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INSTANTÁNEAS DESDE DJIBOUTI

 

"¡No se te olvide el suéter!", me bromeó un colega cuando le dije que partía en misión a Djibouti con el CICR.

Djibouti… ese lejano lugar del que todo el mundo ha escuchado hablar pero poco sabe de él, aparte de que es uno de los lugares más calurosos de la Tierra. Como vivo en África, tenía cierta idea de lo que me esperaba: un desierto pedregoso, una cultura extraña e impenetrable, un paisaje seco y deprimente, un sol enceguecedor, la atmósfera de una antigua colonia con viejos edificios de estilo francés, un aire de Arabia en medio de africanos...

La imagen que tenía del lugar era bastante precisa, pero mi primer contacto con la gente me hizo cambiar la idea que me había hecho de ellos. Me los había imaginado más duros, como sus vecinos somalíes: se parecían bastante, pero su historia era diferente, pues Djibouti había conocido poco la guerra y casi siempre había vivido del comercio.

"¡Amigo, pase, tómese un té, pase y charlemos un rato!" En la calles, me solían saludar en francés, pero sin insistencia. La gente tiene tiempo, estoy en el corazón de una cultura arraigada en el contacto humano, si rechazas estas invitaciones, te tachan de arrogante.

Aprendí rápidamente la importancia del khat, una planta con efectos estimulantes, que la gente mastica desde hace siglos. La dependencia de la droga ha hecho que sea la importación número uno en un país donde casi todo proviene del exterior. Por las tardes, la vida se paraliza totalmente en Djibouti, todo está cerrado. No hay nadie en las calles y ¡esto no se debe solo al calor!

Las barriadas desfilan delante de nuestros ojos a medida que el vehículo del CICR se encamina fuera de la ciudad. La pobreza está siempre presente, al lado de las grandes bases militares ocultas detrás de las hileras de alambradas y las amenazantes torres de vigilancia. Desde la "guerra mundial contra el terrorismo", las tropas estadounidenses se han unido a las fuerzas francesas, acantonadas desde hace mucho tiempo aquí, como parte de la cooperación militar con su ex colonia.

Tras cruzar la vasta extensión de desierto, perturbados sólo por los helicópteros estadounidenses que realizaban ejercicios de entrenamiento, llegamos al campamento de Awr Aoussa, donde se agrupan unos 8.000 solicitantes de asilo procedentes de los países vecinos. En este lugar, bajo un sol calcinante, en medio de la nada, aguardan que sus solicitudes sean examinadas. El CICR visita el campamento con regularidad y ofrece a las familias la posibilidad de comunicarse a través de los mensajes de Cruz Roja.

Seguimos camino a un campamento de refugiados somalíes. Los niños nos arrojaron piedras, pero se calmaron cuando mis compañeros explicaron el propósito de la visita. Le pregunté a un muchachito qué le gustaría ser cuando sea grande, y me contestó: "Bin Laden". El hombre es un héroe en estos pagos, donde la gente no tiene nada y hay pocas esperanzas... Eso contribuye a abonar el terreno.

De regreso a la ciudad, realizamos un curso de difusión sobre el derecho internacional humanitario para miembros de la fuerza de policía, y luego hicimos una visita a la prisión. Me sentí privilegiado: es bien raro que un fotógrafo tenga acceso a ese tipo de lugares. La prisión de mujeres me impresionó particularmente. Asistí a "entrevistas sin testigos", una típica actividad del CICR en favor de los detenidos. Algunos de los detenidos podrían relatar su vida en un libro. Sus historias son a veces inimaginables, y tristes.

Durante una de esas entrevistas, vi una bolsa de plástico en la que estaba escrito "Sólo di que sí". ¿Sí a qué, a la vida? Me pareció que era algo totalmente incongruente en ese lugar y en ese momento. Tomé una foto. No sé si la gente entenderá. La foto no tiene nada de extraordinario... Hay momentos en la vida que dejan una fuerte impresión, aunque parezcan que no son nada.

Boris Heger
Fotógrafo independiente radicado en Nairobi. www.boris-heger.com

Distribución de mensajes de Cruz Roja en el campamento del ACNUR en el distrito de Ali Sabieh,
donde hay instaladas unas 12.000 personas procedentes de Etiopía y Somalia.

©Boris Heger / CICR

Ali Addé, campamento del ACNUR. Aquí la paciencia es una virtud.
©Boris Heger / CICR

Campamento de Ali Addé. El personal del CICR efectúa visitas con regularidad.
©Boris Heger / CICR

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