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Por la Línea de la Muerte
por Virgil Grandfield |
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estadounidenses lo llaman el Río Grande y los mexicanos
el Río Bravo. Para los millones de personas que se
arriesgan a pasar por sus corrientes y arenas movedizas es
la "Línea de la Muerte". |
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©Marko Kokic / Federación
Internacional
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Antonio Zenon Urgi´a acostado en un colchón
sin sábanas en un albergue atestado de migrantes en
Nuevo Laredo (México), se pregunta en voz alta cómo
hará dentro de tres días para cruzar el río.
Este obrero de la construcción hondureño de
39 años no sabe nadar y no tiene dinero ni siquiera
para pagar al traficante que menos cobra de los que aguardan
debajo del puente.
Un enfermero de la Cruz Roja Mexicana acaba de darle otra
mala noticia; cruzar las aguas contaminadas del río
infectarán aún más la herida que tiene
en su pierna izquierda y corre el riesgo de morir abandonado
a su suerte en los inmensos matorrales de mezquite y cactus
del río del sur de Texas.
Antonio se envuelve con la manta y dice: "se sufre tanto
durante el trayecto que es muy doloroso recordar cualquiera
de esos momentos".
Los tres compañeros de viaje de Antonio arrimándose
a su litera lo animan a relatar la historia de lo que una
persona —como ellos y como otros tantos millones de
migrantes indocumentados— puede llegar a soportar en
su afán por realizar un simple sueño.
El sueño de Antonio cuando dejó su hogar siete
semanas antes era tener 100 cabras y compartir su leche con
todos los vecinos de Tacoa en Honduras. Se despidió
de su mujer y sus dos hijos y emprendió viaje solo
y con el salario de una quincena en el bolsillo, unos 25 dólares
estadounidenses.
Como les ocurre a muchos migrantes que llegan a la frontera
de Guatemala con México, apenas se bajó del
autobús los policías le robaron los 20 dólares
que le quedaban y luego, un hombre armado con cuchillo se
llevó sus zapatos. |
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| La plegaria de
ese hombre fue extensa, expresó su agradecimiento
y pidió ayuda… |
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Después
de mendigar para comprarse otro par de zapatos, esperó
escondido en los lindes de la ciudad el tren de mercancías
que iba en dirección del norte. Cuando el tren siguiente
pasó lentamente, otros hombres salieron de los matorrales
junto a Antonio y se treparon como pudieron al tren en marcha.
En pocos metros, cientos de hombres, unos 500 quizás,
corrieron a toda velocidad tras del tren intentando agarrarse
de las escalerillas y subirse como pudieran a los vagones.
Algunos se resbalaron y cayeron gritando bajo las ruedas del
tren, uno de ellos a los pies de Antonio.
Tras cinco horas de camino, un numeroso grupo de la policía
federal de inmigración —la migra— detuvo
el tren y los 500 hombres huyeron por el campo. Antonio escondido
entre la hierba, escuchó los gritos de hombres que
eran golpeados.
A la mañana siguiente, Antonio se subió a otro
tren de carga y, de nuevo una veintena de hombres surgieron
de los matorrales y treparon con él.
Viajaron sin descanso, colgados en las escalerillas, de pie
entre los vagones o encaramados en las estrechas pasarelas
de los vagones cisterna. Nadie podía bajarse a buscar
comida y agua. "Mejor pasar hambre que perder el tren",
se dijo Antonio. Los que no lograban mantenerse despiertos
toda la noche se caían del tren. Antonio vio sus cuerpos
rodar por las vías.
Caminó, a veces durante días, entre un tren
y otro. Mendigó comida y llamó a puertas que
se abrían o se cerraban diariamente a 200 o 300 hombres
como él. La mayoría de la gente lo insultaba.
Era comprensible.
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Durante
el trayecto se hizo amigo de cuatro hondureños. Bebían
en las mismas charcas, robaban en los maizales, se escondían
en tanques de agua y tuberías de desagüe, se ayudaban
para trepar a los trenes, y por la noche, cuando podían,
dormían apretujados en edificios abandonados o en zanjas,
y se consolaban mutuamente cuando no existía más
consuelo que sus propios sueños.
"Por momentos nos sentíamos muy animados, luego
nos hundíamos", cuenta Antonio. "Llorábamos
porque echábamos de menos a nuestras familias y porque
temíamos que nos apresaran o que los maras nos mataran".
Por la noche, los maras, bandas de adolescentes y jóvenes
tatuados armados con machetes, algunos totalmente drogados,
se subían a los trenes y pasaban de lo alto de un vagón
a otro robando a los migrantes lo poco que tenían,
incluso hasta las botellas de agua.
Durante el día niños y hombres se reunían
a lo largo del camino y nos arrojaban grandes piedras. Algunos
de los compañeros de Antonio comenzaron a recoger piedras
para responder a las agresiones.
Antonio se negó a hacerlo. "Me puse en manos de
Dios" cuenta. Recuerda que cuando un chico le arrojó
una piedra del tamaño de un pomelo golpeándole
la canilla izquierda él ni siquiera lo insultó.
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Descansando en un lugar seguro antes del largo
viaje a través de la Línea de la Muerte
©Marko Kokic / Federación Internacional
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La piedra le rompió
los tres pares de pantalones que usaba para protegerse del
frío de la montaña y le hizo un corte profundo
en la pierna; casi no podía moverse. La siguiente ocasión
en que la migra paró el tren y comenzó la caza,
Antonio alcanzó a cojear unos pocos metros para esconderse.
Al principio, cada tren llevaba de 300 a 500 clandestinos.
Pero, a esas alturas del viaje, los maras, la migra y las
desgracias habían reducido el número a 100 ó
200 por tren.
Antonio y sus compañeros viajaron durante un mes más,
se subieron a 15 trenes, escaparon de la migra en siete ocasiones
y durmieron en una cama sólo tres noches en un refugio
para migrantes de Orizaba, México.
Antonio se enfermó gravemente durante el viaje; vomitaba
todo lo que comía; no tenían agua potable y
estaba afiebrado, deshidratado y anémico; y la infección
hacía estragos en su pierna. Al principio, le costó
describir lo que pensaba en esos momentos. Un compañero
lo ayudó a expresarlo con palabras: "En lo único
que piensas es en llegar, en el trabajo y en la familia".
"Así es", confirma Antonio "llegar".
Cuando Antonio llegó al norte de México, sólo
quedaba un puñado de compañeros de viaje, uno
o dos por cada centenar que había iniciado el trayecto.
Junto a sus compañeros viajó en camión
a la ciudad de Nuevo Laredo, en la frontera de México,
que es la entrada por tierra a los Estados Unidos de América
más importante para las mercancías y las personas,
ya sean migrantes legales o ilegales.
Una vez en Nuevo Laredo, buscaron trabajo para ganar algo
de dinero. Pero, como no tenían papeles, no consiguieron
nada. Alguien les indicó un lugar donde podían
conseguir comida y alojamiento durante tres días: la
Casa del Migrante Nazareth, un albergue para migrantes administrado
por un sacerdote católico, varias monjas y laicos de
la pequeña iglesia cercana de San José, santo
patrono de los trabajadores.
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La patrulla fronteriza rechaza cada día
la entrada a centenares de migrantes en el Puente Juárez-Lincoln
y los obliga a volver
a México.
©Marko Kokic / Exile
Images
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En este albergue,
Antonio y sus compañeros se encontraron con varios
que habían realizado el mismo viaje infernal desde
América central. Un hondureño había perdido
un pie bajo las ruedas del tren. Otro había visto cómo
cortaban a un hombre con un machete y lo tiraban del tren,
y cómo otro moría aplastado al intentar subir
a su esposa que se había caído bajo las ruedas
del tren. La mujer perdió ambas piernas y seguramente
murió en el pequeño camión que la trasladó
al hospital.
La mayoría, sin embargo, había llegado al albergue
procedente de un puente cercano. Durante todo el día,
el único tráfico peatonal en el puente eran
los deportados mexicanos, a veces centenas, que los autobuses
de la policía fronteriza de los Estados Unidos dejaban
en el otro extremo del puente. Hombres y mujeres ocultaban
sus rostros con las manos mientras caminaban tambaleándose
humillados.
"¿Cómo podemos calificar esta situación
cuando no hay derecho a protestar?", dice uno de los
oficiales de la policía fronteriza, "¿cuándo
estás a merced de alguien y sometido a su capricho?;
¿cuándo se obliga a las mujeres a participar
en actividades ilícitas y, por tanto, tienen miedo
de acudir a la policía?"
Algunos hombres cuentan que han sido encarcelados durante
largos períodos por haber entrado de forma ilegal.
No tuvieron otra alternativa ya que, según afirma un
asesor en cuestiones de inmigración de Laredo, Texas,
la probabilidad que tiene un trabajador pobre de entrar legalmente
a los Estados Unidos, es igual a "cero".
Una voluntaria de la Cruz Roja Americana en Texas cuenta que
toda su comunidad, incluso el sheriff, contrata a trabajadores
indocumentados. "Los explotan hasta que ya no pueden
trabajar; cuando uno se lesiona, se echa un velo y nunca más
se vuelve a saber de él".
"¿Qué se puede hacer cuando alguien se
lesiona?", pregunta la voluntaria "¿dispararle
y enterrarlo como si fuera un animal?"
Los deportados conforman un enorme ejército económico
clandestino de unos 10 a 20 millones de individuos fuertes
e indispensables. Al igual que los soldados, mueren en la
tierra de nadie que se extiende desde el océano Pacífico
hasta el golfo de México.
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Un socorrista de la Cruz Roja
Mexicana prestando primeros auxilios; acaba de dar malas noticias
a Antonio: cruzar el río contaminado le infectará
aún más la herida en su pierna izquierda inflamada.
©Marko Kokic / Federación Internacional

Cientos de migrantes mueren cada año
al intentar cruzar el Río Grande de México a
Estados Unidos.
©Marko Kokic / Exile
Images
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Atravesar
la Línea de la Muerte
Antonio le pregunta a un hombre cómo puede llegar
a Texas, pero el otro no sabe. Podría ir a hablar con
uno de los "coyotes" (contrabandistas) que viven
cerca del albergue, pero no tiene dinero y desconfía
de ellos.
Si Antonio pudiera hablar con Ángel, un migrante escondido
en un refugio en el extremo norte de la frontera, conseguiría
averiguar la forma de cruzar sin riesgo la Línea de
la Muerte. Más de 1.000 personas al año, a veces
hasta 40 por noche, lo hacen de forma clandestina. El primer
remanso para los migrantes está a entre siete y nueve
días caminando desde la frontera. Allí reciben
algo de comida, duermen en el suelo y un curandero se ocupa
de sus heridas. A la noche siguiente, continúan su
camino.
Ángel vive allí. Otros hombres que viven en
el refugio dicen que es robusto y que tiene raíces
cual una encina a ambos lados de la frontera. A sus 39 años,
este hombre curtido ha cruzado la Línea de la Muerte
casi todos los años desde que era un niño.
Ángel le explica a Antonio lo que debe hacer para atravesar
la Línea de la Muerte sin morir en el intento, un código
que él comenzó a aprender a los 11 años
cuando la cruzó por primera vez junto a su padre y
su tío: debe llevar carne seca, sal, aspirinas y toda
el agua que pueda cargar para el largo recorrido a través
de un país extremadamente árido y hostil.
Debe encontrar algún lugar en el río que no
esté controlado por cámaras, detectores de movimiento
o guardas fronterizos con equipos de visión nocturna;
un lugar que no sea la guarida de los violentos contrabandistas
que ayudan a quienes pueden pagar. Si algunos de los contrabandistas
se enteran de que es pobre, intentarán obligarlo a
pasar droga como forma de pago. Ha de llevar la ropa en bolsas
de plástico y, si no sabe nadar, tiene que utilizar
la cámara de un neumático. Debe ocultar sus
huellas.
Tiene que caminar sólo de noche para evitar el calor
y que lo descubran; debe permanecer en silencio todo el tiempo
aunque esté con amigos; Debe orientarse por el Carrito,
una constelación de estrellas que apunta hacia el norte.
Debe buscar los molinos de agua y estar atento al croar de
las ranas porque donde hay ranas, hay agua.
Debe estar dispuesto a beber agua de color verde.
Debe estar preparado para escalar 20 o más vallas para
ciervos, de tres a cuatro metros de altura, o pasar por debajo.
Debe tener cuidado con la cortante alambrada que hay encima
de algunas vallas. Debe reparar cualquier corte que haga en
las vallas.
Debe llevar una honda y un cuchillo para poder cazar cuando
se quede sin comida. Debe estar dispuesto a comer serpientes,
armadillos o animales muertos atrapados en las vallas o recién
atropellados en la autopista. Si no consigue cazar o hacer
fuego, ha de comer cactus crudos. Nunca debe romper la ventana
ni forzar la puerta de las casas donde se deja comida para
los migrantes.
Debe tener en cuenta que corre el riesgo de enfermarse, ser
atacado por cerdos salvajes o mordido por serpientes venenosas;
y que le pueden salir terribles ampollas en los pies.
No debe acercarse jamás a nadie ya que pueden confundirlo
con un animal, o un hacendado o vigilante puede denunciarlo
o dispararle.
"Ésta es la forma de cruzar la Línea de
la Muerte", concluye Ángel. |
| Sólo
una plegaria
Ojalá que en los próximos tres días
Antonio tenga suerte; pueda obtener de alguna manera el remedio
para curar su pierna; que consiga un trabajo para pagar otra
semana de descanso en una de las casas de la vecindad, donde
se hacinan muchos migrantes como él; y ojalá
encuentre a un Ángel que le muestre la forma de cruzar
y vivir.
Hoy tuvo suerte y pudo ducharse, afeitarse y cortarse el pelo
en el albergue. En la capilla de San José consiguió
ropa limpia de segunda mano, y después subió
al gran comedor. Allí había platos de comida
humeante sobre una larga mesa para él, sus compañeros
y 60 hombres en su misma situación. Una monja pidió
a uno de ellos que rezara, y todos se quitaron el sombrero
e inclinaron la cabeza.
La plegaria de ese hombre fue extensa, expresó su agradecimiento
y pidió ayuda para sus familias y el viaje que iban
a emprender. Cuando terminó, la monja dijo la corta
y sencilla oración habitual, y se sentaron a comer.
De vuelta en el albergue, Antonio nos contó los avatares
de su viaje, ayudado por sus amigos. Con el estómago
lleno, esta vez se dormirá enseguida. Dispone de tres
noches para soñar sus quimeras y de tres días
para escuchar la misma sencilla oración de la monja.:
"Señor, camina con nosotros y dános ánimo".
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| Antonio vio sus
cuerpos rodar por las vías. |
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Virgil Grandfield
Escritor independiente y delegado en el extranjero de la Cruz
Roja Canadiense. Puede contactar con él en virgilgrandfield@hotmail.com
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Para más
información
Organización Internacional del Trabajo
www.ilo.org
Organización Internacional para las Migraciones
www.iom.int
Alto Comisionado de las Naciones Unidas para los Derechos
Humanos
www.ohchr.org
Migrants Rights International www.migrantwatch.org
Consejo Mundial de Iglesias
www.wcc-coe.org
Federación Internacional de Sociedades de la Cruz Roja
y de la Media Luna Roja
www.ifrc.org |
Algunas
cifras: la frontera entre México y Estados Unidos
La policía fronteriza de Estados Unidos (que actualmente
depende de la Oficina de Seguridad de la Patria) detiene cada
año a alrededor de un millón y medio de migrantes
indocumentados que cruzan la frontera entre México
y Estados Unidos. Los detenidos reincidentes suelen ser encarcelados.
Según los cálculos oficiales de la policía
fronteriza, en Estados Unidos viven aproximadamente 10 millones
de migrantes indocumentados. Sin embargo, algunos funcionarios
que prefieren guardar el anonimato indican que la cifra puede
rondar los 20 millones.
Diversos organismos de derechos humanos señalan que
en los últimos 10 años han muerto unos 400 migrantes
al año al intentar atravesar la frontera (sin contar
el elevado número que muere antes de llegar a ella).
Es muy difícil calcular esta cifra debido, por ejemplo,
a que los restos de muchísimos migrantes son devorados
y dispersados por los animales carroñeros poco después
de su muerte.
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La
preocupación de la Cruz Roja y de la Media Luna Roja
Más de 175 millones de personas viven hoy fuera de
su país de origen; la cifra se duplicó en 1975,
según el Informe Mundial sobre Desastres 2003 de la
Federación Internacional. Muchos son migrantes económicos
que huyen de la pobreza y de graves penurias. Constituyen
un recurso fundamental para el desarrollo de su país
de origen ya que envían cerca de 80.000 millones de
dólares estadounidenses al año a los países
en desarrollo (frente a los 50.000 millones de ayuda mundial).
Las Sociedades Nacionales de la Cruz Roja y de la Media Luna
Roja enfrentan a diario los problemas y dificultades de los
migrantes documentados e indocumentados, cuya desesperación
es tal que lo arriesgan todo, hasta la vida de sus familiares
y la suya propia, para poder acceder a mejores condiciones
de vida en las economías de mercado desarrolladas.
Pero no sólo parten por la situación reinante
en sus países de origen, sino también porque
saben que las sociedades desarrolladas necesitan mano de obra.
En su reunión de noviembre de 2001, el Consejo de Delegados
de la Cruz Roja y de la Media Luna Roja encargó a todos
los componentes del Movimiento que intensificaran sus esfuerzos
para ayudar a las personas afectadas por los desplazamientos
en el marco de una estrategia integrada, sin tener en cuenta
su condición. Esto ha llevado a ampliar los programas
de ayuda a los migrantes, y ha reforzado las asociaciones
con otras organizaciones no gubernamentales que se ocupan
de esta cuestión.
Más recientemente, el movimiento de poblaciones fue
uno de los temas centrales de la VI Conferencia Regional de
Sociedades de la Cruz Roja y de la Media Luna Roja de Asia
y el Pacífico, y en la VI Conferencia Regional Europea
de las Sociedades de la Cruz Roja y de la Media Luna Roja
de 2002.
La vulnerabilidad del migrante o refugiado no termina cuando
llegan al país de destino. En los últimos diez
años, ha aumentado de manera espectacular el número
de casos de xenofobia en todo el mundo. Para luchar contra
ella, las Sociedades Nacionales de la Cruz Roja y de la Media
Luna Roja, lideradas por la Federación Internacional,
han puesto en marcha programas encaminados a promover la tolerancia
y políticas justas y humanas en los países receptores,
así como a ayudar y proteger a los grupos vulnerables
de migrantes, solicitantes de asilo y refugiados. La Cruz
Roja y la Media Luna Roja han librado también una batalla
contra la discriminación en todas sus formas, lema
del Día Mundial de la Cruz Roja y de la Media Luna
Roja, celebrado el 8 de Mayo de 2004.
Por último, el CICR tiene una gran responsabilidad
respecto de las personas separadas por los conflictos armados
o la violencia armada. El CICR trabaja muy estrechamente con
las Sociedades Nacionales, especialmente en el ámbito
del restablecimiento del contacto entre familiares. Además
cuando los migrantes o solicitantes de asilo son encarcelados,
este vínculo resulta de vital importancia. Las Sociedades
Nacionales participan cada vez más en actividades relacionadas
con los migrantes detenidos. Según Marguerite Contat
Hickel, consejera diplomática del CICR: "dado
el creciente número de detenciones, relacionadas con
las leyes de inmigración y a veces motivadas por la
lucha contra el terrorismo, es necesario que el CICR dé
orientación y brinde apoyo a las Sociedades Nacionales
que trabajan en los lugares de detención".
Erno Kato, subsrecretario general de la Cruz Roja Húngara,
explica por qué es importante y lógico que el
Movimiento asista a las personas que se desplazan, sea de
forma legal o ilegal: "No discriminamos ni juzgamos.
Nuestra intervención se basa en los valores humanitarios
y esto tiene relación con los migrantes. Dada nuestra
expansión y nuestra acción comunitaria a escala
mundial, nuestra posición es excepcional para intervenir.
Nuestras Sociedades Nacionales deben ser lugares adonde todos
los migrantes pueden acudir para pedir apoyo y asesoramiento".
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