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Ocho años después
de su primer reportaje en el Cáucaso, el fotógrafo
Boris Heger volvió a la región y comparte con
nosotros sus impresiones personales y las fotografías
de encuentros casuales que tomó en el ocaso del crudo
invierno caucásico.
DESDE mi última visita, pocas
cosas han cambiado en el Cáucaso, una región
escarpada pero acogedora que refleja el carácter de
sus habitantes. La infraestructura sigue tan deteriorada como
entonces, si no más, muchas personas que habían
tenido que abandonar sus hogares siguen desplazadas, los varios
conflictos regionales aún no se han resuelto y la economía
continúa estancada.
Pese a que se notan aquí y allá
algunos signos de modernidad, en Armenia el tiempo parece
haberse detenido: las fronteras con Turquía y Azerbaiyán
siguen cerradas y el país continúa aislado del
resto del mundo. Con todo, se puede contemplar la majestuosidad
del monte Ararat situado justo del otro lado de la frontera
con Turquía. Al parecer raras veces se le ha visto
sin nubes. Disfruto del instante, único momento en
todo el mes pasado en la región, en que brilla el sol,
anunciando el fin del invierno.
Tomamos rumbo hacia Alto Karabaj, zona
que ha sido objeto de un conflicto entre Armenia y Azerbaiyán.
Más de diez años después del término
de las hostilidades, las minas siguen desperdigadas por las
antiguas líneas de combate y a menudo los civiles,
en muchos casos niños, resultan muertos o heridos.
Una de las pocas organizaciones internacionales presentes
en la región es el CICR, que se ha encargado de crear
zonas de juego seguras para los niños con el fin de
evitar nuevas tragedias, y de poner en guardia a la población
de los peligros que conllevan las minas.
En Georgia, me encontré con
los mismos residentes de los centros “temporales”
para desplazados, que estaban allí la primera vez que
fui; sus rostros translucían la misma esperanza de
regresar algún día a casa.
En una prisión de Azerbaiyán,
me autorizaron a llevar las cámaras al pabellón
de los detenidos tuberculosos. Fueron momentos muy impactantes.
Tuve la impresión de verme transportado al pasado,
a la ex era soviética.
Muchas zonas del sur del Cáucaso
siguen sufriendo las persistentes consecuencias de los conflictos
sin resolver y el norte de la región y Chechenia están
sumidos en el caos; una plétora de escenas vívidas
y de indecibles experiencias humanas —imágenes
que es casi imposible captar debido a las condiciones de inseguridad.
Sin embargo, logré fotografiar de manera furtiva a
un grupo de mujeres dedicadas a sus labores “normales”
en un edificio de apartamentos típico de Grozny. Con
la ayuda del CICR, han instalado su propio taller de costura
y se sienten orgullosas de haber recuperado así un
poco de su dignidad. “A algunas mujeres que vienen al
taller les encanta seguir la moda... pero como podrá
imaginar, no es cosa fácil en Grozny”, me comenta
una de ellas antes de reanudar su labor.
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