferencia Internacional. Este sistema ofrece a los participantes la oportunidad de realizar algo concreto en relación con algún punto del orden del día. Las promesas serán expuestas en el sitio web del CICR (www.icrc.org) para promover así el intercambio de ideas, esfuerzos y recursos entre los gobiernos y las Sociedades Nacionales que contraigan compromisos similares.



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