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Perú, 20 años des spués

Después de más de 20 años de conflicto armado interno en el Perú, las consecuencias de los hechos de violencia han sido lamentables: cerca de 10.000 desaparecidos, familias separadas, desplazamientos forzados e infraestructuras dañadas. La vida continúa a pesar de todo y se vuelve lentamente a la normalidad aun en los pueblos más afectados como Marccaraccay, localidad ubicada en la sierra ayacuchana.

Cuando llegamos a Marccaraccay, en agosto del 2004, una gran fiesta se celebraba en el pueblo. Todos bailaban y festejaban la fiesta de la marcación de los animales, en la que vacas, toros y ovejas en edad reproductiva son “bautizados”, para lo cual se les coloca coloridas lanas en las orejas.

Nos recibieron en el camino unos 15 jóvenes —radio en mano— bailando y cantando la música típica de la zona, y con mucha amabilidad nos invitaron a compartir unos momentos de alegría y confraternidad entre toda la comunidad.

Viendo tanta festividad, quién hubiese pensado que se trataba de uno de los pueblos más golpeados por el conflicto armado interno que vivió el Perú durante las dos últimas décadas. En 1983 los escasos pobladores, que habían sobrevivido a las incursiones y permanentes enfrentamientos entre los militares y los grupos alzados en armas, decidieron huir en medio de la noche, abandonando absolutamente todo.

El éxodo fue penoso, huyeron hacia los montes, pernoctaron en cuevas —como nómadas— y finalmente se dispersaron por distintas ciudades en los departamentos de Ayacucho, Junín y Lima, entre otros, tratando de encontrar un refugio para vivir.

Distribución diaria de desayunos a niños desplazados en Ayacucho. © CHRISTINA FEDELE / CICR

El largo camino de retorno

Transcurrieron cerca de 20 años antes de que las familias decidieran retornar a Marccaraccay y reconstruir su pueblo. Al inicio fueron muy pocos los que se atrevieron a regresar y enfrentar una realidad muy dura: un pueblo abandonado, saqueado, totalmente quemado y con tierras sin labrar. Sin embargo, lo más difícil era enfrentar la inmensa tristeza de volver a ver el pueblo, casi fantasma, lleno de tristes recuerdos.

Los más viejos fueron los más entusiastas en regresar, pero también algunos jóvenes deseaban volver a sus raíces, conocerlas y empezar una nueva vida. A comienzos del 2000, el Gobierno del Perú, a través del Programa de Apoyo al Repoblamiento y Desarrollo de Zonas de Emergencia (PAR), incentivó a varias familias desplazadas a retornar a sus pueblos. En 2003, el Comité Internacional de la Cruz Roja decidió apoyar al PAR en un programa piloto de construcción de viviendas, instalación de letrinas, distribución de semillas y aperos agrícolas en la comunidad de Marccaraccay.

Se edificaron 15 casas de adobe que fueron entregadas a las familias más necesitadas. A pesar de carecer de los servicios básicos como la luz, el agua potable y el sistema de desagüe, el pueblo sigue atrayendo a sus antiguos habitantes, que no se dejan abatir por las adversidades y se preocupan por buscar una armonía dentro de la comunidad.

En la actualidad, Marccaraccay está muy bien organizada, cuenta con una junta vecinal, una emisora de radio para la comunicación con otros pueblos y las autoridades se preocupan colectivamente por el bienestar de la población. El pueblo abruptamente abandonado, poco a poco se ha ido convirtiendo en una comunidad llena de vida adonde cada vez llega más gente.

Entre tradición y modernidad

Una mezcla de nostalgia y alegría se notaba en los rostros de los mayores. Sin palabras, con pequeños gestos, o después, hablando en quechua —idioma nativo de la sierra peruana— se comunicaban con nosotros y nos decían que por muchos años no pudieron celebrar sus fiestas y tradiciones, que mucho tiempo deambularon pidiendo un espacio para vivir. Pero el desplazamiento forzado no fue suficiente para hacer olvidar sus tradiciones y ésta era la prueba más fehaciente.

Si bien algunos regresaron, a otros la modernidad y el desarrollo de las capitales de las provincias los cautivaron lo suficiente como para considerar imposible un retorno, aun viviendo en condiciones paupérrimas en las afueras de las capitales de provincias, integrando los llamados cinturones de pobreza.

El caso de Marccaraccay es emblemático. Este plan piloto en el que participó el CICR ha comenzado a dar sus frutos, atrayendo a más pobladores, rescatando las tradiciones y consolidando la identidad de un pueblo. Este ejemplo ha sido considerado por la Comisión de la Verdad y de la Reconciliación (CVR) como una muestra exitosa de un trabajo en el cual se puede poner en práctica las llamadas “reparaciones colectivas”, que son la búsqueda del resarcimiento del daño a las victimas del conflicto armado interno. No pretende, por lo tanto, resolver los problemas más estructurales de pobreza, injusticia y exclusión sino más bien entregar a la colectividad una obra comunitaria en beneficio de la población en general.

En las alturas de Marccaraccay, la comunidad progresa, las heridas van sanando, todavía hay muchísimo trabajo por hacer, pero la comunidad tiene el empeño y el empuje suficiente para lograrlo, solo hacía falta darles una pequeña mano.


Marccaracay, pueblo de la provincia de Ayacucho, a 3.800 m sobre el nivel del mar, quedó parcialmente destruido por el conflicto en 1983. © BORIS HEGER / CICR

Dafne Martos
Responsable de comunicación y prensa, delegación regional del CICR para Bolivia,
Ecuador y Perú.

Los desplazados en el Perú

Algunos datos:
• La Comisión de la Verdad y de la
Reconciliación calcula que hay unos 500.000 desplazados a raíz de la violencia armada.
• La mayoría de los desplazados por el conflicto armado interno no ha regresado a su lugar de origen por dificultades económicas y de adaptación, falta de incentivo y de posibilidades de desarrollo.
• Los desplazados que no regresan no han superado aún los traumas psicológicos causados por los enfrentamientos armados, la pérdida de familiares y documentación y los factores económicos.
• Las principales demandas de los retornados son las oportunidades de trabajo, el mejoramiento de la agricultura, el acceso a los servicios básicos, la construcción de colegios, el acceso a la justicia y respuestas claras de lo que sucedió en sus comunidades.


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